La sangre para ellos son medallas

Información General 28 de octubre Por
Una palabra, nada más
Nota I

Entre los vejámenes las víctimas denunciaron que fueron orinadas por varios policías. (de una nota periodística)
No se movió. Impertérrito. Ausente. Sin llegar a entender o, más bien, escuchar las palabras que el otro, el hombre alto y fornido, cuya cara iba adquiriendo cada vez más un tono rojizo, apoyado en el marco de la puerta y moviendo los brazos en gestos ampulosos que parecían reflejar tanto un síntoma de furor como de creciente impaciencia, volvió a declamar en carácter de orden:
Le repito, Quiroga. Ya pueden irse. Usted, su mujer, su hija. ¡Todos!
Como si nada hubiera pasado. Como si ya no tuvieran ninguna importancia los agravios, las burlas, los infinitos padecimientos que debimos sobrellevar mientras nos tuvieron encerrados allí. Incapaz de apartar o, al menos, apaciguar el pertinaz asedio de cada detalle sobre lo sucedido entre esas paredes húmedas y pestilentes, donde ellos, los que allí tenían y disfrutaban la potestad de imponer su voluntad, habían logrado, con manifiesta alevosía, hacerlos vivir una pesadilla tortuosa, casi interminable. Desde el momento en que, como si se abriera un tenebroso abismo, resonó, nítido y desolador, el grito de Lucrecia desde algún rincón de la casa y en seguida, perforándole los oídos, la voz histérica de Sabina, vamos, levantate, al tiempo que, en un súbito ataque de incredulidad y pavor, tomaba conciencia de los golpes, las palabras imperativas, los pasos en firme copamiento. Quietos. No se muevan. Al fin, la voz desconocida e irrevocablemente clara desterró el último rescoldo de sueño y pudo divisar, encandilado por la repentina y poderosa luz que invadió el cuarto, a los tres hombres, tan amenazantes por la recia postura como por el tamaño de las armas, rodeando la cama en celosa guardia. ¿Qué está pasan...? El golpe -percibió la sangre escurriéndose por la frente hasta transformar en algo oscuro e indefinido todo a su alrededor, mientras el dolor lo cruzaba sobre la cama- tuvo la cualidad de revelarle de inmediato que a través de ese único medio, feroz y contundente, ellos estaban dispuestos a ejercer un total dominio en la casa de la cual hasta entonces se había considerado único dueño. No estamos aquí para responder a sus preguntas. Y alguna indicación, que no pudo percibir, impulsó a los hombres para que, con movimientos tan rápidos como cargados de una rotunda brutalidad, los sacaran de la cama, a él y a Sabina, entre el revuelo de sábanas y cobijas, al tiempo que la mordaza de cuantiosas manos impedía cualquier sonido. Después, entre vanos forcejeos, fueron arrastrados por un pasillo bajo la presión de la voz que repetía obsesiva vamos, rápido, no podemos estar aquí toda la noche, hasta que algo los detuvo. Abruptamente. Por el repentino silencio comprendió, pese al aturdimiento, que tal vez todos debían experimentar lo mismo que él: más que sorpresa o estupor, una ráfaga de admiración y deslumbramiento ante el cuerpo de Lucrecia. Desnudo. Como si irradiara una luz propia. Expuesto ante estos desconocidos como yo jamás, por respeto o vergüenza, me atreví a observarlo. Lo asaltó un sentimiento en el que se mezclaban la bronca, el repudio, la impotencia, al comprobar que no podía hacer otra cosa que mirar a su hija allí, en el umbral del dormitorio, sosteniendo una ardua y desigual pugna por deshacer la garra formada por los brazos de los dos hombres que, torvos e implacables, pretendían sujetarla y anular las torpes contorsiones. La escena tuvo la fugacidad de un relámpago. El quejido de Lucrecia fue cortado por un brusco puñetazo. Al ver doblarse su cuerpo, vencido, supo que Sabina, Lucrecia y él se habían convertido en meros objetos que los invasores estaban dispuestos a manipular, aplastar, destruir con total libertad. Ya está. Vamos. La orden los movilizó hacia la puerta de calle: el cuerpo laxo de Lucrecia sostenido por dos hombres, Sabina y él llevados a empujones por los otros. Al llegar a la calle los arrojaron, con desprecio más que por necesaria premura, al interior de la cabina del patrullero. Al cerrarse la puerta el aislamiento tuvo un rasgo escalofriante. Apenas Sabina y Lucrecia estallaron en gritos quebrados por accesos de llanto, debido al dolor como a la súbita sensación de terror y desamparo, tendió las manos en la oscuridad hasta tocarlas. Tras unas leves caricias, las sujetó en un abrazo fuerte, con el que pretendió, incapaz de pronunciar una palabra, revelarles que estaba cerca, darles una muestra de consuelo o protección o simplemente de afectuosa compañía. Aunque, sobrecogido, comprendió que tal vez era él, más que Sabina y Lucrecia, quien necesitaba sentirse acompañado, recibir el calor de sus cuerpos como la mejor ayuda para restablecerse, mitigar el miedo y la desesperación ante el grupo de hombres que, sin piedad, por alguna razón aviesa y todavía indescifrable, parecía abrigar el único propósito de aniquilarlos.
