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CUENTOS DE CAZA

CUENTOS DE CAZA


LA CAZA. Una actividad tan antigua como el hombre.



Por José María Ruiz Ortega

Vaya por delante que no soy ni he sido cazador, aunque no me opongo al noble ejercicio de la caza siempre y cuando se realice cumpliendo las normas legales y sobre todo las del sentido común de auténtico cazador. Sin embargo, bajo este título de cuentos de caza, he escrito relatos y otros apuntes inéditos; son vivencias adquiridas en contacto con el medio rural y transmitidas por personas vinculadas al entorno natural, dignas de admiración. Es posible que el cazador, aunque aprenda la técnica, tenga que nacer cazador y esté dotado genéticamente de ese instinto de predador, para estar permanentemente al acecho. La famosa montería de Garzones y Bermejos ha proyectando una imagen de los cazadores que no es real y existen zonas o reductos naturales en los que tanto la fauna y la flora mantienen un equilibrio perfecto y que si precisamente perviven, es por la caza. La mayor parte de los cazadores de cualquier modalidad -galgo, escopeta y perro, cetrería, etc.- son gente de condición muy normal, incluso en muchísimos casos, gente humilde vinculada al medio rural; la caza no se corresponde con una determinada clase social. Es decir, en la caza hay ricos y pobres, es como en cualquier actividad lúdica; igual que en un casino unos juegan fuerte a la ruleta y otros unas cuantas monedas a las máquinas tragaperras. La caza tiene mala imagen en el ámbito urbanita ecologista que cree que las perdices salen de una lata y otras piezas cinegéticas confitadas salen del frigorífico. El origen de la caza es tan antiguo como la existencia del hombre. Se considera que los primeros grupos humanos utilizaron sistemas de caza, pesca y recolección muy eficientes para garantizar el poblamiento humano. El único hombre auténticamente ecologista ha sido el primitivo cazador recolector. Entroncado con el relato bíblico del paraíso, no necesitó modificar ni explotar el medio natural, solamente tomar lo necesario

para alimentarse. Los grupos humanos primitivos que no fueron capaces de lograr una eficiencia de los recursos para la subsistencia, desaparecieron y dejaron paso a otros más desarrollados. La sociedad urbanita denuncia la crueldad de la caza y al respecto, Ortega y Gasset dejó un apunte muy real: “la caza es todo lo que se hace antes y después de la muerte del animal. La muerte es imprescindible para que exista la cacería”. Pero nuestro mundo, nuestra sociedad actual tremendamente competitiva, más alimañera y trampera con sus semejantes que la propia caza, no es más que una cacería permanente pora lograr cotas más altas de pertenencia y oropel. En algunos casos no deja de ser paradójico el horror que inspira a algunos la sangre de una pieza de caza, y sin embargo quitan importancia al que dejan en la cuneta y permanecen impasibles ante la pobreza y el hambre en el mundo. El enriquecimiento rápido como sea y a costa de lo que sea, por subir escalones de poder, hacen mucha más sangre que la actividad cinegética. La ocupación de la caza es algo consustancial al genero humano, es la puesta en escena de la propia genética de la intensidad, la dominación y el poder que ha llevado a cuestas el hombre desde la noche de los tiempos.

Tengo muchos conocidos a los que les gusta la caza y el contacto con el medio natural; unos son buenos cazadores a los que no les importa que la pieza salga indemne, y otros, más cazadores de cazuela que tiran a todo lo que se mueve. El cazador que ha nacido con la cualidad cinegética lleva impreso el silencio. Lo hace brotar cuando camina por delante de sus propios pasos, cuando sus manos acarician el arma y la espera rebaja los latidos de un corazón vigilante ante el mínimo roce de la presencia de la presa. En este momento forma ya parte del paisaje, del silencio de la sangre y el bullicio de la vida. (Extraído de la revista Cazarmas 2010).

Autor: Redacción

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