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Cuenta regresiva para una nueva edición de las famosas 500 Millas de Indianápolis

Por Víctor Hugo Fux

Indianápolis Motor Speedway es el nombre de uno de los escenarios automovilísticos más conocidos del planeta. En ese trazado, ubicado a un puñado de kilómetros de la capital del estado de Indiana, se lleva a cabo una competencia famosa en el mundo entero por su historia largamente centenaria y por su excepcional convocatoria.
La referencia, obviamente, está destinada a las legendarias 500 Millas de Indianápolis, una prueba que comenzó a disputarse en 1911 y que mantiene intacta su vigencia.
El trazado, similar a un óvalo, pero con marcadas alteraciones en sus cabeceras respecto del autódromo "Ciudad de Rafaela", permite alcanzar velocidades escalofriantes, señalándose promedios cercanos a los 380 kilómetros.
Su cuerda es de 4.024 metros y el tiempo que emplean las máquinas de la categoría IndyCar para completar un giro está en el orden de los 38 segundos.
Dispone de comodidades para albergar a 375.000 espectadores, distribuidos en las gradas existentes, tanto en la parte interna como en la externa, sumándose una amplia zona de impecable césped, que es ocupada como un improvisado camping por los aficionados para disfrutar del gran espectáculo en contacto directo con la naturaleza.
La mayor concurrencia se registra frente al sector de los pits, donde se genera un movimiento frenético como consecuencia de concretarse la largada y la llegada, además de registrarse los ingresos de los monoplazas para el reabastecimiento de combustible y el reemplazo de los neumáticos, actividades que en muchas oportunidades resultaron determinantes en el resultado por una cuestión de estrategia.
La calle de boxes es muy amplia, pero en determinadas circunstancias el tránsito alcanza un nivel de congestión tan importante, que obliga a realizar maniobras extremas, a raíz de las entradas y las salidas, que en no pocas oportunidades coinciden, provocando con frecuencia algunos incidentes.
En los garages, el orden y la pulcritud son dos aspectos que saltan a la vista. Los mecánicos desarrollan su actividad con una libertad plena y sin misterios.
Es una manera explícita de reconocer que en la parte técnica no existen las "recetas mágicas". Menos aún, en una categoría donde los chasis Dallara y los neumáticos Firestone son monomarcas y la única variable está por el lado de los motores.
El autor de esta nota, en su carácter de periodista del Diario LA OPINION, el único medio argentino que recibió la correspondiente acreditación para realizar en cinco ocasiones la cobertura del acontecimiento desde la Sala de Prensa, tuvo acceso a cada uno de los rincones del IMS.
Desde los sectores de garages y técnica, hasta los boxes y el pit line, estuvieron permanentemente abiertos a cada una de las inquietudes del enviado de este medio.
Obviamente, el trabajo específico lo pude desarrollar en un espacio de generosas dimensiones, pero con una capacidad limitada a 180 personas, ordenadas en 30 hileras de seis pupitres cada una.
El hecho de estar "en la cocina" de Indianápolis se constituyó, en lo personal, en una experiencia soñada. Tan valiosa y enriquecedora, como haber seguido las alternativas de la competencia desde la ubicación preferencial asignada por quienes fueron responsables -en aquellos años- de atender al periodismo, comandados por Tim Sullivan.
Un lugar excepcional, en un nivel elevado y con todos los servicios necesarios para disfrutar cada detalle de una competencia que alcanza su mayor voltaje emotivo al ponerse en marcha y cuando el banderazo ajedrezado corona al vencedor, luego de 200 vueltas trepidantes.
Seis monitores alineados por cada fila de periodistas, con cuatro de esas pantallas emitiendo imágenes generadas en diferentes sectores del trazado y otras dos destinadas a brindar informaciones de lo acontecido en pista, mediante la lectura de los gráficos, permiten seguir de cerca el desarrollo del evento.
Ubicado a un costado de la Pagoda, el espacio acondicionado para los medios gráficos y radiales, es ocupado por enviados que llegan desde varios países, entre los que se cuentan habitualmente algunos latinoamericanos.

VISITA AL MUSEO
Otro párrafo destacado merece el Hall de la Fama, el imperdible museo del Indianápolis Motor Speedway, un amplio espacio físico en el que habitan vehículos de competición de los más variados y sorprendentes diseños.
Obviamente, las indiscutibles estrellas son la mayoría de los autos que ganaron alguna vez la Indy 500, entre ellos el Colt Ford con el que Al Unser Sr. logró vencer el 28 de febrero de 1971 en las 300 Indy corridas en Rafaela y que triunfó ese mismo año venció en la clásica prueba estadounidense.
Dos tiendas, separadas por el pasillo de ingreso, ofrecen todos los recuerdos que uno se pueda imaginar, como para que los visitantes puedan exhibirlos como testimonio de su visita.
Luego de funcionar a partir de 1956 en la esquina de Georgetown y Calle 16, lugar que actualmente ocupan la Administración y el Centro de Acreditaciones, el espacio se trasladó en 1976 a su actual edificio, de mayor superficie, el que en la actualidad se está refaccionando.

Autor: Redacción

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