Argentina, los 90, la historia y el arte

Para hablar del arte de esta década es necesario pensar en un contexto de banalización y de estetización que se extendió por todas las áreas del entramado social, conformando un mundo espectacular y consumista, que parecía podía borrar, sin dolor, un pasado oscuro de violencia política y terrorismo de Estado.
Por Ana Davicino. - A partir de 1983, con la finalización de la dictadura militar, Argentina inicia un período complejo de búsqueda de caminos democráticos. Esta búsqueda, al igual que a la mayoría de los países latinoamericanos, la llevará, en la década del 90, a un proceso de liberalización económica con una artificial pujanza que, desde el comienzo, marcó la existencia de ganadores y perdedores, y que, durante todo el período, evidenciará como se agudizaba la brecha entre ambos. 
Determinada por políticas internacionales, la privatización de las empresas públicas, la apertura indiscriminada al capital internacional, la progresiva destrucción de la industria nacional y el reemplazo de su producción por la importación, se disfrazaron de solidez económica y bonanza financiera.
Rápida y casi brutalmente el país se hundió en un proceso de modernización financiera y tecnológica, de ampliación de los mercados y de los bienes de consumo, de inserción decidida en el circuito de las economías globalizadas. En poco tiempo se produjeron cambios profundos e irreversibles.
Para hablar del arte de esta década (al hablar de década no lo hago en un sentido cronológico exacto, ya que la división del tiempo es una arbitrariedad que nada tiene que ver con los procesos históricos, tiempo cronológico y tiempo histórico se diferencian, por lo que hablar de década del 80, 90 y 2000 es una simplificación) es necesario pensar en un contexto de banalización y de estetización que se extendió por todas las áreas del entramado social, conformando un mundo espectacular y consumista, que parecía podía borrar, sin dolor, un pasado oscuro de violencia política y terrorismo de Estado.
La imagen, lo exterior, lo fútil son el norte de la nueva ideología del simulacro y el travestismo político. Como señala Gustavo Buntinx al reseñar la obra de Rosana Fuertes y Daniel Ontiveros, este travestismo encuentra en la figura de Menem su mayor exponente.

IDEOLOGIA DEL
SIMULACRO

“Esa ideología del simulacro ahora encarnada del modo más representativo por la propia figura presidencial de Carlos Saúl Menem y su entorno inmediato, cuya declarada obsesión por las apariencias -la indumentaria, la cosmética, la cirugía plástica, las modelos exuberantes- es tan sólo la exteriorización desplazada de un travestismo más profundo. El travestismo político que le ha permitido a Menem sepultar históricamente al peronismo enarbolando las figuras -ya totalmente retóricas- del propio Perón y Evita, diluyéndolas en el acto mismo de invocarlas. La inestabilidad de los signos, su reversibilidad analógica.” (Buntinx, Gustavo, ¿Arte light? Sobre la obra de Rosana Fuertes y Daniel Ontiveros en Ramona).
En esa inseguridad de los signos y el vacío de lo simbólico, algunos artistas, intentan diluir los conflictos y buscar en la belleza del consumo exacerbado, del brillo, la superficie y el packaging.
Tras la transvanguardia, expresionismo e importación estética, las miradas, como ruptura, se centraron en las mercancías con una estética íntima y descentrada y desde allí realizaron caminos disímiles que se desdibujan a la hora de tratar de aunarlos en el análisis.
Si bien mucho de los artistas que se desarrollaron en ese período participaron de las actividades del Centro Cultural Rojas, no formaron un grupo homogéneo y aunque compartían la necesidad de un cambio estético y una relación particular con los objetos de consumo, no todos coincidían con la despolitización y el arte sin concepto que propugnaba Gumier Maier desde allí.

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