Sensaciones y sentimientos

Sociales 30 de septiembre Por
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EMOTIVO HOMENAJE
Símbolo de una larga época, fue -a pesar de su tal vez excesiva parquedad- un auténtico pionero.
Si hubiera tenido noción de todo lo que hacían surgir su mensaje y presencia, se habría sentido honrado y satisfecho, y más de una vez ocasionalmente triste por el contenido de algunos de sus textos.
Ese telegrama, pariente cercano del que sobrevive hoy, necesitó de pocas palabras para imponer una nueva realidad; de una inmensa alegría cuando comunicaba un nacimiento, podía llegar a transmitir un enorme dolor cuando hacía saber de un fallecimiento. Sin puntos medios -y a veces sin puntos ni comas- sólo conoció los extremos del rango de los sentimientos.
Puede estar orgulloso de su linaje y de alguien llamado Morse que, allá en el tiempo más próximo de los lejanos, creó un alfabeto a base de toques cortos y largos y de necesarios silencios. De algún modo como la música, de algún modo como el arte de sus hábiles ejecutantes de oficina de Correo, orgullosos de poder escribir rápidamente mensajes mediante precisos movimientos de una mano.
Los telegramas eran cortos (todo lo que permitiera entender el mensaje), porque su costo dependía de la cantidad de palabras, y por eso se creaban palabras que eran la unión de dos.
Conoció distintos matices, algunos muy pintorescos. Se enseñaba su confección en la escuela primaria, donde los niños –imbuidos de la necesaria economía familiar y del límite del contenido tenido presente por sus padres- escribían, aunque no coincidiera con su realidad del momento “Falleció tía. Bajá urgente”. Pobres tías, morían antes de ni siquiera nacer.
Más tarde y con más edad, hacían saber a sus amigos y parientes de otras ciudades la noticia de un futuro viaje (“llego mañana”), el nacimiento de un hijo (“Nació Miguel”), y “quedaban bien” al desear felicidad a quienes se casaban, mediante los bellamente presentados “telegramas de lujo”.
Claro, el espíritu de síntesis no existió generaciones después, cuando en las fiestas que organizaban los estudiantes (corregimos: los alumnos de secundaria), circulaba una nueva forma de telegrama, escrito en un formulario real, donde no había costo por palabra sino por todo el texto: se entregaba a algunas chicas al efecto de que se lo hicieran llegar a la persona señalada, y que indicaban a ésta quién lo había enviado. Más de uno entonces, aprovechaba la letra de un tema de moda, muy bailable y escribía en el formulario: “destino, tu corazón; domicilio, cerca del cielo; remitente, mis ojos son, y texto te quiero te quiero”.
Todo es pasajero en el mundo y las tecnologías también lo son. Imperceptiblemente, los telegramas dejaron de ser protagonistas obligados dando paso a otras formas, no menos contundentes, como las cartas-documento.
No podemos, honestamente, dejar de hacer un emotivo homenaje al elemental, rotundo e insustituible entonces, telegrama. No merece el -siempre injusto- olvido.
Crecer es bueno. Siempre lo nuevo significará un mejor modo de realizar nuestros deseos: ya hemos dejado de pensar como problema el “¿cómo hacerlo?” para ir directamente a un modo seguro del “qué quiero hacer”
Se nos ocurre que no sería mala idea mandarles desde el alma un texto que diga, dentro de la misma idea de economía de palabras, “gracias, misión cumplida”.

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