En pocos días, Nora, la esposa del ex pugilista Abel Laudonio, verá cómo sale a la luz el libro que su marido siempre soñó pero no pudo plasmar a causa de la afección neurológica que tiene quien fuera campeón argentino de peso Liviano, internado en una clínica de rehabilitación en Talar de Pacheco, desde hace tres años.
“Pudo haber sido Caín, Abel Laudonio, un peleador de la vida” es el título de la obra donde Nora narra los inicios de su marido en un contexto complicado en el cual la calle imponía sus condiciones desde el costado más severo y que, no obstante, forjó el temple, la inteligencia y la nobleza de un hombre que se destacó como boxeador, emprendedor y padre de familia, sin olvidar jamás sus orígenes .
“Abel siempre tuvo la inquietud de contar su niñez y sus carencias porque siempre le gustó escribir, pero hay veces que uno piensa que tiene mucho tiempo por delante y no siempre es así”, relató Nora a Diario Popular, al referirse al Mal de Alzheimer que afecta a Laudonio desde 2004, cinco años antes que un ACV aplicara otro golpe tremendo que agravó su condición.
Para Nora, de 64 años de edad, recrear distintos tramos del libro implica referir al gran amor que comparte desde hace 45 años con su marido y que ha tenido como derivación tres hijos a los que su padre enseñó a boxear aunque dos fueran mujeres, y cuatro nietas. “Abel tiene la virtud de lograr todo lo que se propone y nunca se olvidó de sus orígenes” señaló. A tal punto tenía grabada esa impronta con la que empezó a bailotear aún niño en el ring del club Excursionistas, que en su gimnasio de la avenida Beiró instaló un letrero, hoy atesorado por Nora en su departamento de Villa Urquiza que reza: “Mi educación fue la vida, mi universidad la calle, donde nunca me doctoraré”.
UN SEDUCTOR
Para su esposa, Abel “fue siempre un seductor, seguro de sí mismo, que cerró las diferentes etapas de su vida en el momento justo como cuando dijo adiós al boxeo a los 26 años y en pleno esplendor. Me acuerdo que cuando tomó esa decisión sostenía que además de boxear aspiraba a otras cosas. De hecho -añadió- mantuvo su trabajo en el Banco Provincia, donde empezó como ordenanza y se jubiló como mayordomo general”.
Además, Abel Laudonio tuvo un gimnasio de boxeo recreativo donde entrenaron, entre otros, Carlos Monzón y varios pupilos de Amílcar Brusa.
El prólogo a la historia común que desarrollaron juntos comenzó cuando el padre de Nora, Luis Ramón Bello, empezó a llevar las cuentas de Laudonio. El boxeador, con una pinta galvanizada por los ojos azules que siempre atrajeron a Nora, no tardó mucho en conocer a la única hija de su asesor, que tenía por entonces 18 años y recién se había recibido de maestra, y se interesó en gestionarle un contacto que pudiera encontrarle una escuela donde empezar a trabajar.
En cuestión de días, Nora se convirtió en la tercera novia que frecuentaba la vida del campeón y en pocos meses contrajeron matrimonio, ante la sorpresa de don Luis, que le preguntaba atribulado a su hija: “¿Cómo te vas a casar con un boxeador?”. Pero así fue.
A pesar que nunca le consiguió ese trabajo de maestra, Nora valoriza todo lo aprendido junto a Abel. “Pasa el tiempo y sigo siendo la esposa del campeón que se consagró en la vida”. Y satisfecha por haber cumplido la misión de haber terminado el libro, Nora espera el próximo día de visita a la clínica mientras visualiza a ese boxeador bien plantado que resiste con la guardia alta los golpes que vuelve a tirarle el destino, con la mirada puesta en el ring side para ver con sus ojos azules al amor de su vida, que una vez más y como siempre, está presente.