La sombra de la revolución rusa

Notas de Opinión 17 de octubre Por
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PLAZA ROJA. Meca de peregrinaciones. FOTO ARCHIVO
PLAZA ROJA. Meca de peregrinaciones. FOTO ARCHIVO

Por Miguel Espejo (*)

Pobrecita Rusia” escribió Gogol en El Inspector (1836), feroz comedia satírica cuyo argumento le había sido proporcionado por Pushkin. La ilustración de Chagall para este libro, un siglo después, no le va a la zaga en transmitir la sensación de un destino incierto. En Diez días que conmovieron al mundo, la obra maestra del periodismo, escrita casi al mismo tiempo en que se desarrollaban los acontecimientos, John Reed hace referencia a ese extendido sentimiento, por parte de sus escritores y de un importante sector de la población, de una Rusia atada a la desgracia como una mula a la noria.
Faltan pocas semanas para que se cumpla el Centenario de la Revolución Rusa de Octubre, según el calendario juliano. El país más extenso del planeta se prepara para realizar una celebración de este acontecimiento capital del siglo XX bajo una calculada y prudente ambigüedad.
¿Cómo celebrar una revolución que los llevó a la ruina? Antes del colapso de la URSS circulaba el chiste acerca de que “el socialismo es el camino más largo al capitalismo”, parafraseando la famosa consigna marxista de que “el socialismo es el camino más corto al comunismo”.
En sus diálogos con De Gaulle, Malraux reproduce en La hoguera de las encinas, la rectificación que le hace el general sobre su opinión de la revolución rusa que Lenin había encabezado: fue hecha para “restituirle a Rusia su lugar en el mundo”. Lenin era para De Gaulle una continuación de Pedro el Grande.
Marx advertía ya sobre las apetencias insaciables del imperio que comenzó como el ducado de Moscovia, en el siglo XV, para expandirse en todas direcciones. Tal vez Putin también sueña, incluso más que Lenin, en restituirle a Rusia el lugar que ocupaba la URSS antes de su debacle. Pero podemos estar seguros de que la proyección ideológica de Lenin, a nivel mundial, siempre será muy superior a la estrategia que concibe Putin con la ayuda de la Iglesia Ortodoxa. Ya lo señalaba Kundera en la vieja época: “Cualquier disidente cree en el destino de Rusia como un mariscal de campo”. La contribución de Lenin a la teoría marxista, especialmente en El imperialismo, fase superior del capitalismo y su fina advertencia sobre el creciente peso del capital financiero, es innegable. Pero mayor todavía ha sido su enorme responsabilidad en echar las bases de un estado totalitario, con el pretexto que era una revolución al servicio del proletariado mundial.
Es obvio que la responsabilidad no fue sólo suya, ya que de todos lados se dedicaron a asfixiar al nuevo régimen por la vía de las armas y de la economía, dejándoles a los bolcheviques muy escasas alternativas. La guerra civil fue la primera sangría.
El costo humano de la revolución fue faraónico, pero no obstante ese enorme tributo la URSS hizo explotar la bomba de hidrógeno en 1947, gracias al joven Sajarov, futuro disidente, después de vencer a la Alemania de Hitler, junto a los Aliados. Tomó la punta en la carrera espacial, con todos los aspectos estratégicos que implica, y pudo instaurar un sistema bipolar de superpotencias entre el final de la Segunda Guerra hasta su colapso. Tal como lo vaticinara Tocqueville en 1835, Rusia estaba destinada a ocupar un sitial acorde a su espacio y a sus ambiciones. Putin piensa exactamente lo mismo, pero carece de una economía poderosa y de la población correspondiente a ese espacio.
El punto nodal de Lenin, que no ha cesado de repetirse, es que quienes aspiran a la revolución deben aprovecharse de todas las hendijas que permite la democracia capitalista (parlamento, prensa, instituciones diversas) hasta tomar el poder. Una vez lograda esta primera etapa es necesario actuar con mano de hierro ante todos los opositores, que pasaban a transformarse en “enemigos” y plausibles de ser “fusilados preventivamente”.
Antes de la revolución, Rosa Luxemburgo se peleó con los bolcheviques, asustada por la concepción leninista del partido y su desprecio por la sociedad civil, tachándolos de “intelectuales pequeño-burgueses ávidos de poder”. Ya se sabe el destino de una y otro: asesinada clandestinamente una y embalsamado el otro, en el sitial más alto de la Plaza Roja de Moscú y Meca de las peregrinaciones seculares del siglo XX.Todos aquellos que le hacían “el juego al enemigo” debían ser aniquilados, puesto que objetivamente eran enemigos de la revolución. Las purgas stalinistas y la colectivización de los kúlaks causaron no menos de 20 millones de víctimas, entre asesinatos en masa y la feroz hambruna de 1928-1930. Difícilmente Lenin haya sido consciente, antes de su derrame cerebral de 1923, que había echado las sólidas bases del primer Estado totalitario de los tiempos modernos. Pero nadie, en su sano juicio, puede atribuirle a su cadáver las decisiones de Stalin. En 1927 Mussollini advirtió sobre lo que es un Estado totalitario: “Nosotros nos ocupamos de todos los aspectos de la vida del hombre”. El jefe de la Revolución rusa había llegado años antes a la misma conclusión. Ese peligroso desvarío se proyectó y continúa haciéndolo por todo el planeta, bajo mil atuendos, trátese de la burka o de un consumismo desenfrenado. El Gran Hermano imaginado por Orwell reina por doquier, pese a que en teoría las democracias se afirman en el mundo entero. 

(*) Escritor. Publicado en Clarín.

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