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Charles Lindbergh: el último viaje

Charles Augustus Lindbergh hizo en secreto su último vuelo. En la ciudad de Nueva York al saber que su fin se aproximaba, resolvió poner manos a la obra a sus planes. Tenía el anhelo de morir en el lugar que más quería en el mundo: la isla hawaiana de Maui donde había construido una casa para su descanso. Así pues, 8 días antes de fallecer (murió el 26 de agosto de 1974, víctima de cáncer) emprendió su último vuelo. Lo instalaron en camilla a bordo de un avión comercial que lo llevó a Honolulú de donde siguió en avioneta particular hasta el apartado distrito de Hana, en Maui. En colaboración con varios amigos había emprendido una campaña para proteger el esplendor tropical del lugar. La noticia de su muerte, ocurrida a las 7:15 de la mañana se recibió en Honolulú horas después. Con el anuncio llegó también un informe sorprendente: los funerales se celebrarían a las pocas horas en una iglesia de coral. Era allí, donde el general Lindbergh que siempre tuvo el aislamiento por una de sus más caras aspiraciones había deseado vivir en el completo retiro. Empleó los últimos días en la preparación de sus funerales que serían muy sencillos. Este hombre en un tiempo ídolo del mundo entero había decidido que lo sepultaran con su ropa de trabajo en un ataúd fabricado por unos amigos suyos. A la iglesia asistió sólo un puñado de personas, a unos oficios que duraron 30 minutos: la esposa del aviador Anne Morrow, escritora y poetisa, uno de sus 3 hijos, Land; y algunos amigos de la comarca. Un ministro protestante de Hana dijo unas breves oraciones. A continuación en un tosco ataúd de madera de eucaliptos traída de una de las selvas de Maui trasladaron los restos al cementerio de la iglesia. Los presentes entonaron una canción hawaiana, Kalani Kuu y después home (“bienvenida del angel”) y la caja quedó depositada en una fosa especial que el propio Lindbergh había diseñado durante sus postreros días en Maui.

La familia y los amigos arrojaron guirnaldas de flores (leis) sobre el ataúd, puñados de la buena y rojiza tierra de la isla, y acto seguido una explanadora comenzó a llenar la fosa. Unos 30 metros más allá, al borde del cementerio, se abre un acantilado que va a caer bruscamente al mar, 300 metros más abajo. Las olas que truenan al romper al fondo del abismo apagan el ruido de todo lo exterior. El interior de la iglesita se llenaba con el aroma penetrante del jengibre de Kahili colocado en un vaso sobre un clavicordio inservible. El doctor Howell amigo desaparecido a quien atendió en sus últimos días explicó la extraordinaria sencillez de las honras fúnebres rendidas a un héroe tan distinguido. Lindbergh había regresado a Hana porque “quería tanto a Maui que prefería vivir un solo día en esta isla que un mes de Nueva York”. Comenta que el viaje fue muy fatigoso pero no tuvo dolores.

En sus últimos días el aviador de 72 años de edad se mostró siempre “alerta, entusiasta y feliz”, “hablaba como cambiaron sus sentimientos ante la muerte”, “agregó: la diferencia con aquellos días de aviador o de sus vuelos acrobáticos en funciones circenses. Esta vez no experimentaba temor ni aprensión como entonces. El águila solitaria planeó su muerte: preparó este vuelo tan cuidadosamente como el de 1927.


