La sangre para ellos son medallas

Información General 13 de noviembre Por
Veinticuatro años después
Nota I

El sonido del timbre, repentino y prolongado, logró despejarlo de la modorra provocada por el escaso atractivo que le ofrecía la pantalla del televisor. Observó el reloj, más disgustado por abandonar el confortable sillón que sorprendido por la inesperada visita a esa hora de la noche. Desde el control remoto apagó el televisor y, sosteniéndose con el bastón que, pese a considerarlo una denigrante necesidad, ya parecía ser un miembro más de su cuerpo, marchó lentamente, debido a la molesta prótesis que le impedía casi doblar las rodillas, hacia la puerta de calle.
A través de la mirilla trató de identificar al visitante -respondiendo a la conducta precavida atesorada en el curso de los años en que había prevalecido una vorágine de destrucción y muerte en el país-, y luego, con un gesto de confianza, abrió la puerta. Pretendió conservarse erguido, exhibiendo el bastón con cierta displicencia, mientras tendía una mano:
-Buenas noches, doctor Cabral.
(-Es un paciente más. Tan importante como cualquier otro.
Casi no tuvo otras palabras para justificar ante los demás, pero sobre todo ante sí mismo, la actitud solícita, profesional, responsable, con que a lo largo de siete u ocho meses había cuidado al hombre que, casi a un paso de una muerte bastante predecible, llegó a la sala de urgencias del hospital la noche en que cumplía guardia. Consideró que debía brindarle el mejor servicio, sin vacilar y libre de cualquier prejuicio, aun después de conocer su verdadera identidad.
-Eso resulta claro, doctor Cabral. Pero presumo que este es un paciente distinto para usted. Gutiérrez, el administrador, por cierta timidez o falta de valor, demoró unos segundos en confiarle lo que deseaba-. Su nombre es Gaudino Barale.
Aunque el nombre logró golpear el punto más vital de su ser, evocando de improviso un segmento de tiempo ya lejano pero siempre acuciante, guardó silencio, sin denotar un signo revelador de cuanto le pasaba. Como si fuera necesaria una aclaración, Gutiérrez volvió a hablar, marcando cada palabra:
-Coronel retirado. Ahora. Era el titular del Regimiento de Infantería Nº 2.
-Está bien.
-Lo siento. Creí que debía saberlo.
-Se lo agradezco, Gutiérrez.
Desde ese momento comprendió que nada iba a ser igual. No sólo en la gama de sentimientos -la tumultuosa invasión de los recuerdos, los más crueles y lacerantes; la resignación transformándose poco a poco en ávida sed vindicativa-, sino también en el desarrollo de cada día, sobre todo de las ocho y, a veces, diez horas que habitualmente pasaba en el interior de ese viejísimo edificio donde de pronto, más que dedicarse a doblegar la enfermedad, el dolor, la muerte, como había sido su objetivo esencial al recibir el diploma de médico, debió sobrellevar la vigilancia subrepticia de las personas con las cuales compartía cada jornada. Las opiniones favorables que por espacio de mucho tiempo había generado su modo de trabajar se transformaron en progresivas muestras de censura y aun de recriminación. Deben creer que soy un cobarde o que ya me olvidé de todo lo ocurrido. Como si hubiera desterrado para siempre a Florencia de mi vida. Algo inadmisible. Jamás iba a poder relegar a una zona de indiferencia y, menos, de olvido, los dieciocho años, plenos de júbilo y sueños y esperanza, en los que ella había formado parte de su mundo, hasta la noche en que un grupo de hombres se la sustrajo para siempre. Abruptamente.
-Mientras se encuentre aquí debo atenderlo. (Es mi trabajo, y quiero hacerlo de la mejor manera, Gutiérrez.)
-Siéntese, doctor.
