SENSACIONES Y SENTIMIENTOS

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RECTANGULOS COMO DE SORGO
Hay un parecido, pero es más subjetivo que real.
Esas mesas rectangulares con paño de discreto -aunque notorio- color verde, a las que se llegaba pasando una puerta y un cartel que por lo general decía “Billares”, prometían una vivencia diferente. Se ingresaba predispuesto a demostrar habilidades, si se tenían, o cierto respetuoso temor al papelón si se tenía asumido que la capacidad alcanzaba solo –y con suerte- para sostener un taco.
Era un ámbito donde, si bien no brillaba el sol, en cambio surgía la admiración por los creativos, que con acomodaciones inexplicables e irrepetibles del cuerpo conseguían la carambola imposible, ante el silencio respetuoso de los otros jugadores.
Desde siempre, tres variedades del juego invitaron, desafiantes, a los maestros sin alumnos pero con seguidores fieles. Con o sin troneras, el billar, el pool y el casín eran muy atrapantes alternativas. Entre sus practicantes estaban los consagrados en el orden nacional, los reconocidos en cada lugar concreto y, por otro lado, por supuesto, los muy humildes acompañantes ocasionales.
Los billaristas llegaron a figurar en las revistas de interés general junto deportistas destacados. Había especialidades (el “billar a tres bandas”, entre otras) de lucida exhibición: los dotados viajaban a distintos lugares, convocando alrededor de las mesas a importantes grupos de espectadores.
Los capacitados locales de billar y de los juegos hoy sobrevivientes (pool y casin), constituyeron una especie de héroes de espacio concreto, generaban interés al competir, ante ansiosos espectadores que nunca salían defraudados ante la demostración de habilidad mostrada.
También, como ocurre en todos los órdenes, estaban los novicios, “obligados” ocasionalmente a participar. A veces –no tantas como habrían querido los alumnos de escuelas secundarias- había horas libres y concurrían a ese lugar tan histórico y conocido, versión local de estado de gloria donde se pasa amablemente el tiempo. Entre esos habitantes del tiempo “perdido” sin clases, estaban los que “sabían” y los otros, que si bien no preguntaban de qué lado se tomaba el taco, faltaba poco y se caracterizaban por ponerle tiza a la punta sin necesidad.
Se formaban parejas de juego donde había un habilidoso y uno de los otros. El buen jugador se destacaba por jugar bien, mientras el otro algunas veces le pegaba bien a la bola, otras le pasaba cerca o, en el colmo de la torpeza, tiraba una bola fuera de la mesa, todo ante la comprensiva paciencia del compañero perjudicado que, amablemente y con una explicable paciencia, le iba dando como al pasar lecciones elementales del juego.
Hoy esas mesas esperanzadas de seguir sobreviviendo siguen convocando a los habilidosos del casín y del pool, practicados por jugadores que valoran la estética y la elegancia. Tal vez -porque hay pocas oportunidades (o ninguna) para los novatos de horas libres de escuela- la creatividad ganó espacio y tiempo, madurada de verde fresco para la vista.
El tiempo es un elemento caprichoso que se siente bien produciendo cambios: el sorgo renace periódicamente en color y promesa, como las intensas vivencias de tantos que, de tanto pasar frente a esos dos locales tradicionales de paños verdes, -donde afortunadamente a nadie se le ocurre tirar “mashe”- agradecen que sigan estando los espacios rectangulares que le generan nostalgia y que le permiten descubrir que, en paredes donde ahora se apoyan útiles heladeras, antes brillaban, apuntando hacia arriba y en prolija hilera, verticales, largos, pacientes e indomables tacos.

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