Reflexioné mucho antes de decidir qué título le pondría a este artículo en el que hablaría de un hombre de Rafaela que se distinguió en cuanto campo de actividad hubo en su camino. Un hombre digno con una autoridad moral a toda prueba, liderando todas las situaciones empresariales, reflexivo, pero aprovechando cada minuto de su tiempo para hacer algo más. Como si el tiempo se le acabara, con una urgencia y una necesidad perentoria pero exigiendo siempre la perfección, nada de medias tintas, nada de más o menos, las cosas debían hacerse bien, todas y cada una.
Heredero de un valioso legado del abuelo y de su padre, don José María Williner y Don Alfredo Williner, quienes dedicaron sus vidas a la empresa que habían creado y hecho crecer con sacrificios y esfuerzos, no vaciló en enfrentar los nuevos desafíos de la época y con el ejemplo de su padre Alfredo, a quien la crisis del año 30 le había provocado innumerables sinsabores, supo salir adelante con valentía, inteligencia y honestidad.
Elegía -sin equivocarse- a quienes podían efectuar tal o cual trabajo. Era certero en la elección y casi nunca lo defraudaban. Tenía como un instinto especial para seleccionar a las personas que iban a desarrollar determinada labor.
¿Cómo llegar a la intimidad de este hombre múltiple en varios sentidos y conocer sus altas cualidades humanas y espirituales?
Quizás no haya espectáculo más conmovedor que el de ver el despertar de una ciudad y ser parte importante de ello. Don Armando cooperó de un modo práctico y singular ya que Rafaela, cuando él sólo contaba con 21 años, recién se iniciaba como pequeña ciudad provinciana. Lo esperaban instituciones como el Instituto Municipal de la Vivienda, el Rotary Club, el Centro Comercial e Industrial del Departamento Castellanos, Ben Hur -el club de sus amores-, la Usina Eléctrica Municipal, la Sociedad Anónima General de Consumos, etc.
Siempre trabajó para la empresa pero sin descuidar la ciudad. ¿Su meta era formar dirigentes? ¿El producir cultura? ¿El crear instituciones? Revisando su historia y su trayectoria a través de tantas actividades su gran espíritu de empresa lo llevó a encarar otras iniciativas. A ellas entregó todo su tiempo y su energía.
Quería formar dirigentes de envergadura, capaces de encarnar los principios básicos sociales: culturales, políticos y económicos. Dirigentes aptos para responder a las necesidades cambiantes de una sociedad que estaba creciendo rápidamente, atentos a las exigencias del bien común, con grandeza de alma, espíritu de empresa y convicción profunda de que esos principios y valores son los que deben prevalecer en la civilización.
Tuvo la visión clara de que la empresa debía proyectarse lejos en el tiempo y por ello ante todo quiso formar formadores. No lo amedrentaban las dificultades: sus hijos, Marta, Alfredo, Rodolfo y Guillermo fueron sus primeros discípulos. Lideraba las reuniones y las negociaciones de manera, si se quiere, patriarcal. Pero era tan seguro en sus decisiones que nadie ponía en duda su criterio.
Un asesor seguro y diligente fue el Ing. Francisco Licinio, quien estuvo a su lado durante el tiempo en que se introdujeron reformas específicas como la Leche en Polvo (en 1967) o la Leche Pasteurizada (en 1965), ocasión en la que se invitó a participar al Centro de Almaceneros, porque primero fue lanzada la leche en botellas y tiempo después en sachets. Fueron cambios profundos surgidos por disposición de la Provincia de Santa Fe que obligó a expedir leche en estas condiciones.
Pero además generoso en atender las necesidades de sus empleados y los problemas de sus familias, instituyó becas de estudio para los hijos. Estimuló y ayudó a quienes necesitaban un apoyo especial en momentos difíciles de sus vidas y se preocupó por la situación social de los obreros. Su autoridad moral era indiscutible.
Una anécdota muy común de la época en la que Don Armando se daba una vuelta por la fábrica para ver si todo marchaba bien era esta: “Justo se le ocurre pasar en este momento” que, en otras palabras, significaba que "el que había metido la pata" había sido pescado “in-fraganti” por el patrón. Aún de noche, estando ya la fábrica cerrada, solía darse una vuelta a pie por calle Rivadavia para verificar si estaba en orden la zona de carga y descarga de camiones.
Tenía especial predilección por su madre doña Rosa Felicia, a quien visitaba con frecuencia. Ella mostraba preocupación cuando Armando deseaba adquirir una empresa o un terreno nuevo y solía decir: ya tiene suficiente, ¿para que quiere más?
Cuando salía de vacaciones con su familia aprovechaba el viaje para hacer entrevistas o negocios; o reclamar deudas atrasadas. Su tiempo siempre era valioso.
Tenía un grupo de amigos “especiales” con los cuales se reunía en la mesa de café del Munich. Los escuchaba a todos y le gustaba intercambiar ideas con cada uno de los integrantes del grupo. Su amistad era proverbial; llegaron a celebrar los cumpleaños de todos y de cada uno. Verdaderas celebraciones que fortificaban la amistad y la hacían perdurable. Los temas de discusión eran variados y abarcaban desde los hechos cotidianos, a cuestiones políticas, religiosas o sociales. Siempre había quien discrepaba y quien conciliaba.
Después las reuniones fueron en el Jockey Club.” Clivel Chianalino uno de sus entrañables amigos guarda como recuerdo de esos encuentros una fotografía tomada en el Centro Comercial e Industrial del Departamento Castellanos en ocasión de celebrarse el cumpleaños de uno de estos amigos, la cual ilustra este artículo.
Entre sus tantos recuerdos, Clivel Chianalino nos relata lo siguiente: "Siendo Intendente Don Rodolfo Muriel citó a Ramón Chicco, Armando Williner, Eros Porta y a Clivel Chianalino para formar el Instituto Municipal de la Vivienda .Tal entusiasmo puso Armando Williner en esta tarea que salía en su auto a recorrer los hornos de ladrillos de los alrededores para ver dónde podía conseguir el mejor precio. Después con un barrilito de cerveza iba a Barranquitas a conversar con los vecinos a explicarles y convencerles de la conveniencia de la casa propia. Así fue como se hicieron las primeras siete viviendas de Barranquitas".
Este hombre múltiple dueño de un dinamismo excepcional, se brindó íntegramente a la empresa y a su ciudad, dejando tras de si una imagen positiva, madura, ejemplificadora, digna de ser imitada.
(Colaboraron con este informe los hijos de Armando Williner, Marta Williner de Funes y Alfredo Williner).