Al indicar con el bastón uno de los sillones pretendió no sólo demostrar que era capaz de permanecer de pie sin ningún sostén, en una postura altiva, sino también le produjo cierto íntimo júbilo poder concretar la acción realizada con mayor orgullo en otro tiempo: dictar una orden.
-Gracias. -Notó cierta torpeza en los movimientos del médico, como si estuviera preocupado o indeciso-. ¿Cómo se encuentra?
-Mejorando. Pocos días más y podré abandonar mi tercera pierna.
-Sí. Muy pronto volverá a llevar una vida normal.
Le pareció que era una respuesta de compromiso o más bien para infundirle un claro optimismo. Sin aceptar la invitación para sentarse, prefirió dar unas vueltas por la amplia sala, deslizando con curiosidad, a manera de reconocimiento, los ojos por el mobiliario, por los trofeos con que lo habían distinguido por reprimir, con firmeza y sin reparar en los riesgos, numerosas operaciones de los guerrilleros, por las fotografías que testimoniaban los instantes más significativos de su participación activa en el Ejército.
-Brillante carrera la suya, coronel Barale.
Buen cumplido. Si trata de conseguir un premio por su eficacia profesional, está dando los pasos indicados. Luchó y se esmeró por salvarme, aparece de pronto en mi casa para llevar a cabo un control, ahora empieza a elogiar mi trayectoria. ¿Cuánto tiempo demorará en revelar su propósito?
-Permítame invitarlo con una copa.
Casi sin apoyar el bastón en el suelo, como si efectuara un ejercicio para demostrar su capacidad y destreza, marchó hasta el bargueño. Extrajo una botella de whisky y dos vasos, y mientras los colocaba sobre la pequeña mesa de vidrio, pretendió obtener la información deseada:
-Sin duda es lo mínimo que puedo ofrecerle a modo de gratitud. Estar así, de pie, ahora, se lo debo a usted, doctor Cabral. Por eso, quedo a su disposición para lo que pueda serle útil.
(-Sí. Es él).
Mantuvo los ojos fijos en el rostro de ella -esa mujer de piel surcada por infinitas arrugas, con una expresión de cansancio en los ojos grises, que le había proporcionado a Florencia, desde los tres años, la compañía y el cariño para sobrellevar el estado de orfandad- mientras observaba, a través del pequeño cristal de la puerta del cuarto, al hombre recostado en una cama.
-¿Estás segura?
-Si usted hubiera estado allí esa noche, tampoco tendría dudas. -Pretendió creer que el tono de fastidio no obedecía a su pregunta sino más bien al fragmento del pasado que, incisivo, surgía de pronto-. Se lo repito, doctor Cabral. Es él.
No quiso ni necesitó formular otra pregunta. La actitud que aunaba el dolor, la impotencia, el repudio, le hizo revivir otra noche, veinticuatro años atrás, cuando ella -sin poder contener los bruscos espasmos del cuerpo, ni pronunciar una frase de manera coherente por el hipo y los accesos de llanto, moviendo los brazos en desesperada tentativa por apartar el acoso de figuras inasibles- refirió algunas escenas en las que había participado: la irrupción de los hombres armados en la casa, dispuestos a destruir lo que encontraban a su paso; el cuerpo de Florencia, a medio vestir y con manchas de sangre, llevado a rastras hasta uno de los coches estacionado frente a la casa; la voz restallante de quien oficiaba de jefe y ordenaba cada detalle de la operación; y ella, inmovilizada por el terror, observando el recio copamiento guarecida tras el ropero y unas cortinas.
Tampoco tuvo respuesta cuando la mujer, imperativa, casi en abierto reproche, efectuó la pregunta que él venía repitiéndose sin cesar a lo largo de los últimos días, obsesivo, como si afrontara un misterio aún indescifrable:
-Ahora que sabe quién es ese hombre, ¿qué va a hacer, doctor?)
Aunque procuró que no se notara su agitación, al aferrar el vaso ofrecido por Gaudino Barale le pareció cometer, en una actitud de total frialdad y desdén, la mayor injuria contra Florencia.
