El año pasado, en las instancias previas a la celebración carnestolenda, la investigadora e historiadora Blanca Stoffell publicó aquí mismo una serie de notas sobre el tema "Carnaval de antaño", refiriendo lo que solía suceder en Rafaela en tiempos pasados, con muy bien argumentadas historias mechadas con anécdotas de un tiempo que ya fue, pero que sigue despertando interés y curiosidad. Sin pretensiones cronológicas, ni emulaciones de ninguna clase, abordamos algunas reminiscencias personales relacionadas con esta fiesta del Rey Momo, algunas de ellas ya borrosas en el recuerdo, pero que sirven para marcar lo que en realidad fue, en un tiempo pasado que no sabemos si fue mejor, pero sí definitivamente incorporado a nuestros recuerdos.
Hace 35 años que en el país habían dejado de existir en el calendario los feriados de lunes y martes como habrá ahora, claro que vigentes por diferentes razones. Esta vez, el motorizador parece ser el turismo, aprovechando cuanto recoveco o excusa aparezca durante el año para estirar fines de semana en toda la longitud posible. Cómo será la cosa, que desde hace tiempo, los principales centros turísticos tienen reservas que llegan casi al 90 por ciento.
Antes, en cambio, el feriado era por el Carnaval propiamente dicho. Los que hacían turismo eran muy pocos, quizás dos o tres familias en todo el barrio. A las dos estallaba la bomba, habilitando el juego de agua hasta las seis de la tarde, en que otra explosión lo clausuraba.
La cuestión era a puro baldazo, jugaba casi todo el mundo. Recordamos de nuestra infancia, por allí en la zona de Lamadrid al 400, cuando la calle era todavía de tierra. A media tarde cuando terminaba el juego, era un verdadero lodazal, de tanta agua que había corrido. No se salvaba nadie, y todos -bueno, casi todos- participaban con alegría, ya que siempre algún enojado había, por un salpicón, un baldazo equivocado, una patinada en el barrial corriendo a alguien. Al fin de cuentas era lo de menos.
Ni la nona se salvaba. En cierta ocasión, cuando ya no quedaba nadie a salvo y el cruce de baldazos entre vecinos estaba a pleno, la "nona" como le decíamos, de una familia cuyo apellido preservamos, se había levantado de la siesta y con el mate en la mano se asomó por la puerta del frente a ver cómo estaba animado el juego, recibiendo un baldazo de aquellos, que le hizo caer el mate y dejó su batón gris oscuro y casi hasta el piso, como si lo hubiesen sacado recién del fuentón luego de lavarlo.
Y también estaban las "bombitas", pequeños elementos de goma liviana que se llenaban de agua y servían para bombardear a algunas niñas que por alguna causa debían salir a la calle. ¡Cuántas discusiones! Momentos que entonces tuvieron el sabor de un disgusto, pero que ahora a través del tiempo quedaron como simples anécdotas y parte de las travesuras de esa época. Es que, mientras algunos hacían la salvedad "yo no juego", para otros la bomba de las dos de la tarde habilitaba para mojar libremente, y se lo cumplía a rajatabla, caiga quien caiga.
Muy difuso, tal vez por la edad de entonces o quizás por el disco rígido de la memoria que comienza a fallar, recordamos desfiles de carrozas y fiesta de Carnaval en el bulevar Lehmann, cuando se usaban todavía los pomos de papel de plomo cargados con agua perfumada, luego reemplazados por pomos de goma que eran recargables, o bien de plástico. Se completaba entonces con serpentinas y papel picado, todo muy sobrio, muy medido. Carrozas, alguna murga, máscaras sueltas.
Después estos desfiles de murgas y comparsas se fueron llevando a otros escenarios -en bulevar Santa Fe hubo algunos memorables por las lujosas carrozas participantes-, como en los otros dos bulevares fundacionales Yrigoyen y Presidente Roca, como así también alguna vez en Aristóbulo del Valle, y seguramente en otros, pero como aclaramos que no tenemos intenciones cronológicas, alcanza para justificarnos.
¿Y los bailes de Carnaval? No vamos a hacer un recuento pues necesitaríamos otra página completa ya que quien más quien menos, todos los clubes tuvieron alguna vez los clásicos bailes de Carnaval, tanto en la época de verano los que tenían sus pistas al aire libre, como "los carnavales de invierno" los que disponían de salón.
Un caso especial fue el de Juventud, el club de calle Fanti. Cerca de medio siglo atrás, cuando era calle de tierra y estaba adornada con altos pinos, lo que servía para identificarla con un destino más alejado, cruzando la ruta 34. "Ir por el camino de los pinos" tenía un sentido muy distinto a la alegría del carnaval. Pues bien, ese club estaba de plena moda, tanto que a las 10 de la noche y cuando el baile recién estaba comenzando, debían ponerle candado a la puerta de ingreso, pues sí era cierto que "no cabía más ni un alfiler". Así como lo está leyendo, sin exageraciones. Lo del candado era todo un símbolo, pues no había excepciones para nadie, mucho más rígido que un cartelito avisando de la situación.
Tras un par de temporadas de ese calibre, Juventud hizo nuevos baños, reconstruyó el escenario y también la pista, los tapiales perimetrales, los accesos. ¿Saben qué pasó? Pues la gente dejó de ir.
Quien le cambió la tónica a los bailes fue Argentino Quilmes, mechando con sorteos de toda clase. Por años fue un verdadero clásico, aunque es cierto, si bien los bailes eran buenos, con figuras de prestigio, fueron perdiendo el verdadero espíritu del Carnaval. De paso, hace muy poco compartiendo un asado nocturno con amigos en el exterior de las canchas de bochas que atiende el Flaco Mina, ver cómo quedó el lugar que por tanto tiempo fue un monumento a la alegría y al buen pasar, casi casi nos arranca un lagrimón.
Pero bueno, todo tuvo su momento, todo pasa. Algunas veces se renueva, otras no tanto. Hoy volvemos a los feriados de Carnaval, y seguro que más de uno que vivió aquellos tiempos, a las dos de la tarde estará esperando si tiran la bomba. ¿Qué le parece si por las dudas tenemos preparado el balde detrás de la puerta?