Nuevo ciclo histórico

Notas de Opinión 06 de noviembre Por
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Por Jorge Ossona (*)

Los resultados de las elecciones del 22 de octubre podrían confirmar la apertura de un nuevo ciclo histórico destinado a cerrar definitivamente aquel que se fue construyendo durante el siglo XX.
En 1930, varias tempestades se conjugaron para acabar de golpe con el sueño de un país grande cuya pujanza en vísperas de la Guerra de 1914 parecía indetenible. De un plumazo se agotaron el patrón de crecimiento agroexportador que había convertido en 40 años a la lejana comarca rioplatense en el “granero del mundo”, las perspectivas de un perfeccionamiento institucional de signo liberal republicano supuestas por la Ley Sáenz Peña de 1912 y la experiencia democrática abierta en 1916.
El desembarco ya desde principios de siglo de concepciones esencialistas en sus más diversas versiones, fue operando una progresiva conversión cultural colectiva hacia diversas religiosidades laicas con su saga de autoritarismo, corporativismo e intolerancia facciosa. Sucesivas elites gobernantes hablaron en nombre de la Nación y del Pueblo cuya esencia por fin se encarnaba en liderazgos refundadores de la Patria y regeneradores de un orden cultural en decadencia. Transcurrieron así “la Nueva Argentina” peronista, la “Revolución Libertadora” antiperonista, la “Revolución Argentina” militar, autoritaria y corporativa, “la Argentina Potencia” nuevamente peronista; y el “Proceso de Reorganización Nacional” otra vez militar.
La democracia inaugurada en 1983 fue, en principio, más sobria en cuanto a las ambiciones de sus líderes aunque estos no abandonaron del todo la tentación refundacional como lo sugirieron el “tercer movimiento histórico” alfonsinista, el “país del primer mundo” menemista –una resonancia de la Argentina Potencia- y el “modelo de matriz productiva diversificada con inclusión social” luego resumido en el más compacto “Proyecto Nacional” como fórmula ejemplar para resolver la crisis planetaria. Los procesos económicos y sociales se alinearon con los políticos definiendo una inercia facilista que permitió sortear las recurrentes crisis mediante medidas de trazos gruesos que no se detenían en detalles.
Con el tiempo, estos devenían en la semilla de nuevos problemas que se yuxtaponían a los anteriores, postergando su resolución de fondo. Así, la industria sustitutiva de importaciones como remedio social al impacto de la Gran Depresión se desarrolló ingenuamente sin inquietar demasiado a las elites sobre su sustentabilidad en el tiempo. Chacareros y peones de la Pampa Húmeda se transformaron en un proletariado industrial denso que hacia los 50 se habían incorporado al consumo en los términos de un Estado de Bienestar de un país desarrollado sin serlo. Las mejoras salariales se desengancharon de la productividad, abriendo cauce a una inflación endémica solo intermitentemente interrumpida.
Las ramas manufactureras desarrolladas durante los 60 y los 70 crecieron sin demasiadas preocupaciones en torno de la escala limitada del mercado local. Hacia los 80, la inflación devino tan exponencial como la frondosa deuda externa y la novedad de una nueva pobreza social en ascenso. De la hiperinflación de 1989 se salió rápidamente mediante el ingenioso artilugio de la convertibilidad cuya insostenibilidad hacia fines de los 90 condujo al cataclismo socioeconómico y político de 2001.
Dos años después, la “lluvia sojera” generó la alucinación de una prosperidad por varias décadas, que duró menos de una. Luego, sobrevino la larga penuria en la que aún estamos inmersos. En el camino fue quedando un Estado profesionalmente deshecho y fiscalmente exhausto que respondió a sus crecientes deficiencias acumuladas tercerizando hasta sus funciones más elementales en favor de socios corporativos alejados del interés general.
La gestión comenzada en 2015 aparenta no aspirar a refundar el país sino a destrabar el despliegue de las potencialidades contenidas de un país empobrecido y semi aislado del mundo.
El gobierno parece acometer la titánica tarea sin estridencias regeneracionistas sentando las bases de un proceso a desarrollarse en el curso de varias gestiones. Ya no hay vetas prodigiosas porque las hemos consumido a todas.Tampoco mayorías electorales automáticas, obligado al oficialismo a negociar con la oposición micro acuerdos merced a un laborioso y complejo entretejido de intereses. Las fórmulas mágicas y facilistas deben ceder a la especificación de problemas concretos. Estos requerirán de mucha inteligencia e imaginación alejados de los eslóganes maniqueos y cuasi religiosos de la etapa concluida. En suma, el tiempo de una política fundada en la discusión de ideas serias orientadas a una democracia republicana moderna, una sociedad integrada y un capitalismo maduro.
Si a lo largo de los próximos quince años el país logra crecer a un ritmo módico pero sin sobresaltos, insertarse mejor en un mundo cuyos avances tecnológicos no dan respiro para los entretenimientos ideológicos, y haber recorrido un trecho significativo en la resolución de la miseria social y cultural de nuestras grandes urbes y provincias pobres podremos tener la certeza que en 2015 se abrió, en efecto, un ciclo histórico definitivamente sustitutivo de aquel comenzado hace casi un siglo. (Clarín).
(*) Historiador. Miembro del Club Político Argentino.

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