El tren de la historia pasa por la Argentina

Notas de Opinión 19/12/2017 Por
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FOTO ARCHIVO REDRADO. El economista autor de la nota.
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Por Martín Redrado (*)

La economía argentina se encuentra en una encrucijada. Nuestro país emerge de la recesión con un crecimiento heterogéneo y desparejo. En esta segunda etapa iniciada tras el triunfo electoral, el desafío es que se traslade en forma sustentable a toda la población. Hemos llegado hasta aquí, a partir de un esquema fiscal y monetario que necesita alimentarse de una sobreoferta de divisas para financiar sus desequilibrios.
Las consecuencias surgen con nitidez: el gobierno gana tiempo para poder realizar las reformas estructurales que nos permitan dar un salto de competitividad. De este modo, Argentina vuelve a crecer de manera selectiva con un dólar barato, favoreciendo así al sector servicios y relegando a las manufacturas. Para algunos, estas evidencias marcan un “déjà vu” en nuestra historia. Sin embargo, el pasado no tiene por qué repetirse.
Esto requiere entender que las condiciones globales presentan cambios de fondo que en muchos casos están pasando inadvertidos. El mundo crece hoy de forma sincrónica a una sólida tasa de 3,6% anual. Lo nuevo es que la expansión se observa en un contexto de baja inflación en todas las naciones. El impacto de la tecnología en la reducción de costos, sumado a cadenas globales de valor de empresas que fabrican en distintos países buscando la mayor eficiencia productiva, tiene un impacto bajista en la formación de precios. Si a esto se le agrega la política expansiva de la Reserva Federal de EE.UU., del Banco Central Europeo y del Banco de Japón, el resultado es un contexto con las tasas de interés más bajas de las últimas cinco décadas. Así, se destaca una economía global con tres características salientes: fuerte crecimiento, baja inflación e ínfimo costo del dinero.
Este nuevo paradigma favorece a los países emergentes y le ha servido a la Argentina para implementar una política económica de “paso a paso”. A diferencia de otras oportunidades, el creciente financiamiento requerido por nuestro país se ha hecho a las tasas más bajas de las que se tenga memoria. Como contraparte, se ha generado una oferta excedente de moneda extranjera que presiona el precio de la divisa muy por debajo al resto de los productos que se consumen en nuestro país.
Más aún, el esquema de metas de inflación adoptado por el Banco Central, que utiliza como herramienta principal la tasa de interés para “anclar” las expectativas de la población, profundiza este fenómeno. El panorama se complica todavía más, dado que no se logran los objetivos propuestos. En efecto, en nuestro país la tasa de interés es un instrumento muy débil para impactar plenamente en la reducción de la tasa de inflación. A diferencia de otras naciones, el crédito, que es el canal de comunicación del Banco Central con la economía real, representa sólo el 14% de la producción de bienes y servicios.
En Brasil, esta relación alcanza el 60%, en India el 50% y en países de la OCDE el 148%. Por lo tanto, operar sobre el margen de la economía real, sólo genera mayores costos a quienes trabajan en mercados formales. Finalmente, se logrará reducir la tasa de inflación atrasando el tipo de cambio, con efectos nocivos sobre el ciclo económico.
En esta segunda etapa del programa económico, con reformas en marcha en materia fiscal, laboral y previsional, es preciso repensar el esquema de metas de inflación, acorde a nuestra propia experiencia. Esto no significa relajar las metas de la autoridad monetaria. En cambio, es necesario un enfoque abarcativo que integre las herramientas necesarias para combatir la inflación. En países emergentes con características semejantes al nuestro, este desafío se encara en forma conjunta por todas las áreas de la política económica. Aquí, el elemento principal es la convergencia hacia un mismo objetivo en la política fiscal, salarial y de ingresos, junto a la política monetaria y cambiaria, para dar una orientación certera a la política inflacionaria. Así, estas variables deben crecer en niveles que sean compatibles entre sí, ampliando el horizonte en la toma de decisiones del sector privado, mediante un “sistema de balizas” que permita parametrizar las expectativas. La solución operativa a este problema pasa por establecer una “Ley de Metas de Inflación” que institucionalice un objetivo anual mediante un Comité ad-hoc compuesto por los siguientes ministerios: Hacienda, Finanzas, Trabajo, Energía, Transporte y el Banco Central, bajo la coordinación de la Jefatura de Gabinete de Ministros. Sus representantes serán los responsables de fijar un objetivo de tasa de inflación común. Cada ministerio deberá informar en forma trimestral acerca del cumplimiento de lo establecido y, si existieran desvíos, estos tendrán que plantear a la Comisión de Presupuesto y de Finanzas del Congreso Nacional las correcciones necesarias. De esta forma, el compromiso es efectivo por parte de todo el gobierno y, junto a un mecanismo legislativo de rendición de cuentas, permite llevar la credibilidad de las metas y su permanencia en el tiempo.
Este nuevo esquema debe conjugarse con financiamiento transitorio de un déficit fiscal decreciente, mediante instrumentos en moneda local de manera de disminuir nuestra dependencia del financiamiento externo.Es preciso crear los incentivos impositivos para incrementar el ahorro en pesos. Instrumentos tales como seguros de vida o de retiro optativos que se deduzcan del impuesto a las ganancias. Una vez más el tren de la historia pasa por un andén llamado Argentina. Para no dejar pasar esta oportunidad, se necesitan los instrumentos correctos y las dosis necesarias.
(*) Economista. Ex presidente del Banco Central.

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