La sangre para ellos son medallas

Una culpa latente
FOTO ANGELBALZARINOBLOGSPOTCOM 2014./ Angel Balzarino y María de los Ángeles González, cuando "La sangre para ellos son medallas" recibió el 1º premio.
FOTO ANGELBALZARINOBLOGSPOTCOM 2014./ Angel Balzarino y María de los Ángeles González, cuando "La sangre para ellos son medallas" recibió el 1º premio.

Nota I

Anoche ocurrió. Esa especie de venganza o de simple catarsis que desde hacía mucho alentaba como el único modo de aplacar un largo período de frustración y desasosiego. Comprendo que el desconocido bienestar no obedece tanto al hecho de saber que Ernestina Barrios ha sufrido una afrenta cruel, impiadosa, de la que tal vez nunca logrará sobreponerse, sino más bien por Abelardo que, de improviso, llegó a reflejar un grado de capacidad o inteligencia que nadie, ni aun yo, que pasé toda la vida a su lado, hubiera llegado a imaginar. Casi podría considerarlo una forma de compensar el esfuerzo, la dedicación, el sacrificio que me ha demandado cuidarlo al integrar mi mundo con el peso de una herencia insoslayable. El afecto que experimentaba por ese medio hermano, al que le llevada diecisiete años, se fue transformando, poco a poco, en piedad y, al fin, en amarga resignación al demostrar, de manera cada vez más aguda, signos de torpeza o deficiencia para hablar, dar unos pasos con cierto equilibrio y comprender las cosas más elementales. La falta de una leve mejoría, a pesar de cumplir todos los métodos e indicaciones de los especialistas, derrumbó la resistencia de mi padre y aceleró su muerte. Poco después, vencida por la carga que representaba Abelardo, mi madrastra abandonó la casa en presurosa huida. Entonces tuve conciencia no sólo del desamparo y debilidad de Abelardo, sino también del hecho abrumador de ser la única persona que podía atenderlo. Una obligación. Tácita. Inexcusable. Debí armarme de coraje y una imbatible paciencia, tanto por el rigor de quedar solos en la casa demasiado grande como por advertir la actitud de rechazo y disgusto, a veces de hostilidad, que despertaba Abelardo en los otros. La gordura fofa, el andar oscilante, la saliva escurriéndosele por la boca siempre abierta, despertaban la burla de los chicos cuando dábamos algunas vueltas por el pueblo, el desagrado de las clientas que venían al taller de costura y se mostraban urgidas por encargar los trabajos y evitar su presencia y, peor aún, el progresivo alejamiento de las escasas personas con las que, dos o tres veces por semana, pretendía encontrar apoyo y compañía tomando mate, compartiendo una comida o, simplemente, charlando un rato. Pero el golpe más duro y demoledor lo constituyó la brusca ruptura con Bartolomé Patiño, el único hombre que por algunos meses me hizo abrigar la perspectiva de conocer otro modo de vida. Durante los años en que había acompañado a su mujer cada vez que debía confeccionarle un vestido o arreglarle alguna prenda, logró darme la imagen de una persona que, por sus modales correctos y el tono cálido de la voz, provocaba confianza y seguridad. Al orgullo de realizar trabajos para el matrimonio Patiño, que gozaba de gran estima y prestigio en el pueblo, tanto por ostentar una sólida posición económica como por reflejar plena concordia y felicidad, no podía eludir una profunda envidia por esa mujer que disfrutaba el privilegio de contar con el amor y la protección de alguien siempre dispuesto a brindarle lo que quería y necesitaba. Tal vez por ser tan evidente eso, jamás, durante las breves y esporádicas visitas, llegué a descubrir por la mirada o alguna palabra de él un atisbo de interés o tentativa por conquistarme. Eso surgió claro y contundente cuatro o cinco meses después de que murió su esposa, al presentarse una tarde para saber si adeudaba algo. Debido al hábito de pagar puntualmente los trabajos, el pretexto resultó tan insustancial que no logramos evitar una sonrisa, en tácita complicidad, como si celebráramos una broma o, más bien, se hubiera desvanecido de repente toda barrera entre nosotros. Tuve un tímido vestigio de poder estar muy pronto junto a ese hombre y acabar con la ya intolerable soledad. No opuse obstáculos a su asedio, sutil pero firme. Subyugada. Dejándome embriagar por el delicado tratamiento