La sangre para ellos son medallas

Información General 05 de noviembre Por
Una palabra, nada más
Nota II y última

La pregunta prevaleció primero entre ellos tres, allí, tratando de hallar una explicación lógica mientras se incorporaban y buscaban, sobre el duro camastro, una posición algo cómoda para los cuerpos magullados. Después, contagiados por el pánico, la repitieron ante los hombres que penetraron en la celda, sombríos y despectivos, enfundados en ropas oscuras donde se destacaban algunas medallas brillantes. Ninguno se preocupó por responder. Prefirieron espetar sus propias preguntas. Cortantes. Ahora lo vamos a escuchar, Quiroga. Hable. ¿Cómo lo hizo? Revisamos su casa y no hemos encontrado nada. ¿Dónde tiene escondido lo que robó? Mientras pretendía explicarles, con palabras entrecortadas, que no había robado nada ni sabía de lo que le estaban hablando, ellos pusieron en marcha otra forma de acción. Imprevista. Revelada por los chillidos estremecedores de Sabina y Lucrecia. Hembras bravas las suyas, Quiroga. Demasiado ariscas. Mientras estallaban las risas, dos hombres, en brusca arremetida, lo aplastaron contra la pared. Con las manos estrujándole el cuello, se vio obligado a clavar los ojos en un rincón de la celda: Sabina y Lucrecia, mostrando la deslumbrante belleza de los cuerpos, habían sido desplomadas sobre el camastro y pretendían, con gestos débiles, rechazar la feroz embestida de los hombres. ¿Se da cuenta de lo que les puede pasar ahora? Incisiva y cruel la pregunta para certificar lo que él podía imaginar. Tiene una forma de evitar que ellas sufran cualquier daño. Ya les dije que no robé nada. Ninguno de nosotros sabe… Un artero puñetazo lo dejó sin aire. Basta de excusas, Quiroga. Hable de una vez. Nuestra paciencia se está acabando. Todo fue desdibujándose por una niebla progresiva y lo que sucedía sobre el camastro sólo pudo presentirlo por las risas triunfantes y voces imperiosas de los hombres. La boca reseca le impidió emitir un grito de protesta; tampoco logró, por el mareo y la dificultad para moverse, evitar el puntapié. Datos, Quiroga. Necesitamos información. Con un ardor quemándole las entrañas, se esforzó por mantener abiertos los ojos, no tanto como supremo gesto de rebeldía o tozuda resistencia sino simplemente para demostrar que aún estaba vivo. Rodando de un lado para otro, por efecto de la andanada de golpes, se le impuso, más que la percepción de ser utilizado como un juguete de inusual atractivo, el silencio de Sabina y Lucrecia. Despiadado. Vencidas como yo. Ya sin fuerzas ni aliento para seguir luchando. Hasta sobrevenir el acto de mayor degradación para él. De fervor y alborozo para los otros. Cuando, unidos en carcajadas que parecían disputarse en sonoridad, perversos y fulgurantes, comenzaron a orinar sobre su cuerpo ovillado. Perdió noción del tiempo mientras recibía los chorros del líquido tibio y nauseabundo, en una ceremonia a la que ellos le otorgaron el carácter de gozosa celebración, hasta prevalecer una completa quietud.
Debió parpadear repetidas veces al despertarse. Pugnando por desalojar la pesadez del sueño, la puntada que le perforaba la cabeza, el dolor extendido por todo el cuerpo. Como si emergiera de un pozo insondable. Advirtiendo, con exasperante malestar, la piel húmeda, el fuerte olor a orina, la ya familiar disposición de la celda. Todavía aquí. Todavía estamos metidos en esta cueva. Procuró, en instintiva defensa, levantar los brazos para repeler cualquier otro golpe. Calmate. Ya pasó todo. Tardó en reconocer que la voz, en un apacible susurro, imponiéndose sobre las demás, pertenecía a Sabina, y eran de ella y de Lucrecia las manos que intentaron sentarlo, darle una postura más confortable, conferirle un hálito de ternura y ánimo. Sí. Podemos irnos. Ahora. Extrañas e incomprensibles las palabras que Sabina repetía junto a su oído, obstinada, bregando por sacarlo del letargo abrumador, de hacerle entender algo que otra voz, desconocida y con acento autoritario, transformó en una orden irrefutable:
-Vamos, Quiroga. Levántese. Ya pueden irse.
Desvió la cabeza y, con los ojos apenas abiertos, trató, más que de identificar a la figura detenida junto a la puerta de hierro, de inquirir una explicación clara y lógica. Pese al agotamiento, al dolor, a la bruma espesa en la que parecía estar inmerso, quiso hallar una mínima luz en el lúgubre desarrollo de esa noche, mientras ellas, Sabina y Lucrecia, le ayudaban a ponerse de pie y dar los primeros pasos, hasta que el hombre le aferró un brazo con la decisión de un guía experto y lo condujo, por momentos a empujones, en una marcha más presurosa que la permitida por sus fuerzas. Ha sido confundido con otra persona. Un lamentable error. El verdadero culpable del robo ya fue apresado. El hombre, profiriendo las palabras en tono hosco, restallantes sobre el ruido de pasos y otras voces en difuso murmullo y puertas abriéndose y cerrándose, pretendió despejar las dudas, facilitarle un paño sedativo, explicar o más bien justificar lo ocurrido esa noche. Al llegar a la vereda, bajo la hiriente claridad del sol, el mandato tuvo un acento furibundo:
-Todo terminó, Quiroga. Pueden irse. Están libres.
Por primera vez creyó recuperar la firmeza de sus piernas. Reanimado por el vigoroso fluir de la sangre. No. Así no. Pero no consiguió dar el anhelado grito de sublevación. Sólo detonó en su pecho. Estruendoso. Activando fibras recónditas y, al parecer, ya extinguidas. Al fin pudo erguirse. Ofrecer una presencia digna. La mirada altiva, casi desafiante, fija en el hombre que, con la mano tendida en ademán imperioso, denotaba el único propósito de librarse de ellos:
-Vamos, Quiroga. ¿Qué está esperando ahora?
Sintió la presión de las manos de Sabina y Lucrecia. Con gestos leves pero decididos quisieron sacarlo de la inmovilidad.
-Una palabra, nada más.
No pudo reconocer, en el sonido apenas audible, su propia voz. La boca, deformada por la hinchazón, parecía haber perdido el hábito de hablar. Y el hombre, cruzado en el umbral, tampoco llegó a entenderlo.
-Está bien, Quiroga. Haga lo que quiera.
Al desaparecer tras la puerta cerrada con inusitada violencia, lo agobió la certeza, súbita e inapelable, de que ya resultaría completamente inútil, ante el edificio frío y hermético, cualquier reclamo o manifestación de repudio.
-¿Qué palabra, viejo?
De improviso perdió toda fortaleza. Mientras observaba la cara ansiosa de Sabina, balbuceó la palabra que, desechando la posibilidad de oírla en boca de los otros, sólo servía para reflejar su impotencia y definitiva derrota:
-Perdón.

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