Debieron soportar, al detenerse el coche frente a la comisaría, las voces ásperas efectuando precisas indicaciones que, por medio de constantes golpes, les hicieron cumplir con la mayor diligencia. Cruzaron varios cuartos y algunos estrechos corredores hasta desembocar en una pieza apenas iluminada. El chirrido de la puerta enrejada sirvió no sólo para instaurar el oprobio del encierro, sino también para proporcionarles una sensación de asfixia debido al aire impregnado por un fétido olor a tabaco, orina y humedad.
¿Qué harán ahora con nosotros? La pregunta prevaleció primero entre ellos tres, allí, tratando de hallar una explicación lógica mientras se incorporaban y buscaban, sobre el duro camastro, una posición algo cómoda para los cuerpos magullados. Después, contagiados por el pánico, la repitieron ante los hombres que penetraron en la celda, sombríos y despectivos, enfundados en ropas oscuras donde se destacaban algunas medallas brillantes. Ninguno se preocupó por responder. Prefirieron espetar sus propias preguntas. Cortantes. Ahora lo vamos a escuchar, Quiroga. Hable. ¿Cómo lo hizo? Revisamos su casa y no hemos encontrado nada. ¿Dónde tiene escondido lo que robó? Mientras pretendía explicarles, con palabras entrecortadas, que no había robado nada ni sabía de lo que le estaban hablando, ellos pusieron en marcha otra forma de acción. Imprevista. Revelada por los chillidos estremecedores de Sabina y Lucrecia. Hembras bravas las suyas, Quiroga. Demasiado ariscas. Mientras estallaban las risas, dos hombres, en brusca arremetida, lo aplastaron contra la pared. Con las manos estrujándole el cuello, se vio obligado a clavar los ojos en un rincón de la celda: Sabina y Lucrecia, mostrando la deslumbrante belleza de los cuerpos, habían sido desplomadas sobre el camastro y pretendían, con gestos débiles, rechazar la feroz embestida de los hombres. ¿Se da cuenta de lo que les puede pasar ahora? Incisiva y cruel la pregunta para certificar lo que él podía imaginar. Tiene una forma de evitar que ellas sufran cualquier daño. Ya les dije que no robé nada. Ninguno de nosotros sabe… Un artero puñetazo lo dejó sin aire. Basta de excusas, Quiroga. Hable de una vez. Nuestra paciencia se está acabando. Todo fue desdibujándose por una niebla progresiva y lo que sucedía sobre el camastro sólo pudo presentirlo por las risas triunfantes y voces imperiosas de los hombres. La boca reseca le impidió emitir un grito de protesta; tampoco logró, por el mareo y la dificultad para moverse, evitar el puntapié. Datos, Quiroga. Necesitamos información. Con un ardor quemándole las entrañas, se esforzó por mantener abiertos los ojos, no tanto como supremo gesto de rebeldía o tozuda resistencia sino simplemente para demostrar que aún estaba vivo. Rodando de un lado para otro, por efecto de la andanada de golpes, se le impuso, más que la percepción de ser utilizado como un juguete de inusual atractivo, el silencio de Sabina y Lucrecia. Despiadado. Vencidas como yo. Ya sin fuerzas ni aliento para seguir luchando. Hasta sobrevenir el acto de mayor degradación para él. De fervor y alborozo para los otros. Cuando, unidos en carcajadas que parecían disputarse en sonoridad, perversos y fulgurantes, comenzaron a orinar sobre su cuerpo ovillado. Perdió noción del tiempo mientras recibía los chorros del líquido tibio y nauseabundo, en una ceremonia a la que ellos le otorgaron el carácter de gozosa celebración, hasta prevalecer una completa quietud.