que hasta entonces nadie me había ofrecido. También, para resultarle más atractiva, sentí por primera vez la necesidad de atender el cuidado personal -mantener arreglado el cabello, pintarme los labios, usar ropa que realzara mi figura- y preparar, con el mayor esmero, una comida o servirle un café o un buen licor en cada encuentro. Aunque viví varios días de fulgor y encandilamiento, no pude relegar una acuciante amenaza: Abelardo. No obstante procurar, a través de las palabras más cariñosas y dándole helado y chocolates, que conservara una conducta apacible, prevalecía siempre el temor de que estallara en gritos destemplados y golpeara cuanto había a su alrededor. Sucedió, al fin. Una noche en que, al despedir a Bartolomé y quedarnos unos instantes en el umbral, me abrazó de improviso y, por primera vez, me besó. Más que sorpresa, me invadió un sentimiento de satisfacción, aun de gratitud, al concretarse, en mínimo porcentaje, algo de lo que había aguardado a lo largo de tantas noches febriles y desveladas. Fugazmente. Otra cosa nos obligó a separarnos, con repentina vergüenza, como si nos hubieran descubierto en un acto repudiable: el rabioso gruñido de Abelardo y sus puños golpeando la puerta. Tuve entonces cabal noción no sólo de sus celos y afán posesivo sino, peor aún, de estar vedada para elegir o hacer cualquier cosa por cuenta propia. Reparé en el error de atribuirle la categoría de alguien débil e indefenso, que necesitaba ayuda en todo momento, ya que poseía, por el contrario, la rara cualidad de apabullarme, de ejercer una perniciosa e implacable influencia sobre cada uno de mis actos. No pude dar una explicación ni, tampoco, retener a Bartolomé que, perplejo y desorientado, sólo atinó a marcharse con premura. Tardó casi una semana en volver y, con la certeza de afrontar la brega más difícil para preservar nuestra relación, procuré librarlo de la incomodidad que le generaba Abelardo. No lo conseguí. Lo demostró una noche, después de cenar, cuando lo acompañé hasta el auto y, sin disimulo, dijo lo que sin duda había estado pensando desde hacía mucho, creo que ya es hora de que elijas entre tu hermano y yo, así resulta imposible continuar. Permanecí quieta en la vereda, sin aliento, aplastada por la impotencia y el rotundo sentido del fracaso, tal vez no tanto por recibir el mazazo tantas veces presentido, sino por advertir, a tres o cuatro metros, la presencia de Ernestina Barrios frente a su casa, esperando, como cada noche, que pasaran a buscarla para disfrutar unas horas de jolgorio y voluptuosidad. El testigo menos esperado y deseado. Sin duda, el más reprobable. En la tenue penumbra llegué a imaginar la cara radiante de satisfacción al verificar su reiterado vaticinio: que estaría condenada a una eterna soltería y, además, privada de gozar las cosas que dan sabor a la vida, si no me liberaba de Abelardo. También con el regocijo de considerar despejado el camino para conquistar a Bartolomé Patiño, quien, al quedar viudo, se había transformado en el candidato matrimonial más codiciado del pueblo. Entonces, más poderoso que el dolor por la ruptura con el único hombre en el cual había cifrado la ilusión de un cambio, me arrebató el anhelo de asestar un feroz castigo a Ernestina Barrios. Concretar, al fin, una represalia por su actitud tan altanera y despectiva, me impulsó a urdir un plan. Obsedida. Día tras día. Hasta surgir bruscamente, como una turbadora revelación. La noche en que Abelardo me descubrió desnuda en el dormitorio, mientras buscaba un vestido en el ropero. Más que por un hálito de pudor, quedé paralizada por la sorpresa y consternación al vislumbrar una faceta ignota, sobre la cual nunca había indagado, a través de la mirada fija y desencajada, el temblor de su cuerpo, la sangre quemándole la cara. Encandilado. Con la avidez que sin duda hubiera experimentado cualquier hombre. Sin cubrirme, tanto para seguir gozando el halago de ser observada como para tener plena dimensión de su deseo, di un paso hacia él. Creyendo tal vez que era una señal incitadora, se movilizó. Decidido. Con desusada agilidad. Trastabillé por la vigorosa embestida de su cuerpo. Apoyándome contra el ropero, casi sin poder respirar por los brazos convertidos en férreas tenazas, intentó