No. Jamás pude imaginar esto. Beber un whisky junto al asesino de mi hija. Pero no llegó a probar un sorbo. Se limitó a tocar el vaso con los labios mientras observaba el semblante del otro suavizado por una leve sonrisa. Debatiéndose en una vorágine de sentimientos -el dolor, la indignación, el desasosiego por los acuciantes recuerdos-, quedó paralizado, como si de improviso afrontara el más espinoso dilema.
Al fin, maquinalmente, depositó el vaso sobre la mesita. Sí. Ha llegado el momento de realizar lo que esperé durante veinticuatro años.
(Cuando abrió los ojos por primera vez en la pieza de paredes descascaradas, sobre una cama estrecha y dura, inmovilizado por una artillería de cables y agujas y tubos, la situación le resultó familiar. Ahora me toca a mí. Padecer en carne propia algo similar a lo que siempre dispuse sin vacilar y muchas veces con agrado contra los otros.
-¡Por favor!
Súbitamente descartó la idea de utilizar las palabras que todos, al encontrarse sin el menor resguardo como él, articulaban en fervorosa rogativa para librarse de cualquier apremio. Pero, en otra época, más que despertarle un síntoma de consternación o piedad, habían constituido el principal elemento para otorgarle no sólo un inusual atractivo a las rutinarias y, por momentos, sórdidas tareas que desarrollaba al frente del Regimiento de Infantería Nº 2 -de manera especial durante las horas en que permanecía en celdas asfixiantes esperando que los prisioneros suministraran nombres y direcciones valiosos-, sino más bien para experimentar un inefable bienestar. Tal vez obtener información no resultaba lo primordial. Al menos para mí. Los ruegos de clemencia y las caras desfiguradas y los cuerpos en alocadas contorsiones me proporcionaban el mayor gusto. Nada me estaba prohibido. Y disponer libremente sobre la vida de cualquier persona reflejaba la cabal dimensión de mi poder. Por eso le había costado tanto perder semejante prerrogativa al ingresar, casi con el rigor de un castigo, en la bochornosa categoría de ser un militar retirado. Como si de repente le hubieran quitado la luz que daba sentido a su vida. Obligado a iniciar un camino nuevo. Sin ningún rumbo. Desvalido.
Entonces conoció a Lorena Rossi. Le bastaron algunas semanas para comprobar que ella podía ser un cauce liberador. Tal vez más que por obra del enamoramiento o el deseo de complacerlo, al mostrarse permeable a los diversos ritos -vendarle los ojos, atarle las manos al respaldo de la cama- con los que pretendía darle mayor fulgor al desarrollo de cada cópula. Aunque al principio llegaron a disfrutar eso, poco a poco se convirtió en el medio más eficaz para que él, postergando el acto de posesión que ella aguardaba, sumisamente, paladeara el goce alcanzado en otro tiempo, mientras deslizaba la punta ígnea de un cigarrillo con extrema lentitud a milímetros de la piel cada vez más erizada: por las piernas, alrededor de la cintura, sobre la fascinante turgencia de los pechos. Permanecía atento a la progresiva transformación de ella -el semblante contraído por el miedo y la desolación, la palidez que borraba el color rozagante, los ojos en febril extravío, casi sin atreverse a respirar-, hasta que estallaba en el habitual, histérico clamor:
-¡Por favor!
-Un poco más fuerte.
-¡Basta, por favor! -Con voz trémula Lorena procuraba satisfacer el sádico pedido-. ¡Te lo ruego! ¡No puedo más!
-Muy bien. Así está mejor.
Regodeado por el ejercicio de imponer una vez más las reglas, resolvía dar por concluida la ceremonia y aplastaba el cigarrillo en el cenicero sobre la mesa de luz. Sí. Igual que las otras. Ahora cualquier cosa que le haga le parecerá algo suave y hasta satisfactorio. Con plena libertad para poseerla de modo arrebatador, precipitándose a un rápido y exclusivo orgasmo, al tiempo que lograba dar de nuevo una prueba de su absoluta potestad.
