Lo ocurrido la semana pasada con juveniles estudiantes secundarios no es sencillo de comprender, lo cual, visto desde otra edad, especialmente desde otra dimensión, tiene entonces un claro asidero en marcar ciertas diferencias. En la juventud, y especialmente en la adolescencia siempre fue, es y seguramente seguirá siendo así. No es sencilla la comprensión en esa etapa. Los tiempos cambian, los hábitos y costumbres van modificándose, encontrando en los jovencitos una rápida adaptación en todas las modas, o bien las ondas que aparecen.
¿Usted imagina algunas décadas atrás ver a alguien con todos los tatuajes y ornamentas que se colocan en diversas partes del cuerpo? Ni la lengua ni partes íntimas quedan al margen, todo vale. También están los vestidos de negro, cuero si es posible, muy pálidos, con peinados que asemejan a seres espaciales, o bien multicolores.
Esa es parte de la moda, tal como antes estaban los "petiteros", una eternidad ¿se acuerda? Había que usar los pantalones lo más bombilla posible, por los que casi no se podía deslizar; zapatos color amarillento, tirando a zanahoria, lo cual ya era todo un exceso; también comenzaban las melenas con pelaje hasta cerca de los hombros. Todo un riesgo por entonces, pues había que animarse. No era fácil cuanto todo era tan tradicional, cuando los padres de entonces, que no eran "amigos" sino padres, establecían e imponían limitaciones. Tiempos en que, al decir de algunos, la mejor psicopedagogía era una buena patada en el trasero. Eso sí, no muy fuerte como para producir daño físico, pero sí lo suficiente para herir el orgullo y dejar bien clarito quien tenía las riendas en casa.
Pero bueno, vayamos a las costumbres, siempre fueron diferentes. Ni mejores ni peores, simplemente distintas, y en cada época despertaron resquemores y rechazos. ¿Cómo se entiende salir a festejar que comienzan las clases? Antes solía provocar cierta amargura, al menos en varios. Claro, hoy se lo entiende como el aprovechamiento integral de una salida, tomar algún traguito, juntarse, hacer ruido con bombos, parches y petardos, y de paso si la oportunidad se presenta alguna picardía fuera de libreto. Se le arruina el sueño a muchos, se le amarga el día a los que deben limpiar las calles de tanto papelito, y se hace enojar a alguno hasta el borde de un ataque de nervios.
¿Y los padres? bien gracias. Es cierto que los chicos de hoy en día no es sencillo manejarlos, al menos a algunos, menos cuando proponen una aventurita que al fin de cuentas tiene relación con la escuela, aunque muy positiva no sea. "Y bueno, me ganó por cansancio, al fin de cuentas se queda sin dormir él, no hará mal a nadie", pero después se termina molestando a media ciudad, se moviliza la Gur, la policía, en las escuelas los docentes quedan poco menos que pedaleando en el aire, los padres son acusados de permisivos. En fin, todo un barullo.
Tal vez, un poquito de control no vendría del todo mal. Igual que cuando van al boliche y regresan con el sol que les calienta la nuca, y para colmo se les da algún vehículo "para que no tomen frío, pobrecitos", pero después con algún fortificante encima se mandan cada picada que otra que René Zanatta o el ¨Nene¨ Ternengo.
No son todos, es cierto, pero hay muchos que anduvieron deambulando por la madrugada. Y también aquí hay colmos, como a esa madre que le avisaron sobre su hija en el malón, y respondió que ni siquiera había advertido que no estaba en casa durmiendo. Eran casi las 5 de la mañana. Pero bueno, pensemos que se trata de la excepción que justifica la regla.
Cicerón del Bote