¿Qué está pasando con el tiempo?

Locales 01 de enero Por
Salir con remera y volver con abrigo, o despertar con sol y almorzar con lluvia: ya nada parece normal. Esta primavera sorprendió a muchos debido a la aparición de fenómenos atípicos, el cambio inusual de temperaturas, fuertes tormentas y ráfagas de viento; y el incremento en las precipitaciones. Algunos mencionan al Niño como responsable de los caprichosos cambios. ¿Qué hay de cierto? ¿Por qué el tiempo está tan loco?
Huracanes, tormentas convectivas, lluvias intensas, granizadas y ráfagas de viento fuera de lo común; todo se une en la pantalla del televisor, en los comentarios de redes sociales y en una sensación que, en la calle, parece apuntar a una sola consigna: el tiempo está loco.
La última primavera, y en particular el último domingo, sorprendió a los santafesinos con fuertes tormentas, a la par de temperaturas imprevisibles, que alternaban el frío y el calor de una manera inusual. Tales escenarios no sólo se vivieron en esta ciudad, sino también en distintas zonas del país, que se vieron sorprendidas por fenómenos similares. ¿Casualidad o causalidad?
“El sistema climático es uno sólo y hasta cierto punto, todo tiene que ver con todo”, comenzó su explicación Norberto García, climatólogo de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas (FICH) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).
Y no sólo el sistema climático es uno, sino que nunca se encuentra en verdadero estado de equilibrio: está sufriendo variaciones constantemente. “Esas modificaciones pueden tener su origen en los océanos, en el balance de radiación en el tope de la atmósfera y/o en modificaciones en la circulación general de la atmósfera que provocan la ocurrencia de fenómenos fuera de temporada. Lo extraño no es que haya un tornado, sino que ocurra fuera de temporada”, subrayó García.
Inesperados o no, los fenómenos extremos ocurren y la pregunta obligada es por qué. Si bien en estas condiciones suelen circular un sinfín de discursos con hipótesis de las más diversas, el factor común de muchas de ellas es el fenómeno de “El Niño”, nombre con el cual se denomina la fase de calentamiento de las aguas superficiales del Pacífico Ecuatorial. Esta corriente estuvo vinculada con numerosos fenómenos climatológicos tristemente conocidos, por lo que culpar al Niño pareciera ser una fórmula redimitoria. Pero puede que no sea así esta vez.
“Todo el mundo le hecha la culpa al Niño, aunque no es suficiente: si los océanos se calientan en otras regiones, también pueden producir problemas”, afirmó García.

Desde los oceanos
De acuerdo a los datos actuales, la oscilación de temperatura que se registra corresponde a un “Niño leve”, es decir, a un calentamiento del orden de 1ºC por sobre los valores promedio. Para lograr dimensionarlo, García recordó que las grandes inundaciones sufridas por Santa Fe en los años 1982/1983, 1992 y 1998 ocurrieron en fase Niño, con una diferencia de 5ºC, 6ºC y 7ºC con relación a la temperatura promedio.
“Todos preguntan actualmente qué pasa con El Niño y la verdad es que no pasa nada. Cuando el Niño es muy intenso nos afecta casi directamente y no hay duda, pero este no es el caso”, desestimó.
De acuerdo con García, algunas explicaciones sobre lo que está ocurriendo con el clima se pueden encontrar en otras zonas del Pacífico Sur. “En estos momentos se está calentando el Pacífico Sur, por eso las tormentas que traen agua no vienen de la Amazonia –como ocurre cuando hay Niño– sino que provienen del suroeste. Por eso hay tantas lluvias en Bueno Aires, La Pampa y el sur de Córdoba”, recalcó García.
En este caso, el problema no es una variación importante de temperatura sino la cantidad de agua que se encuentra afectada. Un enorme volumen de agua más caliente, desde Australia hasta Sudamérica, forma un corredor donde soplan los vientos del Oeste.
Si bien existe un consenso en la comunidad científica sobre las repercusiones que tienen los cambios de temperatura en el agua del Pacífico en el sistema climático, no es posible afirmar qué efecto específico tendrá cada variación en una zona particular de un océano tan vasto como el Pacífico. “No estamos en condiciones de decirlo, en cambio el Niño es más simple porque ocurre en una zona de gran tránsito de buques y permite su estudio”, comparó. 
Pero más allá de su bastedad, el océano Pacífico no es el único que influencia el clima que gobierna esta región del mundo. El Atlántico, a pesar de ocupar la mitad de superficie que el Pacífico, también afecta lo que ocurre en el continente. “Los cambios son muy rápidos y a lo mejor una temperatura fuera de lo normal -supongamos un aumento de 1ºC ó 2ºC en el Atlántico, en dos meses desaparece, y en el Pacífico no”, dijo García.