Hasta aquella noche en que, al quedar solo en la cama enorme, no pudo alcanzar un dulce letargo durante los diez o quince minutos que ella demoraba en ducharse. El ruido de la puerta fue demasiado pronto y, desconcertado, mientras el frustrado deseo de tenerla otra vez entre los brazos, desnuda y perfumada, se fundía en un instintivo temor, advirtió la torva presencia de dos hombres. Desconocidos y amenazantes.)
Vamos, mediquito. Dígalo de una vez. Hubiera querido azuzarlo, con la maligna intención de humillarlo y hacerle entender abiertamente quién era el más fuerte, para que se decidiera a expresar por fin el verdadero motivo de su visita. Dinero, una recomendación, algún puesto. Sin duda a lo largo de los meses que lo atendió en el hospital se había dedicado a elucubrar el rédito que podría obtener -mientras cumplía el papel de un médico fiel, simpático, generoso, dispuesto no sólo a restablecer su cuerpo sino también a desalojar cualquier síntoma de aprensión, casi como si se tratara de la afectuosa actitud de un amigo-, al saber que, por casualidad o por un inesperado golpe de suerte, tenía en sus manos al paciente más destacado en muchos años de trabajo gris y rutinario. Sí, doctor. Aunque ya estoy retirado del Ejército todavía tengo bastante influencia como para ayudarlo. Dígame cuál es su precio. Es lógico que pretenda recibir una sabrosa recompensa. ¿Cuánto significa para usted haber salvado la vida del coronel Gaudino Barale?
Pero, al hablar, el médico desvaneció todos sus presagios. Con una pregunta, sorpresiva, que tuvo el tenor de un golpe traicionero.
-¿Se acuerda de Florencia Cabral?
(Siempre evocaría aquella noche. Atroz. Despiadada. Reprochándose el hecho de haber caído, por ingenuidad o exceso de confianza, en la trampa armada por Lorena Rossi. Al encontrarse por primera vez desamparado, incapaz de efectuar un gesto o pronunciar una palabra, la boca de improviso seca, sofocado por la falta de aire, ante los dos hombres que, empuñando gruesas barras de madera, tuvieron la virtud de oscurecer todo a su alrededor.
-¿Esperabas a otra persona?
Al fin se atrevió. Debe de haber llevado meses planeando el modo de vengarse, de hacerme pagar todos los actos de ofensa y humillaciones. No pudo aceptar que fuera precisamente ella, Lorena, sobre quien le pareció ejercer mayor dominio que sobre todas las mujeres que había tenido a su merced durante años en incontables prisiones, la primera en sublevarse. Estupefacto. Desprovisto de la aureola de seguridad y poderío otorgada por su rango militar. Ya nada de eso sirve o tiene importancia. Ahora no soy más que un hombre acorralado y lleno de miedo frente a estos dos brutos contratados para molerme a palos.
-Parece que te gusta mucho martirizar a los demás.
-Sobre todo a las mujeres.
-Jóvenes y hermosas, las preferidas.
-Fea manía. Vamos a tratar de quitártela.
Todo ocurrió en forma simultánea. Violentamente. Los brazos de ellos que, tras realizar un brevísimo giro, descargaron repetidas veces las maderas sobre sus piernas; las risas victoriosas confundiéndose con el sonido de los huesos quebrados; y el grito intempestivo a través del cual, más que una tardía reacción, reflejó únicamente el dolor extendido por su cuerpo con la intensidad de una llama devoradora.
Después la vio al pie de la cama, difusa, como a través de un vidrio turbio. Sólo percibió el perfume que siempre lograba activarle el deseo y las palabras con el acento perentorio que él solía emplear al disponer un mandato:
-Llévenlo. No quiero ver un segundo más a esta basura en mi casa.
