Por Alicia Riberi. - Sentada en la sala de espera de una clínica, mi corazón se detuvo y sentí dolor, y sentí angustia.. Una anciana apretaba su bastón como si en ello le fuera la vida, otra hacía girar una llave en sus manos como queriendo transformarla, tal vez en una aguja mágica que acelerara el tiempo para no tener que esperar tanto en un asiento tan duro, un anciano más allá tenía la mirada perdida como si buceara en el aire buscando una respuesta a la ingratitud del tiempo que se cobraba los años, por ahí otros discutían peleando por un lugar para no tener que esperar un día más, soportando ese dolor ingrato que golpea el cuerpo sin tregua y sin entender de salas de espera, a lo lejos se escuchaban bocinas, pájaros y el mundo entremezclado en la algarabía diaria de un motor que no para y sería bueno preguntar, ¿cómo estamos viviendo?
Me pregunto, me pregunto y me pregunto... sabrán los profesionales de la salud que algún paciente tal vez muy anciano ya no regrese porque se quedó sin tiempo, ¿sabrá el profesional de la salud que Dios nos atiende a todos sin tregua, sin descanso y lucha día a día para que todos nos salvemos? Claro... Dios es el médico del alma, esa que no se ve, pero que será la única que garantizará el pasaje a la eternidad.
Tal vez haya gente que cree poder manejar lo hilos de la salud como dueños de una empresa, pero cuidado, existe un titiritero que deja que los hilos se muevan libremente... pero por ahí tal vez en un segundo los hilos que parecían firmes se cortan y ya la salud seguirá flotando hasta que alguien comprenda, que no se puede rifar la salud para unos pocos, sino que es un derecho que no entiende de chequeras, ni dólares, ni euros, es un derecho de todos.
Despertemos!!! nuestros ancianos alguna vez fueron como nosotros y deben luchar para que alguien escuche con voz entrecortada... ¿el doctor me puede atender? y si la respuesta fue no, su vida se convierte en una apuesta por la vida que tal vez no resiste... ¿y a alguien... le importa?