Plata perdida

Locales 12/07/2015
REALIDAD Y FICCION
A poco más de tres meses de la implementación del descanso dominical en la ciudad, es interesante conocer que las supuestas pérdidas económicas que podía ocasionar la medida, finalmente no fueron reales.
Hace unos días, un empresario de la ciudad salió a poner en cifras lo que está pasando tras el cierre de los domingos. Dijo que un 20% de lo que se facturaba ese día, no se recupera. Es decir, el 80% restante, se recauda los sábados o los lunes. Pero hay ciertas ventas, propias de los días domingos, como las del rubro rotisería, que se dejaron de hacer.
De todas maneras, ese 20% de ingresos faltante se compensa en parte con el ahorro en gastos de personal y servicios. Con lo cual, hablar de una pérdida económica no sería lo más correcto.
Es curioso, pero en mi familia no sólo no comprábamos los domingos sino que ni siquiera lo hacíamos en un supermercado. Nuestro lugar de compras era el mercadito del barrio, la carnicería de la vuelta, la panadería de la esquina. Era la época de los mandados para el abastecimiento diario. Una tarea que muchas veces quedaba en manos de los más chicos y donde las únicas pérdidas económicas, eran la de los padres.
Como si se tratase de una fatalidad del destino o una enfermedad incurable, los pequeños esfuerzos cotidianos destinados a cubrir las necesidades de la casa, acatando los pedidos de la madre, solían terminar en reiteradas ocasiones con un mismo resultado: perder la plata por el camino.
La cuestión no tenía explicación lógica. Billetes y monedas desaparecían de manos, pantalones o bolsos, casi por arte de magia. En general, era poca plata. Y no eran tiempos de ladrones o asaltos a mano armada. Eran sólo los tiempos de la infancia.
Lo cierto es que la sensación que producía el momento mismo en que el niño advertía la pérdida del dinero que le habían dado, era algo sumamente terrible, desagradable, de pánico. Un sentimiento apenas comparable al olvido de un cumpleaños de un ser querido. Un instante donde no sólo se advierte el error cometido, sino que además se toma conciencia que eso traerá consecuencias. Y ya nada, o casi nada, se puede hacer para evitarlo.
El rastrillaje por el camino realizado, no conllevaba a un éxito asegurado. Por el contrario, solía despertar esperanzas en vano. A diferencia de lo que se piensa, nunca conocemos con certeza el camino que hemos recorrido, la vereda que transitamos, o el lugar de la calle en que cruzamos.
¿Bajo qué leyes de la física se producía con frecuencia este fenómeno? ¿Qué explicación podría haber dado la psicología a esta propensión de caer una y otra vez en este fatídico acto?
Quizás algún científico podrá decir que en el roce de la contextura del papel del billete con la suavidad de la piel de un niño, está la explicación del problema. Tal vez un psicólogo dirá que es la forma rara de una reacción involuntaria, vinculada al desapego que los niños tienen al dinero.
Pero la sabiduría de una madre para explicar el comportamiento de su hijo, suele ser realmente reveladora. Ella no necesita de teorías físicas o psicológicas para entender la razón por la cual la plata se cae de la mano de su hijo. Y se lo dice abiertamente ni bien lo descubre: “¡eso te pasa porque vivís papando moscas!”.
Los argumentos de la dueña del hogar siempre parecían convincentes y no dejaban lugar a réplicas. Menos aún cuando algo similar pasaba no sólo con la plata, sino también con la lista de compras o con la bolsa. Incluso cuando de los cinco productos encargados, llegaban sólo tres. La mujer tenía razón: tal vez sólo se trataba de andar con la boca un poco más abierta de lo normal.
Hace poco llegó mi hija de haber ido a la heladería con su tío. Su madre le preguntó dónde había dejado la campera que llevaba. En su cara pude ver esa maldita sensación corriéndole por su cuerpo. Yo no pude evitar sonreír. La genética siempre se las ingenia para sorprendernos. 

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