Confieso que, cuando yo era chico, los escasos compañeros que llevaban anteojos me inspiraban respeto.
Los anteojos les daban un porte de "más grandes", lo que para un chico suele ser motivo de admiración (o envidia, según los ojos con que se lo mire y sabiendo que, como alguien dijo, "la envidia es la sombra de la admiración").
Pasaron mis años de primaria, y al comenzar el colegio secundario empecé a sentir cansancio en la lectura. El bajón de notas con que transité los primeros años fue interpretado por mis formadores como típico de la adolescencia, donde las dificultades del desarrollo incluían mis pocas ganas de estudiar, una indolencia general y (de parte mía) la sospecha de que mi nivel intelectual era demasiado bajo para aspirar al sacerdocio.
A los 16 años fui, por fin, a un oculista. Luego de numerosos estudios, el oculista debió admitir un defecto no habitual a tan temprana edad: hipermetropía.Y, además, bastante pronunciada: tres grados para cerca y uno para lejos. Desde entonces uso dos anteojos: uno para leer y el otro "para hablar"...
Gracias a ellos volví a mirar todo con nitidez. ¿Y qué lindo es disfrutar de todo lo que una buena vista puede brindar!¡Qué bueno poder agradecer a Dios los anteojos!
He visto que mucha gente -por no decir la mayoría- tiene grandes resistencias al uso de anteojos. Es explicable, dado que algo cambian la cara. Para bien o para mal, según los casos; pero a casi todos les cuesta "verse" con algo que "distorsiona" la imagen personal, o incluso lo "envejece".
Es cierto que existen ya muy finos lentes de contacto: ayudan a ver mejor sin cambiar la cara. Quienes puedan usarlos -por razones económicas y de tolerancia- que los disfruten. Pero nosotros, los que -mayores o jóvenes- debemos usar los anteojos, usémoslos con alegría y serenidad. A fin y al cabo, con el tiempo los hacemos tan parte de nuestra cara que a veces los buscamos por todas partes... olvidándonos que los tenemos puestos.