Democratizar corazones

Notas de Opinión 13/12/2017 Por
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SUBMARINO SAN JUAN.  Reconocimiento a los tripulantes. FOTO ARCHIVO
SUBMARINO SAN JUAN. Reconocimiento a los tripulantes. FOTO ARCHIVO

Por Norma Morandini (*)

Todo lo que negamos nos esclaviza, en cambio, lo que se acepta nos transforma. La sabia sentencia de alguien que observó profundamente los pliegues del alma humana, Carl Jung, y confirió que la gran prueba existencial consiste en aprender de lo doloroso de nuestras vidas, lo que nos desagrada o lastima.
Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que esas situaciones de pesar se repitan tantas veces sea necesario para aprender de esos dolores. Como si existiera una fuerza cósmica que nos pone a prueba todo el tiempo. Tal cual parecen estas dos tragedias que, sin embargo, comparten una misma razón, la Marina argentina.
Como una aleccionadora coincidencia del calendario, en el mismo momento en el que se dieron por desaparecidos los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, se conocieron las sentencias del mega juicio de la ESMA que condena a 29 oficiales de la marina a pasar el resto de sus días en la cárcel por haber arrojado al agua desde los vuelos de la muerte a los presos desaparecidos en ese tenebroso campo de detención clandestina de la marina que fue la ESMA. Entre ellos mis dos hermanos, Néstor y Cristina, Igualmente sumidos en la insondable profundidad del mar.
Una simbología perturbadora, como si una corriente subterránea, invisible, encadenara sus destinos con estos 44 marinos desaparecidos en las profundidades del mar. No se trata de una comparación forzada. Los que no vimos morir a nuestros seres queridos debimos sí forzar la razón para entender esas muertes sin los rituales ni la liturgia de la despedida final. Todo lo que revivimos ahora en la condena del juicio de la ESMA y en el reconocido dolor de los familiares de los tripulantes del San Juan.
Si Jung tiene razón, los argentinos parecemos obstinados en ignorar las causas profundas de nuestros males y repetir periódicamente las muertes jóvenes, las que cada tanto nos golpean y nos advierten sobre lo que no queremos ver, deslindamos responsabilidades, postergamos las soluciones, disfrazadas bajo falsedades o prejuicios ideológicos. Nunca la humanidad que estalla toda vez que el dolor se enseñorea entre nosotros y nos impone su enseñanza.
Han pasado ya cuarenta años entre la marina de Eduardo Massera, el arrogante almirante que ante los jueces que juzgaron las juntas militares admitió, “yo soy responsable, pero no me siento culpable”, y esta otra marina, como todas las fuerzas armadas, subordinada a las leyes de la democracia.
Sin embargo, no se democratizaron ni nuestras actitudes ni nuestros corazones. Los uniformes cargan con la desconfianza, la oscuridad y el ocultamiento que fueron la marca de la dictadura sobreviven en la democracia.En lugar de vivir con responsabilidad ciudadana los males de nuestro tiempo,desde la corrupción a la violencia, desde la pobreza al autoritarismo, seguimos poniendo las culpas afuera, incapaces del pacto democrático para construir una nueva sociedad, libre de las lacras del pasado.
A la par, la simulación ideológica irresponsablemente encadena a los”pibes de la liberación” a ese oscuro pasado de violencia y no a una educación auténticamente democrática que los torne ciudadanos responsables con los destinos de su país.
Fue en la ESMA donde se comieron asados para celebrar el fin de año, es en la ESMA donde se recuerdan los vuelos de la muerte, a metros tan solo del Museo de Las Malvinas, donde se glorifican los aviones que antes arrojaron los presos al agua. Semejante frivolidad nos ancla al pasado y nos impide una relación verdadera con nuestros dolores. No hay superioridad moral en el sufrimiento. El terror de la dictadura militar no fue absuelto por la guerra de Las Malvinas, cuando otros jóvenes, los del ARA General Belgrano, se inmolaron en las frías aguas del Atlántico sur.
El sacrificio de la generación del ‘70 no exime de la derrotada concepción de que el fin justifica los medios. Menos aun de la violencia política de los tiempos en los que una muerte se vengaba con otro cadáver. Ahora que se hizo justicia ¿No habrá llegado la hora de que aprendamos de la verdad de nuestro pasado para transformarnos como sociedad, liberados del odio, las desconfianzas y el ocultamiento que fueron nuestras odiosas marcas de identidad autoritaria. Porque la justicia cancela la venganza podemos restituir humanidad a nuestra vida de convivencia. Y entonces habremos aprendido de las enseñanzas de Jung para quien el conocimiento surge también de los errores pero siempre anida en el corazón.
(*) Fue diputada y senadora nacional. Es periodista y escritora.

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