una arremetida de posesión. Quebrando las reglas conocidas. Como ocurría cuando la excitación o el furor lo transformaban en una bestia enceguecida, procuré calmarlo con lentas caricias, apelando a la mayor ternura, mientras le prometía llevarlo al parque de diversiones y comprarle una caja de caramelos y chocolates. Me costó más que otras veces controlarlo, y fuertemente conmovida, pasé aquella noche en completa vigilia, analizando cada detalle de lo ocurrido, hasta arribar a un hecho que podría tener doble efecto: vengarme de Ernestina y relegar a quien, tras precipitar el alejamiento de Bartolomé Patiño, tornó mi vida completamente vacía y sin esperanzas. Para concretarlo me dediqué, primero, a vigilar cada movimiento de Ernestina, sobre todo cuando tomaba sol o daba vueltas por el patio cubierta apenas con una minúscula bombacha; después, incentivando el deseo de Abelardo con la visión del cuerpo escultural y tentadoramente cercano; por último, a la espera del instante oportuno en que él podría dar el proyectado asalto. Una noche, luego de permanecer largo rato ocultos entre el follaje de nuestro patio, observando a la mujer desnuda entrar y salir de la casa, nerviosa, en busca del mejor lugar para aliviarse del insoportable calor, comprendí que Abelardo estaba a punto de estallar. Y ya no quise interferir. Sigilosamente salí de la casa. Mientras recorría las calles sin rumbo, imaginé el desarrollo de la escena: él, saltando el tejido que separaba las dos casas y abalanzándose sobre la presa, en demencial ataque; ella, profiriendo gritos de auxilio, aterrada, luchando por eludir el cuerpo enorme; y los vecinos, congregados por el inusual alboroto, cayendo sobre Abelardo, indignados y, más que nunca, convencidos de que debía ser confinado en un lugar seguro. La brusca e íntima ráfaga de satisfacción logró desalojar o, al menos, aplacar el remordimiento por mi actitud, egoísta y casi infame, impulsada por el ansia de cerrar para siempre una larga época de sacrificio, privaciones y renunciamientos. Al fin entré en un bar. Tras consumir varios cafés, emprendí el regreso, lentamente, debatiéndome entre la incertidumbre y una inexorable sombra de temor. Consideré bastante previsible el grupo de hombres y mujeres frente a la casa de Ernestina. Intentando demostrar la mayor serenidad me abrí paso entre los cuerpos que, casi todos a medio vestir, reflejaban, a través de movimientos dislocados y en un confuso tropel de palabras, un alto grado de perplejidad, cólera, repudio. Poco a poco tuve una visión de lo sucedido: que algunos vecinos, despertados por fuertes gritos, habían acudido a la casa de Ernestina, y al encontrarla desplomada en el patio, desnuda, con evidentes signos de violación, la trasladaron en seguida al hospital. Del agresor nadie podía aportar ningún dato. Sólo prevalecía la voluntad de atraparlo y propinarle un escarmiento ejemplar. La falta de cualquier referencia sobre Abelardo me hundió en un estado de duda e inquietud al percibir que el plan, presumiblemente tan claro y sólido, adquiría de improviso un cariz impredecible. Sobresaltada, y reprimiendo la tentación de formular cualquier pregunta, busqué el refugio de mi casa. Apoyada en la puerta, sin fuerzas, procuré descifrar lo sucedido. Al fin, un leve sonido me hizo marchar hacia el cuarto de Abelardo. Lentamente, presintiendo algo peligroso o terrible, abrí la puerta. Percibí la respiración, impetuosa y estentórea, antes de encender la luz y verlo sentado en la cama. Tembloroso, las manos cruzadas sobre el pecho, como si quisiera atenuar el ritmo del corazón, mostrando una sonrisa que, además de suavizar los rasgos toscos de la cara, era el modo familiar de reflejar un placer intenso. Entonces lo comprendí todo. Con la tardía e irrefrenable culpa de haberlo utilizado para ejercer un acto vindicativo y, al mismo tiempo, pretender apartarlo para siempre de mi vida. Subestimando su capacidad. Pero allí estaba, inmune y triunfador, tras superar una proeza riesgosa y deslumbrante. Sin dejar el menor rastro. Burlándose de todos. Entonces, tanto para aminorar un poco mi deleznable proceder como para expresarle una profunda gratitud, corrí a darle un abrazo.

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