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Arte en el siglo XIX (logo)

Cuando Napoleón logra realizar su sueño de poderío y se ciñe la corona imperial, tiene junto a sí un gran artista, pronto a inmortalizar en la tela la solemne y fastuosa ceremonia: es Santiago Luis David. Habiendo sido primero un ardiente e inflexible revolucionario había narrado en sus cuadros, oponiendo vigorosamente a la postrera elegancia agraciada de la pintura rococó, episodios de nobles y austera virtud republicana; habiendo descubierto en Roma, con una emoción decisiva para todo su futuro artístico, el mundo de la antigüedad clásica y había extraído de su estudio una lección de orden y rigor que no olvidaría jamás.

En los albores del siglo XIX David domina aún la escena artística parisiense; de revolucionario se ha convertido en partidario de Napoleón, y se ha puesto a narrar en términos de antigua grandeza los acontecimientos de su tiempo, más que evocar la gloria de la República romana, aunque su mundo poético y su lenguaje hayan permanecido intactos. La severa nobleza de las actitudes, la escultórica belleza de las imágenes y el sereno equilibrio de la composición siguen siendo las características fundamentales de su nuevo clasicismo; el trazo constituye las imágenes con extrema nitidez, libre de toda complacencia, y el color se extiende sobre las superficies en tonalidades frías y luminosas.

Entre tantas sobriedad de medios e imitación del arte antiguo brilla, empero, como una llama viva, la fe sincera y apasionada de David en un ideal de grandeza y nobleza humanas, y con la fuerza de esa fe, su pintura se transforma, de ejercicio cultural, en inspirada poesía. Algunos de los mayores éxitos alcanzados por David, en el último período de su actuación se encuentran entre sus retratos, la perseverante observación de la realidad, contenida dentro de los límites de una gran sobriedad expresiva, la magistral sobriedad del dibujo, atento a todo detalle, y la aguda interpretación moral y psicológica del personaje, permiten al artista dejar en esa especialidad algunas obras maestras, como el fresco retrato de Madame Récamier o el más austero y grave de Sériziat.

Célebre y apoyado por el consenso universal, David está al frente de un taller muy frecuentado, donde sus principios son asimilados por numerosos alumnos entre los que no faltan personalidades interesantes; alentados por el maestro a manifestar libertad de expresión que sea fruto de una vocación personal y no a seguir una pasiva imitación, los jóvenes artistas formados por David revelan gustos e inclinación independientes.


Fuente: enciclopedia Arte rama.

Autor: Ezio Ricci

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