La nona María

Información General 24/12/2017 Por
La nona le daba a la Navidad un significado muy profundo. No desde las formas, sino desde los hechos. La reunión familiar era en su casa; hijos, nietos y más se juntaban alrededor de una única y larga mesa que ella controlaba de costado.
FOTO ARCHIVO LA MESA DE NAVIDAD. Símbolo de familia unida, como quería la Nona.
FOTO ARCHIVO LA MESA DE NAVIDAD. Símbolo de familia unida, como quería la Nona.
La nona María tenía los ojos llenos de cielo y de nostalgia. El cielo era diferente al que había dejado en su lejana tierra. La nostalgia era la misma; amplia, constante, lacerante e inmune a las pocas alegrías materiales que un inmigrante podía contar como tales.
Mi madre, una de sus hijas, cuenta con una curiosidad que nunca se terminó de consultar, que su mamá pasaba largas horas en el patio, rodeada de quinta y de gallinas, mirando el cielo y -quizás, aunque no se asegure- dejando escapar alguna lágrima que se escurría hasta el verde que cobijaba algún cultivo que sumaba a la larga mesa. Los blancos de las nieves de su pago no estaban por aquí y nunca los vería. Y esto, creo, que lo supo siempre.
Nunca nos enteramos los nietos la causa de esa mención tan itálica, la nona había nacido y crecido en Polonia; de allí llegó con poco más de treinta años, con tres hijos a cuestas, a reencontrar a su marido, con quien completó la familia con otros tres nacidos aquí, bien argentinos. Pero era la nona.
En esos tiempos de infancia cuasi salvaje, aunque controlada severamente, uno no le prestaba atención a los silencios y posturas familiares. Era así y así quedaba. Si ni los yernos o nueras locales se atrevían a participar, mirá si lo haríamos los chicos!
La nona convivía con un problema en una pierna que le impedía moverse con tranquilidad, aunque mantenía una autoridad matriarcal absoluta, tan contundente como silenciosa. Cuando terminábamos las clases íbamos en tropel a llevarle la libreta con el consiguiente “pase de grado”, lo cual era recompensado con alguna moneda y un beso. La nona se había educado en una familia importante y tenía contenidos intelectuales propios, aunque nunca lo mostraba o exhibía: era una margarita humilde, silenciosa, eficiente y observadora. La nona.
Si bien cada una de las familias tuvo alguna instrucción religiosa, no me acuerdo de haberle escuchado alguna versión del tema, tampoco apreciar símbolos religiosos en alguno en sus ámbitos caseros. O no los miraba. Han pasado casi sesenta años. Demasiados para algunas cosas.
Pese a ello, en Pascuas pintaba y decoraba con colores huevos de gallina y para Navidad asistía puntualmente a la Misa de gallos en el Sagrado Corazón, acompañada por los primos más grandes.
Pero le daba a la Navidad un significado muy profundo. No desde las formas, sino desde los hechos. La reunión familiar era en su casa; hijos, nietos y el resto de la familia se juntaban alrededor de una única y larga mesa que ella controlaba de costado. Siempre en un segundo plano, aunque nada se le escapaba. Sabía lo que pasaba en cada familia, problemas y alegrías. Y lo hacía sentir.
En esa jornada del 24, medida y mucho más cauta que el fin de año, tenía tiempo para llevarle una cerveza a los yernos que hacían el asado en el fondo del patio, controlar las ensaladas y administrar las peleas que nunca faltaban a nivel infantil, algo que -creo- me incorporaba como protagonista, creo.
En la semana ya había preparado los pan-dulce caseros, debidamente levados y frutados y con cocción en el horno de barro que estaba en el fondo del patio, utilizando como molde latas que habían sido de aceite, de cuatro litros, debidamente cortadas al medio y con los bordes resguardados.
No puedo dejar pasar este tema del horno porque forma parte del mayor folclore interno de la familia. El elemento de marras era un “tanque” de dos metros de largo, con base de ladrillo y una tapa de chapa, la cual estaba alimentada por multitud de maderas y cartones que el nono Andrés (conjúguese consorte sin voto) completaba a presión durante todo el año. Su uso estaba prohibido para cualquier otra cosa, así que el asado se hacía en el piso y punto final. Sin embargo, el nono tenía la costumbre de encenderlo el 24 y el 31 de diciembre, alrededor de las seis de la tarde.
Después se iba a dormir y tipo medianoche aparecía con una bandeja de chorizos (de Fasoli, obviamente) que colocaba en una parrilla en una locomotora humeante en la que se había convertido el horno, elemento que a esta altura parecía una caldera de fundición de acero y que hubiese devuelto los chorizos cocidos a los quince segundos. Sin embargo, el nono -que era porfiado, pero porfiado en serio, eh?- le dedicaba unos treinta minutos. Conclusión; carbón a la parrilla. Pero nadie decía nada, ya casi era un clásico. Y con los años sería leyenda.
Tampoco puedo descartar el manzano disfrazado de árbol de Navidad, con animalitos de colores y focos pintados que formaba un interminable espiral desde la copa al piso, todo ello alimentado con electricidad de red, obra del tío Pocho (uno que andará por un prado eterno persiguiendo perdices mágicas, seguro) que se convirtió en un clásico.
Vuelvo a la nona. En esos tiempos felices no me había dado cuenta que siempre había alguien que no era de la familia invitado a la mesa. Un matrimonio sin familia, una vecina enferma, un viejo solitario... ilusiones y soledades profundas que se arrimaban a un encuentro familiar.
Mucho tiempo después me enteraría que la nona los invitaba a compartir ese momento porque sabía que estaban solos, porque no tendrían a nadie para levantar una copa de sidra, ni ganas de mirar las luces o escuchar alegrías ajenas. La nona le daba mucha importancia a la mesa y la hacía grandiosa en un día en que no todos quieren estar, siquiera, en este mundo.
Ahora, a la distancia, la comprendo. La navidad es un día de dedicación al prójimo que sufre de soledad o de hambre. La nona lo sabía e invitaba a su mesa a quienes necesitaban de ese mimo que terminaría con el amanecer, pero que tenía enorme valor.
Me gustaría tenerla ahora. Para mirarle los ojos y secarle alguna de esas lágrimas que se iban al alma. Quizás, tal vez, la mirada al manzano la trasladaba a su pueblo, a sus afectos lejanos, a sus raíces o a esa nieve navideña que ya no vería.
La nona María se quedó para siempre. Aún más allá del final de aquel 14 de diciembre de 1974 cuando -seguro- volvió a su infancia y a su nieve. Fue una Navidad rara. Mi otra nona, Milda, nos dio una lección esa noche, cuando mirando el cielo brindó “por los que están y los que están en nuestros corazones”. Y lloramos todos.

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