El abogado Albarracín, después de obtener su grado académico, decidió dedicar su vida a defender a todos los animales, opinando que aún con su nivel de raciocinio inferior con respecto al hombre, no había necesidad de martirizarlos, castigarlos o gozar de su dolor. De esta manera, Albarracín luchó contra todas aquellas prácticas donde existía el maltrato a los animales, resaltando así su amor a la naturaleza y el culto civilizado a la vida.