La sangre para ellos son medallas

Información General 22 de octubre Por
Fin de la representación
No vinieron tanto por él, sino por mí. Para comprobar cómo afrontaré este acto. El de la despedida final. Si con bronca, sumida en un llanto inútil y desesperado, o con la indiferencia de quien no sabe lo que pasa a un metro de sus narices. Supo que resultaba un desafío, con cierto rastro de arrogancia o inesperado coraje, estar allí, inmutable, tratando de ocultar tras una máscara tiesa cualquier reflejo de lo que deseaba, sentía, esperaba, ante los hombres y mujeres agolpados a su alrededor, en celosa vigilancia sobre ella más que con la intención de rendir el último homenaje a Santiago Benotti. Ni el cinco por ciento debe haber votado alguna vez por él o siquiera habrá visto su foto en un diario. Pero ahora todos quieren ver y saber cómo reacciona la fiel y dócil esposa que ha quedado repentinamente viuda. A pesar de la bochornosa certeza de encontrarse sola, sin respaldo para eludir los ojos inquisitivos de ellos, expuesta a ser juzgada con voracidad más que para recibir un soplo de calidez y aliento, no quiso dejarse ganar por la vergüenza ni la humillación. Tal vez sea el mejor momento para revelarles quién soy, para romper al fin el caparazón donde él siempre me tuvo prisionera. Gozoso. Con la delectación de considerarme algo similar a un trapo de piso.
(El persistente sonido del timbre quebró la oquedad de la casa y la obligó a marchar presurosa hacia la puerta de calle. Al abrirla, la sorpresa se confundió con el desconcierto ante los dos hombres de aspecto intimidatorio enfundados en sus oscuros uniformes. Debemos darle una noticia, señora Benotti. Más que de las palabras, quedó pendiente de la mirada, fija y exploradora, de ellos. Temiendo sin duda que cayera desmayada o me pusiera a llorar o gritar como una loca. Y consideró que, pese a cierta torpeza, era digno de gratitud el tratamiento delicado y respetuoso. Se trata de su esposo. Ha sufrido una descompostura. Venimos a buscarla. No llegó a mover un músculo en prueba de perplejidad o dolor. Hacía demasiado tiempo que solo creciente rechazo lograba despertarle el hombre con el cual, veinte años atrás, alentando un amor fogoso y arrebatador, había iniciado un camino a través del cual esperaba concretar sueños, aspiraciones o, al menos, una indispensable cuota de felicidad. Pero, más rápido de lo que podría haber estimado, crecieron el desencanto y la frustración originados por una convivencia signada por la frialdad, los interminables silencios, el encierro en un mundo propio: él, dedicando todo su tiempo y afanes al desarrollo de la actividad política, convertido en fugaz visitante de la casa, y ella, hundiéndose en un estado en el que, por no tener valor o alternativa para cambiar, se limitó a sobrellevar con ignominiosa pasividad. Hasta esa noche. Cuando la presencia de los dos policías le reveló, bruscamente, que se había quebrado el orden establecido. Esperen un minuto. Busco un abrigo y los acompaño.
El Presidente del Concejo Municipal. Robusto, la cara contraída en una mueca que pretendía transmitir angustia o consternación, moviendo los brazos en ademanes perfectamente estudiados para conferir el adecuado énfasis a cada palabra, fue el primero en hablar desde el escenario improvisado para quienes iban a efectuar un discurso sobre la vida y la obra de Santiago Benotti.
Muy pronto advirtió que, no obstante el empeño por ostentar una actitud digna y exponer con el mayor vigor los notables méritos que habían caracterizado el accionar de Santiago Benotti en favor de la comunidad, nadie le prestaba atención. Con un sentimiento de súbito orgullo, que lograba desplazar el malestar y la incomodidad, pudo comprobar que todos, disimulando el acero de las miradas y alguna sonrisa irónica, estaban pendientes de ella.
Sí. Soy la figura central. Sin desearlo ni buscarlo. Obligada a dar el más exigente y mordaz examen de mi vida.
(¿Vas a ir? ¿Tenés idea de lo que va a significar eso para vos? De inmediato Mabel pretendió disuadirla de asistir a la ceremonia en la que él, Santiago Benotti, iba a recibir el tributo, mezcla de homenaje y postrera despedida, de las autoridades, de los amigos y, sin duda, de muchos habitantes de La Florida. Todos querrán verte. Vas a convertirte en la principal protagonista. Y no será fácil soportar eso. Para protegerla, Mabel trató de evitar que fuera al cementerio donde, más que recibir las habituales frases de condolencias y algunos fugaces abrazos, todos estarían allí para verificar la secuela que había dejado en ella la inesperada muerte de Santiago Benotti. ¿Acaso sabés lo que pasó verdaderamente? Al llegar al sanatorio, llevada por los policías, se limitaron a notificarle que él había sufrido un fulminante ataque cardíaco. No me refiero al motivo, sino a las circunstancias. Mabel no se preocupó por suavizar ni disimular la voz plena de exasperación. Eso que a esta hora ya sabe toda la ciudad, pero parece que nadie quiso o se atrevió a decírtelo. Así que yo lo haré ahora.