Debió parpadear repetidas veces al despertarse. Pugnando por desalojar la pesadez del sueño, la puntada que le perforaba la cabeza, el dolor extendido por todo el cuerpo. Como si emergiera de un pozo insondable. Advirtiendo, con exasperante malestar, la piel húmeda, el fuerte olor a orina, la ya familiar disposición de la celda. Todavía aquí. Todavía estamos metidos en esta cueva. Procuró, en instintiva defensa, levantar los brazos para repeler cualquier otro golpe. Calmate. Ya pasó todo. Tardó en reconocer que la voz, en un apacible susurro, imponiéndose sobre las demás, pertenecía a Sabina, y eran de ella y de Lucrecia las manos que intentaron sentarlo, darle una postura más confortable, conferirle un hálito de ternura y ánimo. Sí. Podemos irnos. Ahora. Extrañas e incomprensibles las palabras que Sabina repetía junto a su oído, obstinada, bregando por sacarlo del letargo abrumador, de hacerle entender algo que otra voz, desconocida y con acento autoritario, transformó en una orden irrefutable:
-Vamos, Quiroga. Levántese. Ya pueden irse.
Desvió la cabeza y, con los ojos apenas abiertos, trató, más que de identificar a la figura detenida junto a la puerta de hierro, de inquirir una explicación clara y lógica. Pese al agotamiento, al dolor, a la bruma espesa en la que parecía estar inmerso, quiso hallar una mínima luz en el lúgubre desarrollo de esa noche, mientras ellas, Sabina y Lucrecia, le ayudaban a ponerse de pie y dar los primeros pasos, hasta que el hombre le aferró un brazo con la decisión de un guía experto y lo condujo, por momentos a empujones, en una marcha más presurosa que la permitida por sus fuerzas. Ha sido confundido con otra persona. Un lamentable error. El verdadero culpable del robo ya fue apresado. El hombre, profiriendo las palabras en tono hosco, restallantes sobre el ruido de pasos y otras voces en difuso murmullo y puertas abriéndose y cerrándose, pretendió despejar las dudas, facilitarle un paño sedativo, explicar o más bien justificar lo ocurrido esa noche. Al llegar a la vereda, bajo la hiriente claridad del sol, el mandato tuvo un acento furibundo:
-Todo terminó, Quiroga. Pueden irse. Están libres.
Por primera vez creyó recuperar la firmeza de sus piernas. Reanimado por el vigoroso fluir de la sangre. No. Así no. Pero no consiguió dar el anhelado grito de sublevación. Sólo detonó en su pecho. Estruendoso. Activando fibras recónditas y, al parecer, ya extinguidas. Al fin pudo erguirse. Ofrecer una presencia digna. La mirada altiva, casi desafiante, fija en el hombre que, con la mano tendida en ademán imperioso, denotaba el único propósito de librarse de ellos:
-Vamos, Quiroga. ¿Qué está esperando ahora?
Sintió la presión de las manos de Sabina y Lucrecia. Con gestos leves pero decididos quisieron sacarlo de la inmovilidad.
-Una palabra, nada más.
No pudo reconocer, en el sonido apenas audible, su propia voz. La boca, deformada por la hinchazón, parecía haber perdido el hábito de hablar. Y el hombre, cruzado en el umbral, tampoco llegó a entenderlo.
-Está bien, Quiroga. Haga lo que quiera.
Al desaparecer tras la puerta cerrada con inusitada violencia, lo agobió la certeza, súbita e inapelable, de que ya resultaría completamente inútil, ante el edificio frío y hermético, cualquier reclamo o manifestación de repudio.
-¿Qué palabra, viejo?
De improviso perdió toda fortaleza. Mientras observaba la cara ansiosa de Sabina, balbució la palabra que, desechando la posibilidad de oírla en boca de los otros, sólo servía para reflejar su impotencia y definitiva derrota:
-Perdón.

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