El cielo de Los Cerrillos

Deportes 08/01/2014 Por
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Cincuenta y dos años y algunos meses pasaron entre el 7 de agosto de 1942 y el 8 de enero de 1995. Difícil imaginar lo que hubo en el medio; quizás se pueda medir la distancia entre San Javier y Los Cerrillos, pero nada más en algo que no sean números fríos, salvo que ese fue el inicio y el fin de la vida de uno de los más grandes boxeadores del mundo de todas las épocas: Carlos Monzón.
Mucho se ha escrito y por algún tiempo quizás se continúe haciendo. El bronce de sus lauros se pondrá oscuro, pero la leyenda de sus hazañas se engrandece a cada momento.
Por esa y alguna razón que no podríamos definir de otra manera que no sea un humilde gesto de admiración, hemos de evocar algunas cuestiones curiosas de la campaña del campeón que no son otra cosa que un repaso a su historial, que -huelga decirlo- es, apenas, una parte de su historia.
Carlos Monzón debutó a los 20 años, el 6 de febrero de 1963 en el ring de Ben Hur, en Rafaela, derrotando por KO en el segundo round a Ramón Montenegro. El ahora cuasi mítico escenario ya no existe y se recuerda su ring side a un metro de la cuerda y a la altura del tapiz, en una comodidad que ni el mejor teatro de Las Vegas pudo ofrece jamás. Fue la primera y la única vez que el campeón pisaría la lona benhurense como profesional. Casi un cuarto de siglo después volvería como entrenador de Tito Giovannini, pero en el “Agustín Giuliani” de Quilmes, ante cuatro mil personas, el 12 de diciembre de 1986.
Merece destacarse que un mes después de su debut Monzón combatió en Vila, donde el 13 de marzo de 1963 le ganó a Albino Verón, por abandono en el primero. ¿Habrá sido en el club Argentino?
No fueron estas sus únicas andanzas por la zona, ya que el 15 de febrero de 1965 se presentaría en San Francisco (GPP 10 ante Alberto Massi), y agrega dos presencias en Tostado, en julio y septiembre de 1964 ante Roberto Carabajal (GPP 8) y Francisco Olea (PKO 9).
El santafesino, siempre guiado por su mentor y maestro Amílcar Brusa, se consagró campeón del mundo de los medianos el 7 de noviembre de 1970 ante Nino Benvenutti en Roma (KOT 12), lo defendió en catorce ocasiones y se retiró tras ganarle a Rodrigo Valdez (GPP15), en Montecarlo, el 30 de julio de 1977.
Uno de los datos más curiosos que aparece en el récord del campeón es que mientras duró su reinado realizó cinco combates sin poner el título en juego: Charley Autin, EE.UU. (19/12/70, Luna Park) KO 2; Domingo Guerrero, ARG. (19/2/71, Salta, Arg.) KO 2; Roy Lee, EE.UU. (6/3/71, Luna Park) KO2; Fraser Scot, EE.UU. (4/12/71, Luna Park) KO3 y Roy Dole, EE.UU. (5/5/75, Roma, It.) KO5.
Todas estas peleas se “encuadraron” en la categoría “supermedianos” (más de los 72 y chirolas de los medianos y por debajo de los 79 de los medio pesados), y se consideraban preparatorias; todas ellas ante rivales ignotos y que servían para juntar alguna moneda extra sin poner en riesgo el físico ni la corona de Monzón. Alguna lectura un tanto más profunda en el tiempo, deja en claro que, en realidad, pocos confiaban en ese diamante en bruto que era aún Monzón y en lo que duraría su novel reinado.
Adviértase que ante Charley Autin peleó a los cuarenta días de haber vencido a Benvenutti, y antes de la revancha con este (8 de mayo de 1971, Montecarlo, KOT3), concretaría otros dos compromisos, todos airosos.
Cien combates profesionales en catorce años de carrera, 89 triunfos (59KO), 3 derrotas, 9 empates y una sin decisión, dicen los números y son contundentes.
El deporte y la fama fueron generosos con Monzón; en la vida no fue lo mismo, menos en la muerte. Recurrentemente se lo critica desde todos los ángulos, como si las piñas de sus mil batallas, arriba y abajo, no le hubiesen dolido, como si todo siempre le hubiese venido de arriba. Tipo misterioso aún hoy, a casi dos décadas de su deceso, este Monzón que nunca arrugó y terminó sus días en un oscuro paraje de la costa, quizás respirando el aire a río que lo amamantó, con los ojos abiertos al cielo de Los Cerrillos, ya en libertad absoluta, corriendo con los pies descalzos por su San Javier, o tal vez pidiéndole a la sociedad un indulto que de los amantes del boxeo y de los guapos nunca necesitó.
Caramba, ya casi veinte años sin el más grande.

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