Con marcado repudio, aunque llegó a resultarle bastante predecible, lo vio ubicarse sobre la pequeña tarima de madera. Augusto Peña. El amigo más cercano y querido de su esposo. Al menos así le gustaba calificarse cada vez que visitaba la casa, con cierta gala de jactancia y satisfacción que Santiago compartía, pues -por algunas miradas intercambiadas entre ellos, por gestos o silencios más que por un cúmulo de palabras- había tenido muchas oportunidades de confirmar la existencia de un universo oscuro y hermético, en el cual ella no sólo nunca llegó a participar sino del que, peor aún, había sido claramente erradicada.
Más que un amigo, ahora ha perdido a un cómplice. Fiel. Incondicional. Con quien podía compartir la confidencia o el secreto más íntimo. Disfrutando de las cosas que me habían prohibido conocer. Impelida a observarlos, con un creciente grado de apatía o impotencia, al principio con los resabios del amor profesado por el hombre que había elegido para casarse y, después, por carecer de fuerzas o posibilidades para evadirse del lugar en que se encontraba recluida.
Ahora, mientras la voz enfática de Augusto Peña destacaba las virtudes de la personalidad de Santiago Benotti, evocaba diversos hechos entre cómicos y pintorescos en los que habían intervenido y, sobre todo, manifestaba, de modo lastimero y con algunos accesos de llanto, el dolor por la separación definitiva, creyó que durante veinte años, además de permanecer junto a un desconocido, había sobrellevado el período más vacío e irrelevante de su vida.
Y lo más grave: la certidumbre, tardía e irrevocable, de que ya nunca podría ejercer una reparadora venganza.
(Nancy Aguirre. La última persona que estuvo con él. Y podrás imaginarte lo que estaban haciendo. Mabel pareció tener especial interés en revelarle los pormenores de la última escena protagonizada por Santiago Benotti. Sin duda por impulso de la amistad y el afecto, harta de haberle informado, con el registro de horarios y nombres y lugares precisos, sobre el promiscuo comportamiento que llevaba su esposo, impune y triunfador, alardeando de una situación que no despertaba en ella ningún signo de protesta, furor o simple malestar.
No. No fue por ignorancia o debilidad. Todavía le tenía confianza, pensaba que la fuerza de mi amor sería capaz de retenerlo, de poder conquistarlo otra vez, de vivir algún día todo eso que había soñado. Demasiados años, obsedida por esa esperanza sin ninguna base concreta, se limitó a ser, como esposa de Santiago Benotti, miembro del Concejo Municipal, una mera compañía en diversas ceremonias -la fiesta por el aniversario de alguna entidad, el acto inaugural de una escuela o la conmemoración de hechos relevantes de la patria-, que, al mostrarse amable y habitualmente sonriente, contribuía a dar, de manera ostensible y pública, la apariencia de un matrimonio unido, armónico, aún feliz. Pero todos sabían o presentían o imaginaban otra realidad. Sobre todo la que llevaba él. En las sombras. Sigilosamente.
Logró evadirse de la burbuja en la que había estado inmersa durante muchos años cuando Mabel le describió, sin subterfugios, la culminación de una historia siempre negada: Santiago Benotti y Nancy Aguirre, dentro de un coche detenido en las afueras de La Florida, entregados a la frenética tarea de prodigarse un mutuo y desbordante placer, la noche en que él quedó repentinamente tieso y ella, sobrecogida por la sorpresa y el terror, debió luchar un rato para deshacer la garra de los brazos y huir en disparatada carrera.
Sí. Evocarlo en su último orgasmo. Como la mayor prueba de su traición. También para gozar de una ínfima revancha. El único consuelo que me quedará después de tantos años de sometimiento y denigración.
Después de soportar, fría y procurando ostentar un desconocido porte de altivez, la prolongada ceremonia en la que prevalecieron los elogios sobre Santiago Benotti y el acoso, sutil pero inmisericorde, de los habitantes de La Florida, supo que podría concretar su propósito apenas terminó de hablar el intendente municipal, el último orador.
No será un modo de venganza. Tal vez ni siquiera de repudio. No. Más bien la necesidad de presentarme sin artificios. Impedir que sigan utilizándome como el centro de las bromas y las burlas. Acabar de una vez y para siempre con la representación de la mujer engañada, que jamás llegó a manifestar algún reparo ni pronunciar una palabra que pusieran en riesgo la armonía y la perfecta estabilidad de su matrimonio. Ahora es el momento de hacerlo. Mi turno para la sublevación. El primer estallido de furia o un simple intento por empezar a vivir en forma digna, sin presiones ni miedos.
Fue cuando ellos se le acercaron, para darle un beso o un abrazo a modo de consoladora despedida, que resolvió enfrentarlos. Desafiante. Con una imperceptible sonrisa de superioridad y deleite al exclamar las palabras, sorpresivas y tajantes:
-Sí. Ahora podemos irnos. Tranquilamente. Ya se encuentra bien guardado ese hijo de puta.

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