Nos habría gustado que hubiera existido

Información General 02/07/2015
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Dentro del temario romántico de 1900, está permanentemente presente la rubia Mireya, personaje soñado en letras de tango y en películas. Más de una vez nos hemos hecho una imagen de ella. Rubia (por supuesto) y linda, tal vez atrevida para la época y sin ninguna duda, excelente bailarina, luciéndose seguramente en el Palais de Glace o en el Armenonville, además del lugar documentado de lo de Hansen.
El nombre tiene su origen en la fuerte europeización que nos influyó marcadamente desde los primeros años del siglo veinte. La cultura francesa y el estilo arquitectónico que muestra Buenos Aires son más que demostrativos.
El poeta Frèderic Mistral, nativo de la región de Provenza, al sur de Francia, que vivió entre los años 1830 y 1914, escribió en 1859 un largo poema en el que retrata la vida cotidiana en la región y coloca como personaje principal a una mujer que da nombre al poema: Mirèio. Ese apelativo en lengua provenzal se tradujo al francés como Mireille, y al llegar a tierra porteña se convirtió en Mireya.
Frèderic Mistral recibió el premio Nobel en 1904 y eso le dio una extraordinaria difusión al poema. Poco tiempo después con música de Charles Gounod (compositor de la ópera Fausto) el poema se transformó en argumento de una ópera de corte humorístico y costumbrista. Esa ópera tuvo gran éxito en Francia y no tardó mucho tiempo en ser conocida en nuestro país, con el resultado de que se empezara a usar entre nosotros el nombre Mireya como apelativo femenino.
El sainete El rey del cabaret de Alberto Weisbach y Manuel Romero utilizó por primera vez el nombre Mireya como personaje femenino. La obra se estrenó en abril de 1923, Mireya era una muchacha que gustaba de las noches con champagne, bailando tangos y conquistando corazones. La obra tenía un final feliz: Mireya se casaba con un joven adinerado y de buena familia.
Dos años más tarde, Manuel Romero escribió la letra del ya emblemático tango Tiempos viejos con música de Francisco Canaro, pero el final de la rubia Mireya fue distinto: se convirtió en una pobre mendiga harapienta. Esta historia, con todos los cambios producidos se llevó al cine, en una película que dirigió el mismo Romero con Mecha Ortiz en el papel de Mireya.
Es algo curioso, pero es una de las pocas veces que alguien que no existió, tenga tanta presencia y tanta vida. En los años siguientes a la película, es posible que muchas milongas (o milonguitas) se hayan hecho llamar Mireya, un poco para darse importancia y otro poco como homenaje a la pionera surgida de la imaginación de los artistas creativos.
Nos apoyamos en la conversaciones informales en ponerla como ejemplo de mujer destacada, hasta nos preguntamos cómo habrá hecho el que dice que se la quitó en lo de Hansen al guapo Rivera. ¿Cómo habrá sido aquel duelo? ¿Cómo vivieron los presentes aquél momento? ¿Se habrían imaginado que algo que no pasó tendría tanta trascendencia en el tiempo?
El condimento del tango es la vida jugada como al pasar, cosa que también rescata Borges en sus milongas. Y más que porteño es esencialmente argentino.
Y allí está la rubia Mireya, hecha cuerpo con la más perdurable de las materias, que es el deseo de que hubiera existido.
Fuente: www.todotango.com.

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