SENSACIONES Y SENTIMIENTOS

Sociales 30/12/2017 Por
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DOMESTICO E INDISCIPLINABLE, PUEDE CAUSAR ESTRES
Como un animal de la casa con independencia en sus actos, se toma sus tiempos de reposo.
Hasta que despierta con la voz que le dimos, esa que nos gustó más que las otras disponibles.
Los tan asimilados teléfonos celulares -instrumentos que, como todos los objetos preferidos por los humanos, reciben variados apodos cariñosos- son como los mayordomos de algunos señores poderosos de las películas: son tan útiles que se convierten en indispensables y, con el tiempo, en los verdaderos amos. Los amos virtuales, para usar el término preciso a las dos situaciones.
La relación entre los seres bípedos (nosotros) y los adminículos rectangulares para comunicarse a distancia fue buena y ordenada mientras cumplían la función básica, ampliando la utilidad de los teléfonos adheridos a un cable que, a partir de entonces y necesitando definirlos claramente, empezaron a ser llamados “fijos”. Pero desde el principio, los tentadores y prácticos celulares nacieron con un pecado original: incluyeron un nuevo servicio, el de enviar y recibir mensajes escritos.
Hasta ahí, todo bien hasta que se los dotó de una inteligencia artificial y de una función que cambió definitivamente nuestras costumbres. Sí, hablamos del ayudante favorito que todo lo puede, con nombre en inglés de difícil traducción lógica: el servicio whats app, en los smart phones.
Las posibilidades nuevas de la tecnología nunca tienen límite. Lejos, muy lejos ya de los teléfonos celulares originarios, de casi el tamaño de un pen drive -otra palabra aún no traducida al castellano-, los teléfonos móviles sirvieron también para transmitir afecto y diversión.
Y no fue eso poca cosa; fue mucho, fue todo. Y nosotros estamos descubriendo diariamente que el celular, entre tantos usos accesorios que se volvieron principales, tiene el de servir simplemente para llevar la voz de una persona a otra: el uso como teléfono, ese aparato pariente lejano de aquéllos que ahora se deben conformar con que se los denomine “básicos” o “fijos”, con cierta maléfica intención de decir que son los neandertales de la comunicación.
El hombre, siempre tan ambicioso, quiso tener todo: el conocimiento total, el dominio del tiempo con la información en el momento en que está ocurriendo, la velocidad al límite de lo vertiginoso para resolver situaciones, y aún prevenir las consecuencias, sin perder tiempo.
El teléfono celular le dio todo eso y más: información del clima y pronósticos, la ubicación precisa de lugares y personas, y la posibilidad de una red de contactos que limita con lo infinito. Y la diversión. Toda, de todos los niveles y todos los calibres.
Pero hoy el hombre, según la opinión de algunos psicólogos, puede sufrir estrés al comprobar que el tiempo no le permite contestar todos los mensajes, y algunas veces tampoco leerlos completos, y si escribe a una red abundante de contactos, estos -al instante- le multiplicarán las respuestas, creándole una especie de insatisfacción por no poder devolver ni absorber ni gozar tal cantidad de datos.
Es ese el momento en que surge, triunfante, el amo que antes fue esclavo: la cantidad de posibilidades ha superado la capacidad de control de los elementos por el hombre, dotado con el mismo cerebro de sus antecesores primitivos, los que tuvieron que fabricar las armas para la caza y el alimento.
Debe entonces considerar la alternativa de despegarse de su celular por algunos momentos. De no enviar ni devolver tantos mensajes y no poder completar la vista de los muy extensos.
Está bien, reflexiona finalmente, debo hacerlo. ¿Pero cómo? ¿y cuándo?

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