El Crucifijo que utiliza nuestro nuevo Obispo

Que el nuevo obispo de Rafaela utilice el Crucifijo de San Francisco –o de San Damián- no es un detalle menor, sino que puede hablar y sugerir mucho acerca del perfil y la orientación pastoral del nuevo conductor de esta Diócesis.
Un pequeño detalle llamó la atención a propios y extraños en la presentación del nuevo Obispo de Rafaela Mons. Luis Alberto Fernández, en el Obispado el lunes último que, no pasó desapercibido ni a lectores curiosos ni tampoco a periodistas, quizás menos familiarizados con la iconografía cristiana.
Estamos hablando de la cruz pectoral que todo obispo –inclusive el Obispo de Roma- cuelga de su cuello como símbolo de su unión a Jesucristo. Hubo incluso quien llegó a comentar en la web del Diario, que la cruz de Mons. Luis Fernández se trataba de una “«pequeña» cruz de oro”. Bien vale la pena clarificar desde un comienzo que la cruz no es de oro sino de algún metal, aparentemente acero, pintada en solamente una de sus caras con la imagen que ilustra esta nota.
Lo cierto es que la cruz que cuelga Mons. Fernández no es la cruz tradicional a la que estamos habituados, sino que es otra con una forma distinta, y con una antigua y gran riqueza en cuanto a su significado y contenido que, bien vale la pena escribir unas líneas para explicar de qué se trata.
La cruz que usa el Obispo y de la cual hablamos, es la conocida en el mundo cristiano como Crucifijo de San Damián, o también conocido como Crucifijo de San Francisco de Asís ya que guarda una estrechísima relación con la vida de este último santo italiano.
Que el nuevo obispo de Rafaela cuelgue el Crucifijo de San Francisco -o de San Damián- no es un detalle menor, sino que puede hablar y sugerir mucho acerca del perfil y la orientación pastoral del nuevo conductor de esta Diócesis, ya que de este gran santo italiano que vivió en Asís en el siglo XIII y que hizo de la pobreza su más grande bandera, tomó su nombre el cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, en una revalorización de las enseñanzas de uno de los más grandes santos que tuviera la historia del cristianismo en Occidente.
San Francisco de Asís pasó a la historia con el apodo de «il poverello d'Assisi», esto es «El pobrecillo de Asís», y seguramente el papa Bergoglio será recordado también por haber sido el primer Papa de Roma en tomar este nombre, aunque no haya querido llamarse Francisco I, sino solamente Francisco, a secas.

LA CRUZ DE
SAN DAMIAN

El crucifijo de San Damián, constituyó intrínsecamente, una experiencia que marcó al joven Francisco para toda su vida, ya que también es recordado como «El crucifijo que habló a San Francisco de Asís».
El Directorio Franciscano conserva una de las mejores crónicas históricas de este hecho milagroso, situándolo en “Un día de otoño de 1205” agregando que, mientras Francisco oraba, el Señor le prometió que pronto daría respuesta a sus preguntas.
La crónica más tradicional de lo sucedido es conocida como “el Relato de San Buenaventura”, otro santo que fue contemporáneo de Francisco, y uno de los fundadores de la Orden Franciscana, tal como la conocemos hasta el día de hoy y que tiene su convento más cercano a Rafaela en la ciudad de Santa Fe.
El relato de Buenaventura dice que “Salió un día Francisco al campo a meditar, y al pasear junto a la iglesia de San Damián, cuya vetusta fábrica amenazaba ruina, entró en ella -movido por el Espíritu- a hacer oración; y mientras oraba postrado ante la imagen del Crucificado (el crucifijo de San Damián), de pronto se sintió inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: «¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!» Quedó estremecido Francisco, pues estaba solo en la iglesia, al percibir voz tan maravillosa, y, sintiendo en su corazón el poder de la palabra divina, fue arrebatado en éxtasis. Vuelto en sí, se dispone a obedecer, y concentra todo su esfuerzo en la decisión de reparar a la iglesia”.
Según el trabajo del fraile franciscano Tomás Gálvez, todos los biógrafos coinciden en calificar de éxtasis o visión la experiencia de San Damián. Su amiga, Santa Clara de Asís escribió que fue una "visita del Señor" que lo llenó de consuelo y le dio el impulso decisivo para abandonar definitivamente el mundo, y dedicarse a la obra que Cristo le encomendaba. Con el fructífero legado de Francisco, a lo largo de los siglos y hasta el presente, se puede inferir que ese episodio milagroso realmente sucedió y colmó de frutos a toda la Iglesia de Occidente del siglo XIII en adelante.
La Oración de Francisco ante el Crucifijo de San Damián sugiere más bien una restauración «espiritual» y no material de la casa del Señor, o sea de la Iglesia. Así ha sido interpretado por la tradición cristiana, y quizás de allí la elección del nombre del Papa Bergoglio ante una Iglesia que necesita urgentemente ser “restaurada” espiritualmente.

EL CULTO DEL
CRUCIFIJO

Respecto al culto del Crucifijo de San Damián a lo largo de los siglos, santa Clara (de Asís) y sus hermanas pobres (las “clarisas”) custodiaron con gran y profunda veneración el Crucifijo precioso.
Entre las cosas que las hermanas, después de la muerte de santa Clara, llevaron consigo de San Damián al nuevo monasterio estuvo «ante todo», como escribe Bracaloni, el prodigioso Crucifijo; y añade el mismo autor que fue «celosamente custodiado dentro del coro monástico, situado en el ámbito que antes era iglesia de San Jorge», junto al cuerpo de Clara estuvo el Crucifijo.
El gran culto «universal» en la Iglesia al Crucifijo de San Damián empezó más bien a principios del siglo XX, cuando fue expuesto a la veneración de los fieles, primero detrás de una verja, y después en un lugar más accesible al público, al lado de la Capilla del Santísimo, bajo un vidrio desde 1958. Actualmente el Crucifijo se encuentra en el pueblo de Asís, conservado en la “Capilla del Crucifijo” de la Basílica de Santa Clara y es conocido y venerado en todo el mundo.

SU DESCRIPCION
El Crucifijo de San Damián que habló a Francisco, es hoy uno de los más conocidos y reproducidos del mundo.
Se trata de un ícono románico-bizantino del Siglo XII, de autor desconocido de la región italiana de Umbría, y clara influencia sirio-oriental.
Es de madera de nogal con una vasta tela, sobre la que pintaron con colores vivos las figuras de Cristo y otros personajes de la Pasión. Sin el pedestal, mide 2,10 m. de alto por 1,30 de ancho.
El crucifijo de San Damián es un ícono de Cristo glorioso: el Cristo de San Damián está vivo y sin corona de espinas, pues es el Cristo resucitado y glorioso que ha vencido a la muerte. Su postura expresa un gesto de acogida y parece abrazar a todo el universo. Sus ojos no miran al espectador, sino que se dirigen al Padre. Quien la pintó, no sospechaba la importancia que esta cruz iba a tener hoy para nosotros. En ella y sus figuras se expresa toda la fe de la Iglesia, el misterio pascual total y universal de Cristo, y es un tesoro para la familia franciscana.

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