Por Enry Milesi. - El paso del tiempo es inevitable y sus consecuencias, imprevisibles. Puede transformar algo en inolvidable o sumirlo en las sombras. Pero no es ciego: sabe distinguir la calidad, la respeta y la ennoblece. Claro ejemplo fue el espectáculo de anteanoche.
¿Cuántas veces hemos acudido a escuchar a Marcelo Domenichini? Apenas adolescente con Argentina Tango Folk, como solista, con artistas invitados (Gasparín y Patriarca, que reconociendo ya su valía aceptaron su propuesta de venir a Rafaela) y en varias oportunidades, el Quinteto…
Fuimos así comprobando cómo crece y cómo el paso del tiempo, generalmente implacable, ha ido haciendo de él, un icono y jerarquizando al acordeón -tal fuera su cometido- e imponiéndolo en el medio. Pero no es un secreto haberse ganado el tiempo como aliado. Supo utilizar las armas necesarias: permanente estudio, continua actualización, profesionalismo, trabajo y amor. Sobre todo, mucho amor por lo que hace.
Aquel casi niño comprendió tempranamente que nada era gratuito, que la oportunidad no llama dos veces, como se dice, y que cuando se da, hay que abrazarla fuerte, tan fuerte hasta con el sacrificio de muchas otras cosas. Y sobre todo que los laureles son placenteros, pero embriagantes, un peligroso lecho para dormir sobre ellos. Todo esto lo marcó desde temprano y ganó la partida.
Quiero destacar en esta nueva tónica -el Quinteto- que ha adoptado en los últimos años, su desempeño ambivalente, tanto siendo él, solista asombrando con su sensibilidad y su técnica excepcional, como él, en el quinteto donde es uno más de los cinco, ya que siendo el director responsable de todas las facetas que implica un concierto, respeta y destaca la valía de cada uno dándole la oportunidad de su lucimiento personal.
Los cuatro integrantes no le hacen solamente de fondo musical. Son con él los cinco, que juntos logran el aplauso sincero y cálido de un público que, aunque comprensivo del desgaste físico y mental que insume la presentación, a desgano y con cierta resistencia, aceptó anteanoche el último bis que señaló el final. Es este el momento de señalar otro atributo de él, director: ser lo suficientemente inteligente como para rodearse de gente inteligente.
Digo: MelaniaYossen y su violín de donde extrae tanto melodiosa dulzura como enérgicos arrebatos; Germán Domenichini que con su bajo da el ritmo necesario y justo a todo tipo de partitura y de igual virtuosismo cuando lo cambia por el bandoneón; Duilio Quinteros con guitarra que logra por momentos emular a un arpa; Facundo Rubino el del “ruido” y ¡qué ruido!, tan ajustado y preciso que no es ruido, igualmente virtuoso con su trompeta.
En esta ocasión hubo también músicos invitados: Belén Nievas en flauta traversa, exquisito instrumento y fina ejecutante, y Emmanuel Miño con su intervención ajustada y precisa como pianista. Los dos “de afuera” tan bien elegidos. Creo en forma muy personal que ya es un lujo envidiable ser invitado al Quinteto. ¿No se estará gestando para el próximo año un Marcelo Domenichini Septeto?