Semblanza de Jaime Ferré

Locales 09/01/2018 Por
El 2 de julio del 2005, desde San Miguel de Tucumán, la Sra. Ana Rosa Paz de Ferré, con sus 96 años, hacía una semblanza de su suegro el Dr. Jaime Ferré, a pedido del Sr. Roberto Lencioni, el cual generosamente, lo hizo llegar al Centro de Estudios e Investigaciones Históricas.
JAIME FERRE.Se radicó en Rafaela a comienzos del siglo XX.
JAIME FERRE.Se radicó en Rafaela a comienzos del siglo XX.
Jaime Ferré era hijo de Don Jaime Ferré y Ríus, catalán de la provincia de Tarragona y de Luisa Fabre de Vaux de habla francesa, radicados en Concordia, provincia de Entre Ríos.            
Nació en la segunda mitad de la década de 1870, se casó con doña Evangelina M. M. Rocatagliata Podestá Costa de una aristocrática  familia genovesa y tuvo con ella cuatro hijos: Jaimé Ferré (h) que murió siendo niño como consecuencia de una caída, Rodolfo Lorenzo quien fue mi marido, Carlos Ernesto y María Luisa.
A mi marido lo conocí a través de la profunda amistad que había entre Rodolfo Rocatagliata, eminente médico porteño, cuñado de Jaime Ferré y mi padre Jesús H. Paz.            
En los primeros años de la década del 1930 y estando yo de novia con Rodolfo Ferré conocí a quien posteriormente fue mi suegro cuando este con su familia dejaron Rafaela para radicarse en Buenos Aires.            
Quedé impresionada por la bondad e inteligencia de la mirada de Jaime Ferré, era muy simpático, con un gran don de gente, delicado en el trato y atento hacia los problemas de quienes lo rodeaban.            
Con él y mi suegra no fue necesaria una previa etapa formal de conocimiento, pues de inmediato me aceptaron como  una hija.            
Alejado de Rafaela Jaime Ferré trasmitía sus recuerdos de esa ciudad con intenso fervor haciéndolos vivir en quienes le escuchaban,            
Una vez recibido en la Universidad de Buenos Aires, importantes médicos le insistían en que no se marchara, pues se percataban de su capacidad profesional;  pero no los atendió porque se sentía llamado a volcar sus conocimientos en el interior del país y en la campaña por considerar que sus habitantes estaban más desamparados.            
Radicado en Rafaela a principios del siglo XX tuvo oportunidad de tomar contacto directo con las graves y urgentes necesidades de la población respecto a la salud, no sólo de quienes vivían  en la ciudad, sino también de los que se encontraban alejados en el campo o el monte tales como gauchos, indios y colonos extranjeros.            
Llevado por su espíritu generoso y vocación de servicio como persona y en particular como médico, tomó la determinación de organizar un hospital.            
No vaciló en comenzar a concretar su proyecto donando sumas de su propio dinero y solicitando también la colaboración económica y moral de la población, recibiendo una respuesta generosa e inmediata.            
A través de personas que se organizaron ordenadamente, poco a poco comenzó la instalación del hospital.            
En sus recuerdos Jaime Ferré sólo tenía palabras de elogio y agradecimiento hacia tantas familias de Rafaela que intensamente colaboraron con él, dando sus nombres -uno por uno- pero que lamentablemente a esta altura de mi vida no guardo en la memoria.            
Vivía la Medicina como lo que es y debe ser, es decir, misión de constante entrega sin esperar nada, entrega absoluta y total; decía que el médico sólo debe dedicarse a su familia y a los enfermos y, esto último realizarlo con más ahínco si quienes padecen son débiles y desamparos.            
Tenía firmeza de carácter, entendía que si alguna tarea importante debía realizarse, con válidos y debidos fundamentos, la llevaba a cabo, no vacilando en enojarse con justa causa, si era necesario.            
Con cariñosa nostalgia recordaba a los habitantes de Rafaela y cuando en su volanta debía ir a atender enfermos al campo, en medio de la lluvia y el frío, o heridos por cuchilladas, balas o caídas del caballo, siempre tuvo en cuenta a quienes carecían de bienes, prestando sus servicios con especial cariño y desinteresadamente.            
Especiales párrafos merece mi suegra. Evangelina Rocatagliata, de quien guardo filial e imborrable recuerdo. Desde que nos conocimos me dispensó un trato que iba más allá de la atenta relación suegra-nuera, sino que siempre me consideró como hija, viviendo generosamente solícita con mis hijos y mi hogar.
Ella fue el “alma mater” del hospital de Rafaela, volcando todas sus energías físicas y espirituales en colaborar con Jaime Ferré en la concreción de sus proyectos, tanto en la etapa de fundación de esa institución, como después en la organización y administración de sus comienzos.            
En los inicios del hospital atendía personalmente aquellas necesidades de los enfermos que iban más allá del  específico campo de la medicina, dispensándoles un trato cordial, es decir, que salía de su corazón, aún ayudando a bañar a quienes por su gran indigencia no conocían la higiene.            
No quiero alargarme más, pues podría cansar a los que no conocieron ni vivieron lo que acabo de narrar.            
Termino con la muerte de Jaime Ferré, fue sorpresiva y ocurrió en 1936, en horas del mediodía, como consecuencia de un ataque al corazón. Hay una firma: Ana Rosa Paz de Ferré.

Te puede interesar