No hay más viento de cola

Editorial 02/07/2015
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En el primer tramo de la década a la que el Gobierno nacional definió como "ganada" en referencia a la recuperación del empleo, el nivel de actividad económica y la inclusión tras la crisis económica política y social del 2001 y 2002, la Argentina se benefició de un conjunto de factores que sustentaron ese proceso favorable. El consumo crecía a partir de la creación de puestos de trabajo y de un fortalecimiento del salario, aumentaban las exportaciones del campo que por ese entonces tenían precios elevados en el mercado internacional en tanto que la inflación ni siquiera ocupaba un lugar en la agenda pública. 
Ese escenario de crecimiento interno sin déficit fiscal, sin aumento sostenido de precios y recuperación de la industria y de niveles de producción en los distintos sectores de la economía se benefició aún más por los buenos precios de los commodities en los mercados internacionales, principalmente de la soja, lo que configuró un viento de cola que hizo un aporte sustancial a la "década ganada".
Sin embargo, la crisis global que se disparó a partir del estallido de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos en 2008 que luego contagió a numerosos países de Europa inició una nueva etapa en la economía mundial, más inestable y menos previsible. Con países estancados, se desplomó la demanda mundial y provocó que gradualmente cayeran los precios de los productos agrícolas, lo que impactó en el ingreso de dólares en la Argentina. Ya sin viento a favor, las inconsistencias propias del modelo nacional y popular comenzaron a ser evidentes.
Con una industria nacional que recuperó protagonismo pero lejos está de ser sólida para competir fronteras afuera, el país aún mantiene un alto grado de dependencia de los agrodólares. En este contexto, se conoció un informe conjunto de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) en el que se afirma que los precios de los productos agrícolas proseguirán en la próxima década la baja registrada desde hace dos años, gracias a la mejora del rendimiento.
El documento señala que el aumento de la producción gracias a mejores rendimientos en Asia, Europa y América del Norte, y la conquista de nuevas tierras agrícolas en América del Sur, conjugados con la baja del precio del petróleo, que incide en los costos de los fertilizantes y de la energía, contribuyen al apaciguamiento de los mercados agrícolas.
En el reporte titulado "Perspectivas agrícolas 2015-2024", las dos organizaciones consideraron que los precios agrícolas que empezaron a bajar globalmente hace dos años se mantendrán sin duda "a un nivel más alto que en los años que precedieron al alza de 2007-2008".
No obstante, esa relativa regularidad bajista no pone a los mercados al amparo de eventuales sacudidas, advierte el informe, evocando las variaciones posibles de los rendimientos, principalmente ligadas al clima, del precio del petróleo y del crecimiento económico. "Es muy probable que los mercados internacionales sufran al menos un choque grave en el curso de los diez años venideros", señala.
Para establecer sus "Perspectivas", los economistas de la FAO y de la OCDE se basan en las capacidades de producción, las estimaciones de consumo, las condiciones macroeconómicas y climáticas. Pero una sequía, como la registrada en Estados Unidos en 2012, puede perturbar a todo el sector, como también puede hacerlo una decisión política, como la de suspender las exportaciones. Y ello porque, más que nunca, los mercados mundiales serán alimentados por un pequeño club de cinco principales exportadores: Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Brasil y Argentina.
En otro apartado, se asegura que factores como un "alto rendimiento de cultivos, una mayor productividad de la tierra y un crecimiento más lento de la demanda mundial" contribuirán a una disminución gradual en los precios reales de los productos agrícolas durante los próximos diez años. 
Por otra parte, el informe anticipa cambios importantes en la demanda en los países en desarrollo, donde el crecimiento demográfico, el aumento de la renta per cápita y la urbanización contribuirán a incrementar la demanda de alimentos. En tanto, el aumento de ingresos estimulará a los consumidores a continuar "diversificando sus hábitos alimenticios, concretamente elevando el nivel de ingesta de proteínas animales en sus dietas con respecto a las del almidón". Como resultado, se espera que los precios de los productos cárnicos y lácteos sean altos frente a los valores de los cultivos. 
Habrá que esperar que el Gobierno nacional, de una buena vez por todas, se siente en la mesa a diseñar una política sustentable para el sector agropecuario argentino en base a un modelo en el que todos puedan ganar y no como el actual donde hay perdedores claramente identificados. 

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