RAFAELA Y SU GENTE

Locales 12 de enero Por
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Hoy, Bruno Antonio José "Tito" Gentilini

En Hollywood, muchas veces toman la vida de un hombre para contar la vida de una comunidad mayor. Pasó con "Forrest Gump" o la reciente "El mayordomo". En este caso, a través de Bruno Gentilini se podría contar la historia de cómo Rafaela se transformó en lo que es hoy. De aquella ciudad pequeña, en donde había una casa por cuadra, a la actual. De su carácter trabajador, su tozudez por lograr que todo esté bien hecho. De cómo uno aprende a levantarse sólo habiéndose caído primero. De cómo la familia te forja y te lleva a ser lo que uno es.
Nació el 21 de diciembre de 1928, contando ya con 85 años. Su padre se llamaba Oreste Faliero y su madre Laura Ollocco. Tuvo dos hermanos: Néstor Diego (que murió a los 6 meses, en el '32) y Aldo Oreste falleció a los a los 51 años. Nació en 1era. Junta 332, a 30 metros de la entrada de Atlético. "1era. Junta no estaba abierta y el terreno de la Escuela Normal era de Atlético. Era como la del '9': una cuadra doble. La mía era la única casa en la calle. Allí viví hasta el año '36, cuando murió mi abuelo. Nos fuimos a vivir a calle Las Heras 840 y alquilamos la otra".
"Empecé la escuela primaria en la Escuela Normal, que funcionaba en la escuela Alberdi, por la mañana. Ahí hice dos años y cuando me mudé, fui desde 3º al San José. Terminado 6º, me presenté en el Colegio Nacional, para rendir. Me inscribí, rendí bien y empecé junto a Amado Raspo en donde hoy está una pizzería, en Constitución y Bv. Santa Fe. Las cosas no me fueron bien, porque me gustaban más los números. Perdí esos dos años y empecé en el Colegio San José, que tenía un secundario de Comercio.
Antes de entrar a 5º año, me salvé del Servicio Militar, en el '48. Me tocaba Marina, con el 736. Cuando llegué a Puerto Belgrano, los militares me miraron y me dieron el alta por ser muy flaco. Yo les dije que me cortaban la carrera, porque me faltaba terminar la secundaria. Lo cierto es que no la hice, el único de 7 primos que se salvó", dijo Bruno.
"Cuando tenía que ingresar a 5º año, los Hermanos Maristas decidieron no seguir. Cuando me encuentro con eso, empiezo a decirle a los demás y se armó revuelo. Entonces, se hizo una reunión en mi casa para ver qué se hacía y la mayoría no podía seguir afuera. Para ese entonces, vivía en Belgrano 542 (allí viví hasta el año '96). Se decidió formar una comisión para crear la Escuela Nacional de Comercio. A mí, finalmente, me terminaron dando el título de tenedor de títulos a nivel nacional, porque ya tenía el 4º año completo. Soy el único en Rafaela. El resto, rindió con profesores de Santa Fe y consiguió el título de Bachiller", agregó.
La mudanza de casa se debió a la muerte de un tío, el único hermano de su mamá. Es por ello que, además de él y sus hermanos, se fueron a vivir también su tía y su prima, además de su abuela. "Mi papá nos mantenía a todos. El era peluquero pero ganaba tres veces lo que ganaba el Presidente de la Nación. Había llegado desde Italia, tras cuatro años de guerra, en el '20, con el oficio de peluquero. Terminó alquilando una pieza en el Hotel Toscano. Trabajaba holgadamente, sin horarios: de 7 de la mañana a 1 de la noche. Además de cortar el pelo, afeitaba: hacía 40 por día y 70 los fines de semana. Mi mamá le tenía que llevar la comida. Pero se casó con la casa hecha y todos los muebles nuevos. Y tenía otros 5 lotes. Pero, con nuestro estudio y la enfermedad de mi hermano (tuvo meningitis), se le fue terminando todo".
Terminada esta etapa, comenzó a trabajar en la librería de Antonio Di Nobile. "La plata le gusta a todo el mundo y más cuando uno es joven. Trabajé hasta el año 56. Dos antes me había casado con Soledad Violeta Parisi, con la cual tuve a Juan Oreste, el 5 de julio del ’55", comentó. Después pasó al taller de cromado que estaba en Constitución 153. “Ahí trabajé hasta que se fundieron. Yo era muy amigo de ellos, fuimos compañeros en el Nacional. Estaba como encargado de producción. Pero, le faltó táctica económica: se largaron a lo grande, querían comerse el mundo y compraron una instalación que había tres en el país (Siam Di Tella, Gardini y la de Rafaela) y trabajaban para la IKA Renault, en el cromado de los paragolpes. A ellos le faltaba dinero para comprar los materiales y yo estaba muy entusiasmado con la empresa. Fue así que decidí vender una casa que tenía y poner $150.000 en la empresa y con otra suma similar, destinarla a la construcción de una pieza, una cocina y un baño en el fondo de mi casa paterna. Lo cierto es que antes de que empezara la construcción, me pidieron los otros $150.000 para comprar materiales, con la promesa de devolvérmelos cuando cobraran de Kaiser. No sucedió nunca: así que perdí mi casa y mi trabajo. Estuve viviendo en una pieza durante 35 años. Hoy lo que tengo, me lo gané”.
