Una gira complicada

Notas de Opinión 24/01/2018 Por
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Por Loris Zanatta (*)

Se ha dicho muchas veces que el viaje del Papa a Chile y Perú sería difícil. Ahora es tiempo de balances: ¿cómo le fue? Para muchos, era delicado por el espinoso tema de la pedofilia, ulcerado por el caso del obispo de Osorno, defendido por Francisco a pesar de las acusaciones de haber cubierto numerosos abusos. Sobre el tema, el Papa pronunció palabras de condena irrevocable. Pero luego pateó el balde de leche fresca: defendió al obispo disputado acusando a las víctimas de calumniarlo. No recuerdo parecidos arrebatos de ira en un Pontífice. Es cierto que nadie puede ser condenado sin pruebas. Pero la oportunidad de colocar a ese obispo en esa diócesis es muy dudosa. De hecho, el cardenal O’Malley tomó distancia pública del Papa. Sonó clamoroso. En fin: sobre ese tema, dudo que el Papa haya sanado heridas.
Para otros, el aspecto delicado del viaje se debía a los fuertes movimientos tradicionalistas movilizados en ambos países contra el aborto y los matrimonios igualitarios. A esos movimientos no les gusta la elasticidad del Papa en cuestiones doctrinales, por formal que sea. Francisco los invitó a dejar de soñar y a medirse con el mundo tal como es. Sólo de esta manera se alcanzará la tierra prometida, les dijo. Quién sabe si los habrá convencido a “dar la vida por el Maestro”, a “desenvainar la espada” para convertir el mundo. Desde la perspectiva de un laico, parece un proyecto de reconquista cristiana, la cosa más antigua del mundo.
Para otros más, las espinas se encontraban en el intrincado problema Mapuche. ¿Cómo defender a los pueblos indígenas de la discriminación sin respaldar la violencia cometida en su nombre? En esto, Francisco fue cauteloso, lo cortés no quitó lo valiente. Igual, nos deja perplejos su ecuación entre los “acuerdos que no se respetan”. Es decir, un problema político, y la violencia que “cobra vidas humanas”. Me parece una peligrosa confusión práctica y conceptual. Tampoco se entiende por qué Francisco considera a la Nación como una “pluralidad étnica, cultural e histórica” y a las comunidades indígenas “un pueblo, una cultura”. ¿No serán ambas plurales? Esta distinción suena más a ideología que a realidad.
Finalmente, el viaje presentaba problemas políticos: Chile y Perú no gozan del favor del Pontífice. No tanto por el régimen político, que al Papa le importa poco, sino por sus modelos de desarrollo favorables a la economía de mercado. Modelos cuestionables, pero que han producido crecimiento económico y movilidad social. De hecho, el Papa no les ha reconocido ningún éxito, sino sólo deficiencias. Al hacerlo, confirmó ser un Papa político, con afinidades y hostilidades muy definidas. Por lo tanto, se entiende que aunque invoque la unidad, divida más que unir. ¿Qué necesidad había de negar una reunión privada al nuevo presidente chileno? No le gustará, pero los chilenos lo eligieron: es una cuestión de respeto.
En Perú arremetió contra la corrupción, poniendo al presidente Kuczynski en aprietos. Está bien. Pero ¿por qué había evitado hacerlo en Brasil o Ecuador, donde los escándalos no eran menores? Los dos pesos y las dos medidas de sus gestos y sus palabras afectan su credibilidad. En resumen, la visita del Papa no anduvo mal, pero tampoco será memorable; fue un empate sin goles.
De sus palabras, sin embargo, las que me parecen más interesantes, pronunciadas en la Universidad Católica de Santiago, han pasado desapercibidas. Son aquellas donde mejor transpira la idea que tiene Bergoglio de América Latina, una idea que evoca su incesante cruzada contra la ilustración.
Francisco invocó al “pueblo” contra el “paradigma tecnocrático”, el “consumismo tranquilizador”, la “sociedad líquida”. Que el Papa condene el individualismo es obvio. Llama la atención, sin embargo, que lo haga con tan poco equilibrio. Si es sacrosanto afirmar que los lazos sociales son fundamentales, es difícil negar que lo sean también los derechos individuales, sin los cuales la sociedad se vuelve tiranía. Pero Francisco enfatizó los primeros a expensas de los segundos. Esto lo llevó a declaraciones atrevidas: “Sin el ‘nosotros ‘ de un pueblo, una familia, una nación, la vida no sólo será más fragmentada, sino también conflictiva y violenta”. Lástima que la historia esté llena de regímenes que han oprimido y exterminado oponiendo “nosotros” a “ellos” y el “pueblo” al individuo. En Venezuela sucede en este momento. Quizás es por eso que a Francisco no le gusta tratar el caso.
Además de esto, el Papa afirmó que “el origen del mal” yace en que “el conocimiento adquirió preponderancia sobre la creación”. Una cosa es reconocer que el hombre a menudo supera límites intransitables en la manipulación de la naturaleza. Y otra cosa es pasar una esponja sobre el enorme progreso logrado gracias al vituperado “conocimiento”. Muchos historiadores han explicado por qué el gran desarrollo que en los últimos dos siglos ha permitido escapar de la pobreza a miles de millones de personas, nació en el área protestante, no en el área católica. En la primera, el conocimiento se consideraba un tributo a la creación y una forma legítima de mejorar las condiciones de vida del hombre. En el mundo católico, era todo lo contrario: el conocimiento que desafiaba el dogma era castigado como herético, con el resultado de que inhibía el desarrollo, la creatividad y la libertad. El Papa se mantiene en ese antiguo surco: el mundo camina rápido, pero a los universitarios pidió inspirarse en la “intuición popular”.
Sus admiradores, dicen que el Papa recibe tantas críticas porque defiende a los pobres. No es mi caso: yo lo critico porque sus ideas defienden la pobreza. Es diferente. (Clarín).
(*) Catedrático en la Universidad de Bolonia.

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