Sobre la "modernidad líquida" y sus consecuencias sociales

Información General 13 de enero Por
El concepto de modernidad líquida permite pensar y reconstruir nuestra compleja posmodernidad. Un tiempo atado a la precariedad de los vínculos, marcado por un carácter transitorio y dinámico, crea una sociedad volátil donde las relaciones cambian sus formas y la economía asume como ciertos, compromisos tristemente naturalizados en el intercambio de la oferta y la demanda.
La modernidad líquida -como categoría sociológica- es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados. La metáfora de la liquidez propuesta por Zygmunt Bauman intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones. Entre otras cuestiones plantea el autor que el amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la web. Surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante, incierta y cada vez más imprevisible, es la decadencia del Estado del bienestar. 
En su libro “Modernidad líquida”, Zygmunt Bauman explora cuáles son los atributos de la sociedad capitalista que han permanecido en el tiempo y cuáles las características que han cambiado. El autor busca remarcar los trazos que eran levemente visibles en las etapas tempranas de la acumulación pero que se vuelven centrales en la fase tardía de la modernidad. Una de esas características es el individualismo que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles.
La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”.
La economía ha derivado en un permanente estado de indefinición porque ningún país queda fuera del juego de la globalización y del mercado internacional, hoy trasnacional y absoluto, donde en nombre de la oferta y la demanda mundial, son permitidas las peores y más avergonzantes atrocidades. Constante especulación, creciente desempleo más allá del carácter desarrollado o subdesarrollado de las regiones y una generalizada explotación, son variables que inevitablemente conducen hacia la especulación donde siempre el más fuerte es el que se lleva el final feliz.

CLUB SOCIAL
Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones no sólo sociales sino también existenciales que se generan cuando nos relacionamos. La propuesta del autor no está en absoluto lejos de nuestra más visible cotidianeidad, bastan algunos ejemplos sencillos como para advertir las fisuras de un sistema que hace tiempo está dando marcas de su propia decadencia.
La precariedad de las relaciones se advierte en la declinación de los festejos populares de antaño, cuando tal como supo mostrar, -por buscar un ejemplo sencillo- la película de Campanella “Luna de Avellaneda”, los vínculos sociales y culturales se modificaron, cambiaron sus formas y se volvieron esquivos. Los clubes sociales y deportivos pasaron a ser reductos olvidados, fantasmáticos y sus terrenos se convirtieron en posibles contenedores de nuevas construcciones “modernas” y adaptadas al flujo posmoderno.
La figura del "club social" dejó de existir en las sociedades contemporáneas, la posibilidad de construcción de lazos imaginarios y colectivos que resignificaban, se demolieron junto a la idea de encuentro al interior de las comunidades. 
Las salas de cine antiguamente sitio de encuentro popular, de construcción social de la identidad, dejaron de contener y alojar su antiguo sitio de permanencia de filmes sin interrupciones durante largas jornadas de la tarde. Hoy pueblan en cambio la geografía de las ciudades los famosos “no lugares” de los que Marc Augué realiza una interesante aproximación.

LOS MARGINADOS
La amenaza imperante en este viejo modelo de acumulación y explotación es la existencia creciente de los marginados sociales que, como una categoría o tipificación de una clase de extraño contemporáneo, reciben sobre sí los rasgos sobresalientes de la ambivalencia y la “suciedad”: a ellos se les atribuye la falta de confiabilidad por lo errático de su rumbo, su laxa moralidad y promiscua sexualidad, su deshonestidad comercial, etc.
“Dicho de otra manera, los marginados son el punto de reunión de riesgos y temores que acompañan el espacio cognitivo. Son el epítome del caos que el espacio social intenta empeñosamente sustituir por el orden”.
El sistema crea y retroalimenta un sitio para los parados y marginales, un espacio adaptado para sus escasos derechos y nulas posibilidades. La perversidad de un engaño sostenido se materializa en una convivencia cotidiana lamentablemente “naturalizada”, sin miras de erradicarse.

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