En la década del ’40 todos quienes gustábamos de la música pese a nuestra corta edad, disfrutábamos escuchando una orquesta que se caracterizaba por su ritmo alegre y contagioso, la de nuestro “paisano” Feliciano Brunelli, un mago del acordeón que si bien había llegado a este mundo en Marsella (Francia), era en realidad hijo de italianos y fue básicamente rafaelino por adopción, al radicarse la familia en nuestra ciudad en 1908.
Con una clara vocación musical, desde niño comenzó a estudiar piano con el maestro Luis Ricci, no obstante lo cual, y siguiendo los consejos de su padre, decidió volcar sus inquietudes musicales hacia el acordeón, instrumento del cual llegó a ser un intérprete de máximo nivel. En sus años escolares fue compañero y amigo de mi padre, concurriendo ambos a la escuela de la familia Cossettini. Allí, mi padre era “Chiquín”, por Francisco, y Brunelli era “Felichín” por su nombre verdadero Felicien, con una amistad que mantuvieron a través de los años según me consta por lo menos hasta que por mis estudios debí radicarme en 1948 lejos de Rafaela.
Desde muy temprano logró distinguirse con el acordeón y ya en 1928 le propusieron grabar para uno de los sellos discográficos más importantes. Pero fue en 1933 cuando tuvo lugar un encuentro que cambió su vida, al pasar por nuestra ciudad Emilio Vardaro y comenzar una amistad que llevó a Brunelli a Buenos Aires para dar lugar a una nueva etapa que se iniciara al componer el vals “Ilusión de mi vida”, que llegó a ser una de las obras más populares de todo su repertorio.
En esa oportunidad se formó un cuarteto que integraba además Alcides Fertonani, quien años después fuera el continuador del estilo musical de Brunelli, actuando en diversos cafés de Buenos Aires para llegar al disco en septiembre de 1933 grabando cuatro temas de su propia autoría. Durante un tiempo actuaron en Radio Splendid con un conjunto que llamaron “Cuarteto del Novecientos” del cual participaba nada menos que un juvenil Aníbal Troilo, para pasar luego a Radio Mitre y grabar dos temas nuevos, uno de ellos el conocido tango “El pillete”.
Al poco tiempo Brunelli formó su propia orquesta, llamada por aquel entonces “característica” dado su ritmo tan particular, integrada por 15 músicos y con los cantores que fueron símbolos del conjunto, Alberto Radamés y Oscar Valetta. El estilo musical logró una popularidad muy llamativa para la época, en particular en todas las instituciones bailables donde contaban con el decidido entusiasmo del público, de tal modo que fueron contratados en exclusividad por Radio Belgrano por un periodo que se prolongó 25 años.
Recuerdo con cariño temas desde “Se va el caimán” hasta aquella vaca lechera que no era una vaca cualquiera, más una frase que alcanzó inclusive un importante significado político : “deben ser los gorilas, deben ser…”. El ritmo de Brunelli dominaba en forma absoluta los carnavales de aquella época, resultando extraño el total olvido en que hoy ha quedado relegado pese a sus casi 800 temas grabados y los años en Radio Belgrano.
“Felichín” abandonó este mundo en agosto de 1961, y quienes hoy peinamos canas (si es que aún nos queda algo por peinar) recordamos con gran cariño aquellos Carnavales de nuestra infancia rafaelina donde el ritmo de Brunelli contagiaba a todos su alegría y sencillez.