El relato K: desde la tragedia al simulacro

Notas de Opinión 07/12/2017 Por
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CRISTINA KIRCHNER. "Caímos en 1852". FOTO ARCHIVO
CRISTINA KIRCHNER. "Caímos en 1852". FOTO ARCHIVO

Por Jorge Ossona (*)

Suele inscribirse al “relato” kirchnerista en el campo más vasto de las pos-verdades neopopulistas del aún incierto e incipiente siglo XXI. Es factible también analizarlo según los criterios un poco más antiguos, pero aun valiosos, del “simulacro posmoderno”.
El kirchnerismo formuló una identificación de sí mismo como el producto de una heteróclita confluencia de los viejos discursos del nacionalismo revisionista –recién abrazados por el peronismo durante los años ‘60- con los revolucionarios en clave de las luchas insurreccionales de los ‘70. Todo fraguó en una interpretación de la historia tan delirante como efectiva para ofrecer a sus adeptos una identidad en la se perciben como los protagonistas de luchas heroicas de larga data en torno de la irredenta independencia inconclusa del país.
“Caímos en 1852”, señaló en un discurso del Día de la Soberanía la ex presidente Cristina Kirchner. La representación contemporánea del “pueblo” apela así a una subjetividad transtemporal que durante las guerras civiles del siglo XIX encarnaban los caudillos federales conducidos desde Buenos Aires por Juan Manuel de Rosas. Hablar en primera persona del plural induce a la develación apasionante de una verdad fundada en la intuición de un “ser nacional” inmutable, por siempre acechado por las oscuras fuerzas de los agentes internos de intereses explotadores foráneos.
Durante la Fiesta del Bicentenario, el discurso oficial contrastaba aquel presente luminoso de un país próspero e inclusivo con la miseria del de cien años antes que, bajo el signo del “modelo liberal agroexportador”, sumía a las masas en la miseria corroborada en las luchas de los trabajadores anarquistas. Por entonces el denominado “modelo de matriz productiva diversificada con inclusión social”, que desde 2003 había conducido a “los índices de crecimiento más altos de los últimos doscientos años”, era postulado como fórmula redentora no solo de los males del neoliberalismo local sino también de los falaces “milagros europeos” y sus “Estados de Bienestar” erigidos en su nombre durante las crisis de 2008-2009.Luego vino la derrota electoral del 2015 y la interpretación de la figura del presidente Mauricio Macri como el restaurador más genuino desde 1983 del orden neoliberal impuesto en 1976 por la dictadura “cívico militar” en la que confluían las Fuerzas Armadas represoras con la vieja e inconmovible oligarquía y los grupos de poder económico concentrados, entre quienes ubican a la familia del nuevo mandatario.La identificación del gobierno de Macri con el de la Junta Militar comandada por el general Videla procede de dos supuestos básicos que comparten los setentistas genuinos y los simulados de los 2000: su concepción de la democracia. Las instituciones constitucionales formales son concebidas como guaridas de las que se refugian los poderes “reales”, cuyos designios e intereses antipopulares se realizan mediante la receta neoliberal. Invirtiendo el razonamiento, dado que “lo real” es el régimen socioeconómico y no su superestructura política, un autoritarismo plebiscitario popular sería más democrático que el prescripto por la ley y la Constitución. Ni más ni menos que el orden que se intentó instaurar desde 2011 frustrado por las grandes movilizaciones ciudadanas de 2012 y 2013.El “caso Maldonado” y las recientes detenciones de ex funcionarios emblemáticos de la corrupción kirchnerista sirvieron para corroborar el discurso; aunque extremando sus rebuscados rasgos simuladores.
Todo régimen neoliberal se sustenta en un ajuste solo factible mediante una represión ilegal que puede llegar, como en los 70, al genocidio. La “desaparición forzada” del joven luchador solidario con la “causa mapuche” constituyó una admonición. Así como el “liberalismo” no trepidó en asesinar desde Facundo Quiroga y “El Chacho” Peñaloza hasta los “pueblos originarios” y las víctimas del terror estatal desde 1976, está dispuesto a reeditar su faena exterminadora. Asimismo, luego de la detención del ex vicepresidente y “luchador popular” Amado Boudou, el dirigente piquetero Luis D’Elia ha instado al “movimiento nacional”, como lo viene haciendo desde fines de 2015, a una “resistencia” como aquella ordenada por Perón en 1956 en contra de la Revolución Libertadora; otro antecedente del espinel histórico en el que se inscribe “Cambiemos”.La última imagen de la simulación apela a la identificación de los detenidos por casos flagrantes de corrupción como “presos políticos” perseguidos como en su momento lo fue el mismísimo José de San Martín por los sucedáneos de “los falsos próceres del siglo XIX que inventaron un país en el que el territorio era de ellos”.
Presumiblemente, los “liberales” Alberdi, Mitre y Sarmiento; antecesores genéticos de Macri.
Interpretaciones alucinadas y por momentos delirantes pero eficaces para calmar trastornos identitarios. Pasado y presente ensamblados en una concepción del mundo y de la historia falaz pero efectiva para las mentes de jóvenes víctimas de un sistema educativo decadente y las de veteranos nostálgicos del “idealismo” setentista y de sus utopías totales. Pero también, un romanticismo reaccionario por siempre seductor de una porción de la sociedad argentina sensible a las pasiones nacionalistas.
(*) Historiador.

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