Rubén llegó a su casa al mediodía. Después, no supo explicar bien por qué, sintió en su pecho un aviso de que algo estaba pasando. Tiró la bicicleta sobre el tejido de la entrada y la siguió a su madre que lo había estado esperando en la puerta. Hay muchos perros en la casa. Demasiados dicen algunos. Pero ellos los tratan de igual a igual. Con sorna muchas veces comentan que la pobreza allí sobra y se reparte entre todos, así que cuando hay algo, también se comparte, y los perros entran de igual a igual en la repartija que puede ser de abrigo, de comida, de medicamentos cuando falla la salud. Afuera deambulaban perros y gatos en pacífica coincidencia de patio cuando Rubén se asomó, y se acercaron a saludarlo. Pero Lapicero no.
Su galgo compañero desde que los dos eran cachorros no se levantó, ni movió la cola. Hacía un tiempo que ese desgano de Lapicero lo preocupaba a Rubén. Una instantánea fotográfica le trajo hasta su corazón la imagen de aquel perrito que Don Ponce le había regalado cuando él había cumplido 5 años. Entonces había escuchado a los grandes de la casa comentar bajo que Don Ponce era galguero y había separado de la lechigada última unos chichos que a ojo de buen cubero iban a ser flojos en competencias.
Lapicero era uno y fue a parar a las manitos y al corazón de aquel pibe villero que recibió el perrito como un regalo de los Reyes. Y se criaron juntos perro y pibe. Pero, la felicidad duró diez años. Hoy, estaba por partirse en dos esa amistad y Rubén lo presintió. La mujer de la protectora le había dicho a la mamá de Rubén que si ellos se lo permitían iban a retirar a Lapicero y lo iban a tratar para que ver qué tenía. El presupuesto doméstico no iba a alcanzarle a la familia para un tratamiento, los medicamentos, y quizás una cirugía. Así que lo dejaron ir a Lapicero que quedó mirándose fijo a los ojos con Rubén, hasta que la camioneta dobló en una esquina, y a Rubén se le cerró el corazón.
A Lapicero le tomaron radiografías y lo medicaron, pero la inflamación de la pata no cedió. Los estudios finalmente detectaron el osteo sarcoma que lo había estado acechando en su pata trasera. Un tipo de cáncer, que no había hecho metástasis en su cuerpo. La decisión fue rotunda. La amputación resultó el camino más apropiado para la salvación del galgo. El post operatorio cuidado, los mimos de Miriam, la comida a tiempo, produjeron una recuperación casi inmediata. Recuperó el peso, ahora camina, y parece mentira… corre sin dificultad.
Lapicero tiene 10 años, y aunque está totalmente sano, a la casa no sería prudente que volviera porque la familia ha criado muchas mascotas, y Rubén tiene miedo que su galgo pueda recaer si no tiene un lugar confortable donde descansar, y un buen plato de comida todos los días. Por este motivo prefiere alejarse de su amigo para que tenga una mejor vida. La última vez que la mujer de El Amparo fue a hablar con Rubén, este le dijo: con el amor no me alcanza, ¿vio doña? Y se metió en la casa, seguramente a llorar.
No sabemos si Lapicero lo extraña a Rubén, es probable. Pero está tranquilo, es buenísimo, y contento cuando lo rodean los chicos. Está acostumbrado a convivir con muchos chicos y muchos perros. La foto no lo dice todo, viéndolo en vivo parece un dibujo animado. Los años que le queden por vivir, merecería Lapicero compartirlos con una familia que lo ame y lo respete por todo el sufrimiento que padeció. Casi un ejemplo de supervivencia este querido galgo. Entre los lectores de esta historia que no es cuento y duele contarla, puede haber una persona que quiera recibir en su vida la compañía apacible de Lapicero, o conocer a alguien que se interese por el destino de este animalito. Llamen al número 15643565 y conversen con Paola, ella se los mostrará, y por ahí se hacen amigos de este adorable dibujo animado. Llámenla y gracias por animarse ustedes a continuar la historia de Lapicero.