El alma de un mítico lugar de parroquianos*

La Palabra 11 de noviembre
por Raquel Rodrigo - propietaria de El Tropezón (Buenos Aires)
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1 / 3 - archivo El Tropezón - Emblema: Por el puchero de gallina el lugar se hizo conocido

Estamos en el restorán El Tropezón, cuya reapertura se produjo el martes doce de setiembre pasado. Este restorán fue fundado en mil ochocientos noventa y seis en Mitre y Callao. Por un problema edilicio, después se trasladó a Callao doscientos cuarenta y ocho que es donde estamos ahora. Y funcionó hasta hace treinta y cuatro años. Un restorán que funcionó cien años seguidos. Lo habían cerrado y el último dueño estuvo cuando reabrimos. Llegamos de casualidad a este lugar porque no nos dedicamos a este rubro, pero la propiedad estaba anexa a un garaje comercial que queríamos comprar. No lo vendían solo sino que lo vendían con este local comercial que resultó ser el antiguo Tropezón. Nosotros no lo sabíamos, se compró en abril de dos mil quince, cuando inauguramos el garaje de al lado, ese día, que íbamos a tomar algo con la familia, a una esquina en una confitería, pasamos por el lugar y nos enteramos porque veo una mayólica que existe actualmente, yo no la toqué, donde dice “acá existía el antiguo restorán El Tropezón”. Y ahí en ese momento dije para mis adentros: yo lo voy a abrir de vuelta. Porque cuando lo manifesté en mi familia, no querían saber nada.

Qué había en el local hasta ese momento

Estaba cerrado, vacío. Había funcionado como oficina, y antes estaba el correo. Entonces me pongo en la tarea de buscar la historia, qué pasaba en este lugar. Y a medida que iba investigando me fui metiendo más en el tema y dije esto no puede estar cerrado, pero tenía toda la familia en contra porque ya teníamos cada uno en la familia -mis hijos y mi esposo- su actividad profesional y no había manera de poder encararlo. Era yo la única, que ya tenía mi trabajo, por supuesto. Así surgió, y cuando pregunto quién tenía la marca comercial, un abogado cercano a la familia me dice que la tenía un particular pero que estaba por vencer el año pasado, y si el titular no la usaba estaba obligado a devolverla. Pasó el tiempo, retomo mi idea de hacer El Tropezón. Y en agosto de dos mil dieciséis cuando le vuelvo a hablar al abogado me dice que la marca ya estaba a mi nombre. ¿Cómo es eso? le pregunté. ¿Quién lo hizo? Y me confirmó que lo había hecho mi hijo Ezequiel y lo había pagado él. Y eso era una señal más de Dios, que serví de instrumento para reabrir, porque esto es una cosa para el alma. Te digo la verdad, hace un año y pico que no descanso, primero por la obra y ahora por el restorán.

De qué manera logramos saber cómo era El Tropezón

Por fotos, las pocas que encontré en internet. De todas maneras, no respetamos la entrada porque la original tenía dos puertas, y hoy dos puertas en muy inseguro. Así como otras cosas que por el paso de los años no pudimos reinstalar. Porque las cosas cambiaron. Lo que pude recuperar es que destapando todo aparecieron todos los cielorrasos que estaban tapados, aparecieron los techos antiguos de madera, ladrillo y chapa. En otro lugar del techo estaban las claraboyas de bronce, y eso me lo confirmó el herrero. Cosas que tienen un valor en sí mismo, y una inimaginable riqueza que uno tiene que guardar y respetar. Yo hubiera estado feliz si alguien que no fuera yo lo hubiera abierto, y vendría a tomar el café. 

A la hora de lograr la restauración de cada objeto y de cada lugar. ¿Cómo ubicar a los artesanos?

Es toda gente de Morón la que hizo la obra. Todos trabajadores que conocía y estaba segura que lo que no sabían lo iban a averiguar. Se preocupaban y le ponían el alma a lo que hacían. Había un sótano más preservado que la parte superior, que ahora se armó para eventos privados de cuarenta personas y una cava con los mejores vinos argentinos, además de ser como un museo con las fotos de todos los famosos que pasaron por el lugar.

Por qué El Tropezón es algo emblemático más allá del mismo tango que lo menciona y populariza

El tango lo hizo muy famoso, pero además estamos muy cerca del Congreso Nacional y de los teatros, y por lo que me cuentan los vecinos, era muy común ver a Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Dringe Farías, sin nombrar a los políticos. Porque era un lugar abierto las veinticuatro horas, tenía ese plus. Venían a la salida del teatro, ahora no estamos hasta tan tarde, las épocas cambiaron. Y los trabajadores venidos de España también trabajaban las veinticuatro horas. 

*El texto pertenece a la entrevista realizada por Raúl Vigini a Raquel Rodrigo

Pucherito de gallina - tango

Con veinte abriles me vine para el centro,
mi debut fue en Corrientes y Maipú;
del brazo de hombres jugados y con vento,
allí quise, quemar mi juventud...

Allí aprendí lo que es ser un calavera,
me enseñaron, que nunca hay que fallar.
Me hice una vida mistonga y sensiblera
y entre otras cosas, me daba por cantar. 

Cabaret... “Tropezón”...,
era la eterna rutina,
pucherito de gallina,

con viejo vino carlón.
Cabaret... metejón...
un amor en cada esquina;
unos se piran la mina
pa' tomar el chocolate;
otros facturas con mate
o el raje para el convoy. 

Canté en el viejo varieté del Parque Goal,
y en los dancing del bajo Leandro Alem;
donde llegaban “chicas mal de casas bien”,
con esas otras “chicas bien de casas mal”...

Con veinte abriles me vine para el centro;
mi debut fue en Corrientes y Maipú.
Hoy han pasado los años y no encuentro,
calor de hogar, familia y juventud. 

Registrada por Pedro José Medina (seudónimo Roberto Medina) en Sadaic el 06-06-1956

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