Uno de los méritos mayores de Pizarro, nobilísima figura tanto de hombre como de artista y amigo fiel y generoso de todos los jóvenes que trabajaron con él y en torno suyo, es el haber guiado y animado a Cézanne en los años difíciles de su incorporación al arte de la pintura. La historia de la vocación artística de Cézanne es, en realidad, una de las más atormentadas y erizadas de dificultades que se conocen. Durante toda una década, entre 1860 y 1870, el joven artista nacido en Aix intentó con desesperada obstinación todos los caminos, en busca de un lenguaje propio capaz de expresar lo que sentía confusamente. Su pintura de esos años es áspera, densa, grumosa, llena de alucinaciones simbólicas y literarias, pero en 1877 se produce un cambio radical en su vida; inicia sus relaciones con Pizarro y descubre el lenguaje de los impresionistas. Cézanne empieza a mirar el mundo directamente, y reconocer en los colores y en las formas de la naturaleza una nueva fuente de inspiración. Césano se vincula entonces con el movimiento impresionista, pero sólo como actitud inicial frente a la naturaleza, ya que sus intentos y los resultados que obtiene son totalmente distintos y originales. Si el objetivo que se fijan los impresionistas es el de llevar a la tela la verdad del momento fugaz, la finalidad de Césano es representar a la naturaleza en sus valores eternos e indestructibles. Y, mientras los impresionistas diluían las formas impregnándolas de luces y de atmósfera, Cézanne las construye plásticamente en un riguroso equilibrio de volúmenes que se conjugan entre si. El Hombre, el paisaje o la naturaleza muerta se revelan a Césanne en su estática armoniosas consistencias, que consigue representar con un lenguaje sobrio y severo, estructurándolos en planos plásticamente divididos, en los que el color definen las distintas formas.