Cociente de inteligencia y las elecciones

Información General 07/07/2015
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Nada más claro para sopesar el cociente de inteligencia de un país que los actos eleccionarios, donde el pueblo en edad de sufragar y elegir a sus gobernantes, emite su secreta reacción a las propuestas de quienes han elegido proponer sus candidaturas para actos de gobernabilidad ciudadana.
Y citarnos al acto en sí como una seria medida reflexiva, pues el hecho de depositar un voto en una urna, representa una decisión de importancia capital pues en esta acción, el ciudadano entrega el poder de gobernar a alguien que en todos los casos (en mayor o menor escala) determinará su futuro, el de la Nación, y el de generaciones venideras. Y esa determinación de elegir postulantes públicos deberá ser de profundo aná­lisis meditativo, donde no deberá primar nuestra individual comodidad y conve­niencia, sino el de toda una sociedad que se maneje dentro de los preceptos de la equidad, la justicia y el bien común, donde prime el orden, la educación, el res­peto mutuo y el bienestar físico, moral y espiritual de los pueblos.
Y si no ele­gimos bien, el error quedará cargado para siempre en nuestra eterna memoria. Y deberemos pagar (tarde o temprano), personalmente y con elevados intereses la errada decisión de votar a un candidato que pregona cualidades que no posee, y que nosotros no supimos detectar.
Y aquí queda claramente demostrado el dicho "los pueblos tienen los gobiernos que se merecen", pues un pueblo educado, ins­truido, capacitado, bien preparado, jamás seguirá los pasos de un postulante que sólo pregona lisonjas, adulaciones, y mentirían promesas sin bases sólidas. Sí elegirá a quienes trabajan con el ejemplo limpio y digno de hombres libres de co­rrupción y libertinaje, auténticos dirigentes que enarbolan la legítima bandera de la democracia.
En cambio, si falta lucidez mental, no habrá discernimiento, y sin poder de apreciación, no habrá entendimiento. Bien lo decía el Mariscal del Aire de Hitler, Hermann Goering: “Naturalmente al pueblo no le gusta la guerra, pero después de todo son los líderes quienes determinan la política de un país, y siempre es un asunto simple arrastrar la gente con uno, ya se trate de una democracia, una dictadura fascista, comunista o parlamentaria. De una u otra manera el pueblo puede ser persuadido. Esto es fácil. Todo lo que hay que hacer es decirle que ellos están siendo atacados y denunciar a los pacifistas como faltos de patriotismo porque quieren exponer su país al peligro. Da resultado en todas las Naciones".
Estas letales declaraciones de aquel culpable en parte de la mayor masacre de una negra historia, da pie a otra, pero esta afirmación proviene desde el otro extremo de la escala evolutiva, y pertenece a nuestro Padre de la Patria, el gran José de San Martín, quien antes de emprender la campaña al Perú (año 1820) envió una proclama al gobierno de Buenos Aires donde manifestaba que: "del in­fierno de las luchas civiles surgirá un Luzbel (demonio) de ojos azules que irá a sentarse en el trono sangriento de una tiranía para prolongar vuestra servidum­bre"... y al poco tiempo apareció desde el fondo de la pampa Rosas con sus sicarios de "La Mazorca".
Después de toda esta reflexión republicana no podemos dudar que: si no priorizamos educación, entendimiento, razón e inteligencia, no conseguiremos apreciar en un todo el pensamiento real de nuestros futuros hombres públicos y hacer que nuestra propuesta tenga un auténtico sentido democráticamente integral y de avanzada. ¿Estamos por ese camino?
Amigo lector... Saque sus propias conclusiones y memorice que “nadie cambia la mentalidad de un pueblo, si el individuo como ente único que es, no se convence en cambiar".
¿Y cual es la vía de acceso al cambio? La educación. ¡No hay otro camino!

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