Nieve de algodón

Locales 05/07/2015
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La llegada del frío trajo algo de tranquilidad a los comerciantes del rubro indumentaria que, desde hace semanas, tenían guardadas en cajas las prendas de abrigo a la espera de que el invierno mostrara su cara. De todas maneras, los días para las ventas de temporada se achicaron, por lo que nadie arriesga demasiado en las vidrieras.
En este sentido, y sin ser un aficionado en el tema, ni mucho menos, se podría afirmar que el desfasaje temporal que han sufrido las estaciones atentó contra la decoración de vidrieras, al muy presente años atrás y que hoy parece haber perdido algo de la importancia que tuvo. Es decir, el cambio de temporada era un momento de una fuerte apuesta escénica en determinados comercios del rubro, que salían a mostrar detrás del cristal los últimos gritos de la moda, al alcance de los vecinos.
En lo particular, la ropa nunca fue algo que me generara mayor interés y el paseo por las vidrieras siempre fue un verdadero fastidio. Pero hubo una vidriera que durante un tiempo despertó mi atención. Y de alguna manera hoy, todavía lo sigue haciendo.
La tienda era un negocio de barrio, un tanto alejado del centro, y estaba ubicada a una costado de la casa de familia donde vivían sus dueños. La mujer era la encargada de atender y administrar la cuestión. El hombre tenía su trabajo y no interfería. 
Bueno precios, ropa de calidad y trato cordial, fueron los factores que le permitieron tener cierto éxito. El local era visitado no sólo por la gente del sector, sino que también había logrado atraer compradores provenientes de barrios más alejados. 
Pero lo que verdaderamente la había convertido en la tienda de moda era su vidriera. En realidad, sus dimensiones eran similares a las de cualquier otra. Incluso las prendas que se lucían no mostraban mayor elegancia que el resto. Pero lo que la distinguía era su decoración.
Cada cambio de estación era celebrado como un hecho artístico y la presentación de la nueva temporada demandaba un evidente esfuerzo de preparación. Como si se tratase de un collage, se combinaban diversos materiales para dar forma a una escenografía que parecía ser tan relevante como la propia vestimenta.
Precisamente fue una vidriera de invierno la que más impacto había causado, con un paisaje blanco de nieve de algodón, que en diferentes relieves daba lugar a la presencia de figuras abrigadas y sonrientes, envueltas en prendas de color oscuro y que se refugiaban en torno a una fogata cuya llama se mostraba siempre latente. Un panorama donde ningún rincón de la visión era dejado al azar.
En sus mejores épocas, la vidriera de la tienda del barrio se había convertido en una parada obligada para los paseos de domingo. El recorrido familiar se extendía más allá del centro y los autos circulaban frente a esta artesanal exposición de moda. Humilde y atractiva exposición. 
Un día, al finalizar un verano, la vidriera no se abrió más. El fin de temporada llegó acompañado de una liquidación por cierre, y el telón ya no se levantó más. Los vecinos aseguraban que sus días se fueron acabando con la llegada de los tours de compras.
Más allá de esto, lo curioso fue que el lugar nunca volvió a funcionar como local comercial. Es decir, la únicas vidrieras que se mostraron allí fueron aquellas de gran despliegue y fascinación. Del lado de adentro, cayó un pesado toldo color marrón, que incluso permanece extendido hasta el día de hoy. A veces suelo pasar en frente y me detengo a observar si tal vez, por algún costado, algún copo de nieve de algodón se escapa rebelde.

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