Creyó tener todos los huesos del cuerpo, no sólo de las piernas, hechos trizas, cuando los hombres lo levantaron de la cama y luego, sin ningún cuidado, como si se tratara de una simple bolsa de residuos, lo arrojaron sobre la caja de una camioneta. No llegó a definir cuánto duró el trayecto, hasta caer en una zanja fangosa y maloliente.
Y fue eso -estar allí, convertido en un bulto informe, mientras aguardaba el sueño como única salida para el sufrimiento visceral- lo primero que surgió nítido y excluyente al despertar en la pieza desconocida, saturada por el olor a remedios. Después, comprender, hendido por un sentimiento de bronca y frustración, que había sido brutalmente derribado del pedestal sobre el cual por espacio de muchos años se mantuvo casi invulnerable. Sí. Ahora soy tan frágil como todos los que siempre manejé a mi antojo. Ahora empiezo a conocer la afrenta de estar en manos de los otros.
Muy pronto, obligado a una odiosa rigidez en la cama, pudo comprobar que los médicos y las enfermeras parecían unidos en la misma actitud agresiva, las caras pétreas y un tono agrio al proferir cada palabra, con el manifiesto propósito de infligirle una molestia al higienizarlo, aplicarle una inyección o simplemente acercarle un plato de comida. Consideró que, al saber quién era él, pretendían castigarlo o demostrarle una abierta repulsa por el modo despótico, muchas veces pleno de perversidad, que había caracterizado su actuación en el Ejército durante los años en que la guerrilla alteraba el orden y la serenidad del país.
Aunque le produjo un natural agrado, no pudo eludir cierto desconcierto y aun inquietud por la conducta diferente del doctor Cabral. Presumió, tal vez por una innata desconfianza, que detrás de la voz suave, el interés y preocupación por cuidarlo, prevalecía otra causa, celosamente oculta.
Al fin esa noche, al presentarse de improviso en su casa, conjeturó que podría develar el enigma.)
-¿Florencia Cabral?...
Luego de la pregunta, anhelante, sobrevino un silencio perturbador, que ninguno de los dos quiso, pudo o se atrevió a quebrar. Simplemente quedaron mirándose, en una especie de estudio, de morosa indagación, como a la espera de vislumbrar un signo de debilidad para iniciar el ataque.
-¿No se acuerda más de ella, coronel Gaudino Barale?
-No comprendo qué se propone…
-Ciudad de Santa Fe. Año 1979. Calle Blas Parera 843 -suministró los datos casi en un grito-. Una pequeña casa invadida por varios soldados bajo sus órdenes, coronel Barale. Y el preciado trofeo fue una muchacha de dieciocho años, de la cual ya no se volvió a tener ninguna noticia.
Pese al esfuerzo por ostentar un aspecto impasible, llegó a descubrir por primera vez cierto titubeo, debido a la sorpresa o, tal vez, a la imposibilidad de dar una respuesta convincente, en el coronel Barale.
-¿No tiene ningún recuerdo de eso, coronel?
-¡Escúcheme, doctor Cabral!
-No me llame doctor.
¿Cómo?...
-No vine aquí como su médico -habló sin reflejar furia o nerviosidad, con un total aplomo-. No soy el doctor Cabral para usted.
-Entonces...
-Simplemente soy el padre de Florencia Cabral.
Y apenas sacó la mano del bolsillo, empuñando una diminuta pistola, pudo observar al coronel Barale en una exhibición casi patética: la cara deformada por un rictus de pánico; la tentativa por mantener el equilibrio sobre las piernas temblorosas, al soltar bruscamente el bastón; y los brazos levantados a modo de protección o de total impotencia.
-¡No! ¡Por favor, doctor, no...!
Las palabras, en vibrante súplica, quedaron tragadas por el estruendo del disparo.

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