Lo que se viene
Para poder hacer predicciones, los investigadores del clima recurren a modelos climáticos. Se trata de sistemas sumamente complejos que se operan en súpercomputadoras y manejan datos a escala global. Si bien cada uno prevé escenarios distintos, al promediar sus proyecciones es posible obtener una tendencia, y en este caso se pronostica que el Niño vaya cediendo. Según se espera, entre mayo y julio del 2013 la temperatura del Pacífico ecuatorial llegaría a valores promedio. “Eso no quiere decir que cesen las lluvias o los fenómenos. No serán culpa del Niño porque tenemos muy caliente el Pacífico Sur y bastante caliente el Atlántico. Tampoco significa que en el verano 2013/2014 no se genere un Niño, hay que ver cómo reacciona el sistema climático”, anticipó García.
El calentamiento de los océanos genera vapor de agua, que llega al continente y llueve. “En nuestra zona llueve más, y mucho”, acotó García y destacó que hay 40% más de días de lluvia por año en comparación con lo que llovía antes del año 1980. Eso se ve tomando como referencia a la ciudad de Rafaela, por ejemplo, cercana unos 95 kilómetros de la capital de Santa Fe.
“En este momento lo que está determinando la situación actual es, fundamentalmente, la temperatura de los océanos, el balance de radiación en el tope de la atmósfera y la pequeña perturbación que puede haber en la circulación general de la atmósfera”, afirmó García. Según explicó, las modificaciones en la temperatura provocan cambios en la circulación, de la cual dependen las precipitaciones.
Algunos especialistas vinculan las modificaciones en el clima con cambios en la radiación solar. “La realidad es que eso hoy no lo podemos medir con los instrumentos que contamos. Por eso no se puede afirmar que no afecte, pero tampoco se puede aceptar como un hecho cierto”, analizó.

¿Cambio o variabilidad?
Los océanos, la atmósfera, los hielos continentales y marinos –la criósfera-, la vegetación y la litósfera; todos juntos conforman el sistema climático que “es uno solo y muy complejo”, recalcó García. Y es en ese sistema que hay una cantidad de agua, “lo que sobra por un lado, le falta por el otro”, comentó.
De este modo, mientras que en el nordeste de Argentina, el sur de Paraguay y de Brasil hay lluvias en exceso, en el nordeste de Brasil y en Colombia sufren de sequía. “Esto último es gravísimo porque el río Magdalena, por ejemplo, genera el 85% de la energía de Colombia y si no tienen agua”, analizó. 
A pesar de esta dinámica permanente, no todo lo que cambia es señal de un “cambio climático”. Los climatólogos se refieren a la variabilidad climática para referirse a las variaciones propias de un estado atmosférico en su estado de equilibrio provisorio. Toman como referencia, para ello, períodos interanuales o interdecadales.
Mientras tanto, al referirse a un cambio climático se pone el énfasis en que precisamente lo que se modificó es la línea media de ese equilibrio y para ello se toman períodos de tiempo mayores. “Cuando hay un cambio se modifica el promedio, la dispersión alrededor de ese promedio y se van modificando otras componentes del sistema climático que van cambiando el comportamiento”, destacó el especialista.
En Santa Fe, por ejemplo, los investigadores de la UNL identificaron tres períodos con diferencias climáticas significativas a lo largo del siglo XX y hasta la actualidad. Así, mientras que en los comienzos del 1900 y hasta la década de 1930 fue un período húmedo, le siguió otro, entre los años ´40 y los ´60, seco. Finalmente, en la década de 1970 comenzó un período que parece extenderse hasta la actualidad denominado como “hiperhúmedo”, ya que presenta un incremento en las lluvias del 20%, mientras que los caudales de los ríos de la región se incrementaron en un 35%. “Es un salto enorme que marcó un período con grandes inundaciones del Paraná y de los bajos submeridionales”, destacó.
Estos escenarios de cambio no sólo son de interés para meteorólogos y climatólogos ya que las modificaciones en el clima de una región repercute en una variedad de dimensiones que incluyen su actividad productiva, organización territorial y obras de ingeniería. Según explicó García, las obras de infraestructura requieren una previsión en función de la cual se calculan los márgenes de seguridad. Los que se tomaban de referencia hace décadas pueden ya no ser válidos.

* Informe central de ConCiencia, la revista de divulgación científica de la UNL que editó su Nº 21.

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