El rescate de archivos: el de los Grandes Almacenes Ripamonti

Locales 03/01/2018 Por
La historiadora Blanca Stoffel, colaboradora de este Diario, rescató esta nota escrita en 1994 por su hermana Leticia -fallecida en agosto de 2017- sobre los Archivos Ripamonti, calificado como fuente de fuentes.
ALMACENES RIPAMONTI. La historia de los Ripamonti en Italia. FOTO ARCHIVO
ALMACENES RIPAMONTI. La historia de los Ripamonti en Italia. FOTO ARCHIVO
En momentos en que se debate sobre el destino de lo que fueran los Grandes Almacenes Ripamonti, me parece oportuno retrotraer algunos conceptos de la historia que escribiera Leticia, mi hermana, en 1994, para revalorizar en cierto modo lo que fue en importancia un trascendente hito en la pampa gringa.
"El rescate de archivos/una experiencia personal. El archivo Ripamonti, fuente de fuentes". Primera parte. Hay múltiples razones para considerar interesante el Archivo de los Grandes Almacenes Ripamonti. En primer lugar porque los Grandes Almacenes fueron los establecimientos típicos de todos los pueblos de la Pampa Gringa durante el proceso de la colonización y porque -según Ezequiel Gallo- los de Ripamonti fueron quizás los más importantes de los 85 censados. Era un archivo aproximadamente de 20 metros de largo por 15 m. de altura. No había archivero, ni catálogos, ni guías. La magnitud de la tarea exigía un trabajo de equipo imposible de concretar.
La carta de Eduardo Faustino Mario, nieto del fundador y que autorizaba la investigación, limitaba la misma a la utilización exclusivamente personal de la solicitante y la devolución de lo seleccionado a la familia. Sólo cabía aceptar o rechazar. Acepté y el primer vistazo exterior me dio la pauta de que existía un ordenamiento mínimo efectivizado al agrupar los documentos por “tipos” fáciles de identificar, facturas, libros copiadores de correspondencia, de actas, de personal, escrituras, mapas etc., pero también paquetes y más paquetes cuyo contenido era una incógnita y muchos papeles sueltos.
Era, como todo archivo, una fuente de fuentes, que debía salvar en un tiempo cuyo límite lo fijaría la firma del boleto de compraventa, oportunidad en la que se debía entregar el edificio vacío. Renuncié en ese instante a la posibilidad del rescate total. Tenía que hacer una ajustada selección de lo valioso acorde con mis objetivos, definir la personalidad de don Faustino Ripamonti, a partir de sus orígenes, cultura, aspiraciones, capacidad, el comerciante exitoso, agente transformador en el proceso de evolución del pueblo con trascendencia a lo regional y su relación con la comunidad étnica y nativa y además las particularidades de los Grandes Almacenes. Su evolución y decadencia en el marco de los procesos políticos, económicos y sociales, nacionales e internacionales.
Para ello, disponía de dos fuentes: el Archivo y una rica tradición oral. Familiares, empleados, clientes y amigos podían ser mis colaboradores y también los que calificaban esa tradición como leyenda a partir del concepto de comerciante como sinónimo de explotador de los pobres colonos. Decidí valorizar ambos. Sus coincidencias y discrepancias podían engendrar una dinámica selectiva de los documentos, y así fue. En las primeras entrevistas con admiradores y detractores rescaté una común pregunta sin respuesta hasta la fecha: “Si eran ricos, por qué vinieron a América?” Desdoblé en dos la pregunta e interrogué al Archivo: ¿Eran ricos? Y me ofreció la caja de fotografías que multiplicó imágenes de la Casa Patronal, un castillo feudal del siglo XVI reconstruido para hacerlo habitable para la familia y un plano de la misma con un número sorprendente de locales. La Caja de Correspondencia fue la fuente que individualizó al Cura Párroco de Villa Romanó, que sirvió de intermediario para la consulta de otras fuentes, los archivos italianos de la villa y la provincia. En ellos hallé los datos del árbol genealógico de la familia, de los bienes que poseían en la Villa Romanó y en pueblos vecinos y la confirmación de que eran terratenientes y dueños de dos tercios del pueblo, eran ricos, pero se mantenía la incógnita ¿por qué vinieron?
El Archivo aparentemente no tenía respuestas, pero la tradición oral hizo su aporte: de una entrevista con un personaje me dijo: allí no podían progresar. Ese “allí” significaba Italia entre la mitad y el tercio final del siglo XIX y el silencio del Archivo me señalaba otra fuente: la consulta bibliográfica para profundizar el tema de la tardía industrialización de la península y en particular de la Lombardía, por la desaparición de los telares artesanales de hilados, que disminuyeron los ingresos originales de los terratenientes y los obligaron a reemplazarlos por otras actividades. Un papel suelto del Archivo me confirmó ese hecho: el pasaporte como comerciante de Aquilino Ripamonti de 1859 otorgado por el Emperador de Austria y Rey de Lombardía para viajar por sus dominios y pueblos amigos… pero, el cambio de actividad del padre, no explicaba el por qué vinieron a Argentina sus cuatro hijos varones. Podía presumirse que las leyes vigentes en Italia sobre el derecho de primogenitura les imponía conquistar con su trabajo, un status socio económico similar al de la familia troncal.
El documento para probar esta hipótesis surgió como fruto de la colaboración –tradición oral y Archivo-: un entrevistado descubrió que era poseedor de un mini archivo: tres cartas fechadas entre 1850 y 1861, escritas en papel de seda con pluma de ganso, en italiano, por Antonio Ripamonti de 20 años y Cayetano de 14 dirigida desde Paraná a sus padres en Italia. Estos documentos de más de 130 años, permitieron calificarlos como “inmigrantes espontáneos”, es decir, aquellos que llegaban al país pagándose el pasaje y sin relación contractual alguna y además que trabajaron como simples dependientes en una pinturería, con un patrón del que no conocían sus antecedentes… y que no disponía de un capital propio, esto último confirmado por el Archivo con un certificado de Guillermo Lehmann- Comisario Delegado de la Colonia Esperanza- que informa al Consulado Italiano de Buenos Aires que, en 1863 Cayetano Ripamonti carecía de recursos para viajar a esa ciudad. Con respecto a Eduardo y Faustino, la fuente directa fue el Archivo desde la llegada a Esperanza que aparece documentada en el Pasaporte de Eduardo expedido en Como, que lo califica como “benestante” o sea Señor o Propietario, dueño de los bienes familiares al fallecer el padre, en su carácter de primogénito. Y de que disponía de un capital lo prueban los aportes que figuran en dos escrituras de sociedad con su hermano Cayetano y con los hermanos Vionnet de Pilar, ambos dueños de grandes almacenes.

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