SIN TEMOR A LA MUERTE

¿En qué consistían tales planes? Consistían en un sencillo ataúd hecho por unos vaqueros de Hana forrado por una manta de lana gruesa y un sudario de tipo hawaiano. Lindbergh recomendó también que lo vistieran con la ropa que solía llevar cuando estaba en Maui, esto es durante 4 meses del año. Por tanto para su eterno descanso vistieron el cuerpo del aviador con una camisa de trabajo de color caqui y con pantalones de algodón de tono oscuro. Había suplicado también que los asistentes vistieran en su funeral, ropa de trabajo: y todos lo hicieron así. Lindbergh proyectó bien la tumba: mide 2,50 mts. por lado con una profundidad de 3,50 y paredes de piedra volcánica bien alineadas, cuidadosamente asentadas sin ayuda de argamasa, a la manera de Hawai. Junto al cuerpo del aviador hay un espacio reservado para su esposa. La tumba está cubierta de piedras “ili’ili”, sueltas, pulidas y redondeadas, muy usadas en las danzas de las islas. Después la completarán con una sencilla lápida. Para él la ostentación en los cementerios era de mal gusto. Su amigo, el médico Dr. Howell recuerda entre los temas de que habla el Gral. Lindbergh en los últimos días de su vida estaban los grandes hombres que había tratado: inventores, científicos, aviadores, artistas…y un amigo personal: Joseth, maquinista de una explanadora establecido en Hana.

Ese hombre fue una de las personas que llevaron el féretro de Charles.

A las 24 hs de la muerte del aviador daba los últimos toques a la superficie de la tumba de piedra pulida. Era evidente que Joseth veía en Lindbergh un amigo y al hawaiano se le humedecían los ojos al hablar del último trabajo para el héroe fallecido. Tuvo que cambiar el lugar elegido para no desarraigar un árbol que allí crecía. Estaba seguro que así lo hubiera querido el aviador, tan interesado en los últimos años por la conservación de la naturaleza. La población de la isla no habló de Lindbergh hasta después de su muerte. Antes de ese momento los turistas nada supieron del héroe que agonizaba, pero después las palabras de los lugareños expresaban el profundo afecto que les merecía. Jon, el hijo mayor de los Lindbergh llegó a tiempo para asistir a esa ceremonia. Fue a la iglesia una hora antes de la señalada, estuvo examinando los alrededores, hablando con los reporteros a quienes rogó que atendieran el deseo de su madre de respetar la intimidad de la ocasión. La viuda acudió a la ceremonia con talante sereno, vestida con una sencilla camisa de color blanco. Ocupó el primer banco de la diminuta iglesia, entre sus hijos Land y Jon, unos 20 amigos de la familia completaban el cortejo. Las gruesas paredes del templo no dejaban entrar ruido del exterior ni siquiera se oía el rumor del oleaje que rompía allá abajo contra los arrecifes, ni el suspiro de la brisa entre los árboles o el trinar de los pájaros. Un gran silencio dominaba el ambiente. Por fin comenzaron las ceremonias como una mezcla de tradicional hawaiano y una exposición del pensamiento de los grandes intelectos del mundo, a continuación de una selección de los escritos de Gandhi y un poema de los pieles rojas.

Cuatro mujeres de la iglesia de Hana entonaron canciones sin acompañamiento y a ellas se unió el pastor laico. Ascendían en columnas verticales, el negro humo sobre el altarcito, en varios candeleros de pared y en dos hermosos - aunque sencillos- candelabros de peltre. Terminó el oficio, ya afuera la viuda con rostro sereno pasó entre los periodistas diciendo a cada uno de los reporteros y fotógrafos “han contribuído ustedes a hacer de esta ceremonia una ocasión inolvidable para nosotros”. Los servicios cablegráficos trajeron multitud de despachos firmados por grandes personajes internacionales, en homenaje al general. En el aeropuerto de Hana interfirió por primera vez el solemne y ceremonioso mundo exterior. Una enorme guirnalda de orquídeas y crisantemos destinada a la familia del fallecido se alzaba al rayo del sol envuelta por una cubierta de celofán que se ajaba con rapidez, resultaba incongruente ante el valor, la sencillez y la dignidad con que el héroe y los suyos habían dado cara a la muerte. El homenaje más apropiado y hermoso fue probablemente el pasaje bíblico del libro de Isaías leído en voz alta durante la ceremonia de homenaje: “Más los que tienen puesta en el Señor su esperanza adquirirán fuerza y tomarán alas como de águila”…Como Charles se enfrentó a la muerte con el valor sencillo y la dignidad que hicieron de él un héroe internacional.

Autor: Redacción

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