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“A vivir que son dos días...”

La actual presidenta de la Nación, Cristina Fernández, decidió restituir los feriados por carnaval, derogados por el último gobierno militar en 1976. ¿Pero qué festejamos esos días? Tal como sucede con otras prácticas culturales, los significados que le atribuimos a estas fiestas fueron cambiando con el tiempo y en la actualidad existen manifestaciones de carnaval con diferentes sentidos, según los grupos.


ORIGENES DEL CARNAVAL

Los registros más antiguos sobre estas celebraciones poseen 5.000 años y señalan a Sumeria como punto de origen de los festejos que luego llegaron a Europa y más tarde a América.

Al iniciar de la primavera, los sumerios festejaban un ritual en el que, durante cinco días, las jerarquías del reino eran subvertidas; es decir que la realidad de clase era invertida, “al punto que un sirviente podía llegar a darle órdenes a su amo y un preso condenado a muerte, ocupar el sillón del rey”.

“La mujer se viste de hombre/ y el hombre se viste de hembra/ qué de gritos por las calles,/ qué de burlas, qué de tretas,/ qué de harina por el rostro,/ qué de mazas que se cuelgan…” ("Diálogo de apacible entretenimiento"). Con estos versos, Gaspar Lucas Hidalgo describiría a principios del siglo XVII, la alegría del Carnaval, la fiesta popular que en ese tiempo ya representaba la trasgresión frente a la penitencia y al arrepentimiento propuestos a los fieles durante la Cuaresma, que es el período de cuarenta días antes de Pascua de Resurrección (según el calendario litúrgico).

Luego, más allá del sentido cristiano estas celebraciones fueron revelando y enfatizando un espíritu social crítico, al ofrecer la oportunidad de cuestionar pública y abiertamente a la sociedad en general, y en particular a algunos de sus sectores más significativos. “Mediante los disfraces, las pantomimas y las burlas, el pueblo expresa públicamente su opinión o juicio sin temor a represalias”, sostiene la socióloga y antropóloga Elizabeht Bergallo.

La burla hacia las autoridades se convirtió en una característica de los carnavales y lo burlesco significaba el cuestionamiento al orden establecido. La utilización de máscaras o disfraces y la posibilidad de preservar el anonimato, facilitan un mayor grado de libertad, de desahogo, de rechazo a las prohibiciones y a todo lo preestablecido.

El carnaval del medioevo, estudiado por el ruso Mijail Bajtin, era un rito que liberaba reglas y tabúes, y en el cual el “contacto libre y familiar era vivido intensamente y constituía una parte esencial de la visión carnavalesca del mundo”. Y del festejo en la plaza pública al desfile actual de las murgas en los barrios, el carnaval siempre tomó la calle y la hizo parte de su identidad: “el espacio público se transforma en un territorio habitado por todas las clases sociales, donde se borran las diferencias económicas”.

En relación a estos sentidos, la pasión, el humor y la crítica social fueron siempre parte de los cantos de las murgas, a pesar de que el último gobierno militar en Argentina haya condenado ese contenido y estética: en 1976 se derogó por decreto la ley que permitía el feriado nacional por carnaval. Las murgas, a pesar de ello, intentaban desafiar con las letras de sus canciones la censura y de esta manera cuestionar el orden oficial.


CELEBRACIONES

ACTUALES

Los procesos económicos y culturales del sistema capitalista fueron articulando espacios, actores, y sentidos a las fiestas de carnaval. Y si bien no es posible generalizar, en las celebraciones actuales es común que aparezcan lenguajes y significados contrapuestos.

En nuestros días existen los carnavales puramente lúdicos, cuya principal finalidad parecería ser “ofrecer al ciudadano un tiempo y espacio en los que pueda olvidarse de la monotonía y dureza de su vida cotidiana, de su trabajo, de sus deberes y, hasta, de su propia identidad y se zambulla en otra identidad ficticia, independiente de su edad, sexo y condición social verdadera”, sostiene Bergallo.

Así como las imágenes que nos llegan desde Gualeguaychú o desde Río (para citar sólo dos ejemplos representativos) remiten al sentido lúdico de la fiesta, a una diversión pasatista con un fuerte fin comercial, coexisten con ellos otros carnavales en los que sí se revive un significado más genuino. Es decir, cercano a la experiencia comunitaria, a la creación callejera, a la libertad de expresión.

Y este ocurre quizás porque hay algo que pertenece al pueblo mismo: la originalidad, la espontaneidad y también el componente de anticipación. Porque así como muchas fiestas populares son retrospectivas: se celebra una victoria, la culminación de un trabajo, una meta alcanzada, el carnaval es una fiesta previa a lo que viene después; y por eso hace realidad aquello de: “A vivir que son dos días”.


Autor: María Florencia Forni

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