Después empezó a deambular para conseguir trabajo. Primero estuvo en el Jockey Club. Cuando había carreras en Rafaela, iban al hipódromo para recibir las apuestas desde Buenos Aires y desde los pueblos, en épocas en donde se tardaba media hora en conseguir una comunicación telefónica. Allí estuvo desde el ’61 hasta el ’70.
Mientras tanto, también logró ingresar en el ’63 a la Municipalidad de Rafaela, como auxiliar de segunda, es decir, cobrando solamente los días que iba a trabajar. Bajo la gestión de Aimaretti, queda dentro de planta permanente –tuvo la ficha número 36-, y se encargó de la administración de la obra de pavimento hasta el 90, momento en que se jubiló. Durante su gestión se realizaron 1.000 cuadras. “Llegamos a hacer 14 cuadras con ‘Doña Ana’, que era una máquina que estaba tirada en Barrancas. La trajimos acá y la rehicimos. Cuando empezamos, la Municipalidad no tenía ni una máquina y se hacía todo con pala. Teníamos una contabilidad de película. Se lo debo a Osvaldo Marzioni, que me organizó todo y me mostró el camino que nunca desvié. Para mí, los mejores intendentes fueron Pedro Aimaretti y Juan Carlos Borio. Durante la gestión de Muriel, el intendente en realidad era Marcante, que era el que determinaba qué se pagaba a partir de lo recaudado. Mi premisa fue que, como empleado de una repartición pública, los que estaban del otro lado del mostrador eran mis patrones. Hoy tengo amigos por todas partes y me lo siguen reconociendo aún hoy. Además del pavimento, cobrábamos iluminación, agua, cloacas y el desagüe Rafaela –Bella Italia. Para sacar los cálculos de lo que tenía que pagar cada vecino, lo hacíamos a mano, en el dorso de los afiches que sobraron por el monumento a Guillermo Lehmann. Tenían cuatro decimales arriba y abajo”, comentó.
A los pocos días de haber ingresado a la Municipalidad, ingresó a la escribanía de Amado Raspo, recomendado por Marcante. Allí estuvo durante 27 años: “quemé 7 máquinas de escribir”, recuerda. Y conoció en ese lugar a quien hoy es su actual mujer, Estela Chiavassa. “Yo enviudé el 8 de agosto de ’96. Y me casé con ella 3 meses después. Habíamos compartido la oficina a mediados de los ’70. Y más tarde, nos encontrábamos de vez en cuando. Una vez que enviudé, fui a la casa por un trámite y le dije a la madre de ella que me llamara para que me viniera a cebar unos mates, porque estaba muy solo”, menciona. Ella recuerda que tuvo que renegar para encontrar su número te teléfono, porque sólo sabía que se llamaba Tito. Lo cierto es que lo llamó y rápidamente congeniaron.
También estuvo mucho tiempo en el sindicato, en donde participó de la redacción del estatuto y el escalafón. También inició la proveeduría, en unos edificios que estaban donde hoy está la explanada municipal. “Estábamos en sociedad con el Sindicato de Luz y Fuerza. Pero ellos empezaron a ganar más y querían comprar productos más suntuosos. Por eso nos separamos y nos fuimos por nuestra cuenta. Primero, al Mercado Municipal”, comentó.
También tuvo un paso por el deporte. Salió campeón con Atlético en la 5º categoría, de forma invicta, en el ’45 (“¿sabés qué nos dieron como premio? Una naranja”). Después participó como dirigente: primero, en el Comisión de Fiestas, después como Secretario de Actas y muchos años en el básquet. Pero desde 1978 –tras un primer intento por llegar al profesionalismo- no fue más a la cancha, salvo en tres oportunidades. “¿Sabés por qué no voy más? Porque ahora es todo por interés, por la guita”, señala.
También creó la Asociación Colombófila “General Belgrano” de Rafaela, a mediados de los 40, sobre el final de la II Guerra Mundial. “Todas las palomas estaban anilladas y nosotros estábamos afectados al Ejército. Corríamos carreras con las palomas: yo gané 3. Tenía 80 palomas y 40 en entrenamiento: todos los días daban vueltas 4 horas sin parar. ¿Cómo se entrenan? Solas: hay que tenerles cariño y tratarlas bien”, comenta.
También fue uno de los pioneros del automodelismo rafaelino: construyó la pista más grande de la Argentina, con 25 metros de largo, que se encontraba en un galpón frente a Sentir. Participó de una carrera de 24 horas, que llamó la atención al país entero, de la cual salió 3º.
Este es solamente un repaso por la vida de Tito Gentilini, sin lugar a dudas, un hombre con una vida completa.

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