Que cada año vuelva a repetirse no impide la expectativa instalada en tantos seguidores de este encuentro de la música popular. Este “congreso de la coincidencia nacional” al decir del poeta César Perdiguero, aquel hombre compenetrado con su Salta pero también con su visión universal de la cultura que supo llenar de pensamientos los libretos de muchas ediciones de este festival. Y así se renueva el espíritu festivo de los asistentes que siguen y persiguen el derrotero de sus artistas preferidos y disfrutan del paseo que la muchedumbre les permite. La inauguración tuvo a Marcelo Simón como maestro de ceremonia quien anunció el inicio de la sucesión de lunas que cada noche descubren la silueta del cerro Pan de Azúcar, recortada detrás del escenario mayor como centinela. El protagonismo de las figuras y de los lugares comunes,como cada año, fue el principal atractivo de la noche de apertura: el himno -el nacional y el dedicado a Cosquín- eterna demostración de pertenencia; el cura, hombre de fe y de poncho; el grito, exteriorizada manifestación de alegría e invocación; el ballet, elegancia y síntesis de la imagen cultural; el artista, intermediario y mensajero del idioma universal por excelencia; el homenaje, momento necesario y trascendente para recordar a los que nos precedieron. Y el valle de la música renovó el crédito para iniciar una nueva historia.