Aquellos ñoquis de la nona Storti

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Por Antonella Cerutti  (*)

Doce, trece, catorce… veinte, veintiuno, veintidós…
Así contaba la nona Storti cada pasta casera para cada integrante de la familia.
Eran las 11 de la mañana y ya llegábamos a la casa de la nona para probar lo que hacía varias horas la desvelaba.
Mientras la familia degustaba el vermut, yo la miraba en cada paso.
La mesa redonda de piedra tenía un mantel lleno de harina, y sobre ella, el tesoro más preciado que a un bisnieto le pueden regalar: los ñoquis de la nona.
La nona no se ensuciaba más que las manos. Ella usaba siempre un batón largo, mangas cortas o de paño manga larga, depende la época. Con cuello tipo camisa y botones que iban desde el pecho hasta abajo las rodillas.
Así estaba ese día que hoy viene a mí, volcando los ñoquis en una fuente enlosada amarilla para llevarlos a la cocinita de atrás.
El trayecto de la mesa de piedra a la cocina era una vuelta que si girabas la cabeza a la izquierda la veías a ella. La reluciente planta de albahaca. La que en invierno desaparecía dejando abandonado ese balde de chapa solitario entre las garrafas del abuelo. Pero ese día estaba preciosa, con las flores blancas que daban ganas de abrazarla. Pero yo no llegaba, tenía menos de 5 años y la planta estaba arriba de una estructura oxidada de metal.
Ahí iban los ñoquis, directos a la olla de metal que desprendía un olor hermoso cuando empezaba a burbujear el agua. Lista para que la nona eche los ñoquis a hervir, pero antes, la advertencia: Andate al rincón.
Entonces desde la contrapunta la miraba. Con las manitos atadas delante de mi. Como si el pecado más cruel de esa época era hacer un paso hacia adelante.
La nona iba colocando con la espumadera esos ñoquis que amasaba con mucha papa y casi nada de harina. Y siempre relojeando que no me mueva para que no me vaya a quemar.
Al lado, la cacerola de guisa de la salsa de tomate y albahaca que me hacía relamer como un cachorrito.
Entonces terminaba el ritual, la olla gigante con las manijas finas de bronce se tapaba a medias por unos minutos.
Los abuelos esperaban en el comedor, con el queso rallado grueso en las compoteras de acero inoxidable y los boyos de pan casero al lado de cada plato.
Hoy pasé en bicicleta por una casa con ventanas abiertas y rejas de hierro forjado, sentí un aroma tan hermoso, tan hermoso que pensé en golpear la puerta para preguntar por mi nona Storti.
Era el tomate, la albahaca, era el olor a metal de olla hirviendo, era la harina pegada entre sus dedos.
Dios quiera que nunca se borre el recuerdo de mis abuelos y que nunca se extingan las recetas de antes.

(*) Un aroma disparó un recuerdo de la infancia y de la nona, Ana Victoria Gagliardi de Storti (1908-2004) que luego adquirió forma de relato que se publicó el lunes 29 de enero último en su cuenta de Facebook. Ahora compartido con los lectores de LA OPINION en honor a tantas abuelas. 
 

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