Ciudad piquetera

Editorial 12 de enero de 2018 Por
Durante 2017 en Buenos Aires hubo 849 piquetes, un 32% más que en 2016.

Definitivamente Buenos Aires es una ciudad piquetera, tal vez la capital mundial de esa clase de hechos, a pesar de todas las promesas que se hicieron por poner bajo control esta clase de protestas que avanzan contra el derecho de los demás y que terminan generando una imagen de caos permanente. En tal sentido se recuerda el protocolo que la ministra Patricia Bullrich pensaba llevar a cabo y que nunca cumplió, o bien cuando en diciembre de 2016 el jefe de gobierno porteño Rodríguez Larreta admitía que la ciudad vivía en un permanente estado de caos por los cortes y piquetes, y que por lo tanto la Policía Metropolitana iba a ponerle coto a tal situación.
Pasó un año y esta clase de movilizaciones, que en muchos casos llegaron a exponer una violencia enorme, si bien se redujo en el interior del país en cambio se incrementó en la ciudad de Buenos Aires y sus adyacencias. Así lo dice un informe de la consultora Diagnóstico Político, que realizó un relevamiento de esta clase de episodios, de los cuales hubo la menor cantidad desde 2011 en el resto de la Argentina, pero en cambio aumentaron nada menos que 32% en la ciudad de Buenos Aires, justo donde se había prometido que se iban a reducir en número. Los datos se obtuvieron en forma diaria de unos 200 medios de comunicación, escritos y digitales, lo cual viene siendo sistematizado desde 2009 en adelante.
En total dentro del ámbito porteño se realizaron en 2017 nada menos que 849 concentraciones de estas características, a razón de 2,3 diarios como promedio, aunque debe aclararse que el 80% de estos episodios no estaban destinados a plantear problemas relacionados con el gobierno de Rodríguez Larreta, sino de todo tipo y procedencia, ya que por la repercusión que tiene Buenos Aires allí vinieron -y siguen viniendo- desde todo el país, tanto los frutihortícolas del Alto Valle, los que piden la libertad de Milagro Sala, los empleados públicos de Santa Cruz, o los que clamaban por la aparición de Santiago Maldonado, siendo siempre la ciudad más grande del país la caja de resonancia elegida.
Los meses de marzo y septiembre fueron los más activos en esta clase de reclamaciones, la mayoría de las veces tomando como epicentro el Obelisco, aunque en este caso apenas el 11% de ellos sostenían reclamos al gobierno porteño. El mayor conflicto en proporciones y consecuencias fue en diciembre cuando las manifestaciones contra la reforma previsional que se votaba en el Congreso nacional, dejando destrozos realmente importantes, llegando incluso a la demolición de figuras y ornamentaciones de granito, con un costo de reparación cercano a los 40 millones de pesos.
Lo que más se percibe es la gran politización que tienen esta clase de movilizaciones, ya que se forman piquetes por cualquier razón y motivo, llegándose al colmo de realizar cortes sin piqueteros, como ocurrió con unos pocos vendedores ambulantes de La Plata que cortaron la autopista con bolsas de basura que fueron quemadas, impidiendo el paso de los automovilistas.
Todos los intentos de contención y ordenamiento no dieron prácticamente resultados hasta ahora, pues nunca se buscó llevarlos seriamente adelante, pues sería imposible hacerlo sin el uso de la fuerza, con lo cual se podría caer en la idea que buscan algunos sectores de la más dura oposición -izquierda y kirchnerismo- en provocar alguna víctima fatal para usar luego como bandera contra la represión de la "dictadura", como falsamente llaman al gobierno de Cambiemos. Mucho de eso hubo durante la desaparición de Santiago Maldonado en el sur del país, aunque finalmente quedó develado que había muerto ahogado al tratar de cruzar el río Chubut con aguas heladas cuando la Gendarmería disolvía una manifestación y corte de ruta por parte de mapuches del grupo RAM.
Lo que queda claro es que el país, y mucho más que eso la ciudad de Buenos Aires, no pueden seguir inmersos en medio de este caos constante, por lo cual no sólo hay que buscar una solución para el ordenamiento, sino que luego llevarla a cabo. Justamente lo que no sucedió hasta ahora, ya que hubo protocolos, anuncios de intervención y normas, pero finalmente no se pusieron en práctica, o bien sólo a medias.

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