Por Marcelo Rico
Hoy murió Beto Brandoni. Y aunque la muerte de los grandes siempre parece un hecho público, casi administrativo, casi periodístico, hay algunas que a uno le caen en un lugar más íntimo, más hondo, más incómodo. No se muere solamente un actor. Se muere una parte de la memoria personal. Se muere una voz con la que uno creció. Un gesto. Una forma de mirar. Una manera de decir las cosas sin pedir permiso, sin maquillarlas, sin arrodillarse ante la corrección ni ante la estupidez.
Yo crecí viendo a Brandoni. Crecí viendo a un tipo inclaudicable. A un actor con nervio, con verdad, con espesor. De esos que no entraban a una escena para lucirse, sino para imponer presencia. Brandoni no era de cartón. No era un producto. No era un muñeco simpático de la industria. Era un animal escénico con ideas, con carácter, con una humanidad áspera y entrañable al mismo tiempo. Y eso, en un país adicto al simulacro, vale el doble.
Con el tiempo, ya no lo vi solamente como espectador. Empecé a verlo como director, como artista, como alguien que entiende lo que significa encontrar un cuerpo, una voz, una energía capaz de cargar un personaje sin falsearlo. Por eso, cuando escribí una historia en la que imaginaba convocarlo, no pensé en una figura decorativa ni en un nombre para inflar un proyecto. Pensé en él porque había algo de ese personaje que le pertenecía por naturaleza.
Esa historia formaba parte del ciclo Forjadore de Historia, que había empezado a presentar y actuar Juan Palomino. En ese nuevo capítulo, Brandoni iba a venir a contar la vida de dos forjadores de historia de Rafaela y Sunchales, dándole al ciclo una dimensión nueva, una respiración distinta, y también un peso simbólico enorme. No era solamente sumar un actor prestigioso. Era incorporar a una presencia con espesor histórico, humano y artístico para narrar dos mundos profundamente ligados a nuestra identidad.
El personaje que imaginé para él tenía algo de destino. Un hombre solo, con un vaso de whisky, una televisión encendida y una urna con las cenizas de su mujer. Un tipo discutiendo con la muerte, con el amor y con el tiempo. Un personaje quebrado y digno. Cínico y sensible. Derrotado, pero no vencido del todo. O sea: un territorio donde Brandoni podía hacer lo que hacen los grandes de verdad, que no es simplemente actuar bien, sino encarnar algo que parece haberlos estado esperando.
Y lo más valioso de todo esto es que no se trató de una fantasía mía arrojada al vacío. Brandoni escuchó la propuesta de mi productora, Magalí Muñiz, y eso para ella también fue profundamente importante. La escuchó, la recibió con calidez y, aun en una transcripción imperfecta, se entiende lo esencial: le gustó la idea, le pareció fantástica, agradeció el ofrecimiento y dijo que aquello lo estimulaba, que le hacía bien. Además, dijo que no se iba de acá sin comer bagna cauda. No cerró la puerta. La dejó entornada. Lo frenaban sus compromisos, la reposición de Parque Lezama y otros trabajos. Era la agenda, no el desinterés. Era la vida, no la negativa.
Y eso lo vuelve más triste. Porque ya no hablamos de un sueño imposible ni de una admiración unilateral. Hablamos de una cercanía real. De una posibilidad concreta. De un actor inmenso que, del otro lado, respondió con respeto, con humanidad y con ganas, aunque el calendario empujara todo hacia más adelante. Ese más adelante es una de las formas más crueles que tiene la vida de burlarse de nosotros. Porque uno cree que todavía hay tiempo. Y a veces no. A veces el tiempo se corta antes. A veces la muerte entra sin pedir audiencia y arruina incluso lo que ya venía respirando.
La muerte de Brandoni me toca ahí. No solo en el lugar del espectador que admiró durante años a un actor enorme, sino en el lugar del creador que sintió que podía encontrarse con él en una obra. Me toca en el lugar de la memoria y también en el de la frustración. Porque con él no se fue solo un hombre talentoso. Se fue también una posibilidad artística que tenía alma, espesor y verdad.
Pero incluso en esa pérdida hay algo que queda. Queda la confirmación de que el instinto no había fallado. Queda la emoción de saber que ese actor que formó parte de mi educación sentimental y estética había escuchado la propuesta y la había recibido con entusiasmo. Queda la sensación de haber estado cerca de un cruce verdadero. Y queda, sobre todo, el recuerdo de un tipo que nunca fue domesticable, que siempre tuvo una presencia feroz y una identidad propia, y que por eso mismo se volvió inolvidable.
A cierta edad, uno ya sabe que la admiración no se regala. Se gana. Y Brandoni la tenía ganada. No por prestigio. No por trayectoria solamente. Sino por algo más raro: por consistencia. Porque era uno de esos pocos actores que parecían hechos de una sola pieza. Podías coincidir o no con él, pero nunca te daba la sensación de estar frente a un hombre adulterado.
Hoy murió Beto Brandoni. Y yo no siento solamente que se fue un actor enorme. Siento que se fue uno de esos rostros que acompañaron mi vida, uno de esos tipos que, sin saberlo, ayudan a formar la sensibilidad de otros. Uno de esos hombres que le enseñan a un pibe, primero desde la butaca y después desde el oficio, que el arte no tiene por qué ser cobarde, ni obediente, ni hueco.
Se fue un grande. Y en lo personal, se fue alguien que yo había empezado a rozar no solo desde la admiración, sino también desde la posibilidad concreta de crear. Eso vuelve esta muerte más cercana. Más injusta. Más amarga. Pero también más digna de ser recordada.
Porque hay actores que pasan por la escena. Y hay otros, como Brandoni, que se quedan viviendo adentro de la memoria de un país y adentro de la memoria privada de quienes crecimos mirándolos como se mira a los irreemplazables.