En busca de… José Angel Trelles, cantor

La Palabra 16 de septiembre Por
Vida, cuerpo y alma en la canción Con una trayectoria para destacar, su presencia en la escena despierta la atención de la platea y conmueve en cada versión lograda con el sentimiento más profundo. El país y el mundo lo recibieron y lo siguen recibiendo con el aplauso en alto para respaldar su calidad interpretativa y la entrega de su sensibilidad en cada recital. Conversó gentilmente con LA PALABRA de su vínculo con el arte de los sonidos.
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1 / 2 - archivo La Palabra - Consagrado: Después del recital José Angel Trelles conversó con LA PALABRA

LP - “Un nuevo sitio disponed, para un amigo más”…

J.T. - “El diluvio que viene”…

LP - ¿Qué te dice eso cuando te lo menciono?

J.T. - Y… es un recuerdo maravilloso de mi carrera. “El diluvio…” fue una maravilla que me pasó… Un milagro de Dios… Hermoso fue…

LP - ¿Cuál es ese sentimiento que tenés al bajarte del escenario hoy comparado con el que tenías hace veinte años?

J.T. - El mismo… Exactamente el mismo. Respeto, cariño. Siempre dije que una cosa es la fama y otra es el prestigio, no? La fama puede ir y venir como quiere, el prestigio no. Una vez que se adquiere es para siempre. Y tengo una relación con el público maravillosa, de respeto y de confianza de tantos años de trabajo, y de no defraudar debe ser. Sin ningún esfuerzo particular de mi parte. Hacer lo que quiero y lo que siento, y no ser falso nunca.

LP - Un día Astor Piazzolla te dijo que le hagas parar los pelitos de la nuca cuando le cantaste un tema con poca garra. ¿Seguís teniendo esa referencia del maestro cuando cantás en el escenario?

J.T. - Siempre… siempre… siempre… Trabajo muchísimo la interpretación, muchísimo. El intérprete tiene que hacerle ver una película a la gente. Que la película que está viendo él la tiene que ver la gente. Trabajo muy adentro, que lleva muchos años, trato de compartirlo con los compañeros, con los chicos que vienen a estudiar conmigo y crecen muchísimo trabajando la vida interior. Un día me dijeron que era parecido al sistema del Actor Studio, de Stanislavski, de Lía Casán, bueno, pero yo lo aplico a la canción.

LP - ¿Qué tipo de docencia estás haciendo con lo artístico?

J.T. - Tengo alumnos de canto, de interpretación sobre todo.

LP - ¿Qué aprendiste de Astor Piazzolla?

J.T. - Todo. Absolutamente todo. Aprendí que había que estudiar mucho más, fui a estudiar mucho más. Aprendí que había que poner el alma en cada cosa que se hacía y dejar todo ahí. Siempre, siempre, siempre. Para cantar y para vivir.

LP - ¿Y de Helga Epstein, tu maestra de canto?

J.T. - De Helga el rigor, la mano dura. Helga Epstein era una santa pero con una actitud de jerarca nazi (risas). Muy rígida, maravillosamente rígida. Muy querible, muy mamá. Me cuidaba muchísimo. Y también el rigor, el rigor, el darle, darle, darle, no aflojar nunca.

LP - ¿Y de Horacio el poeta?

J.T. - El vuelo. Horacio Ferrer volaba, volaba, volaba. Uno hablaba con él, de hablar con él, y uno aprendía que este sueño que estamos viviendo era maravilloso en la medida que queramos que sea maravilloso. Sí.

LP - ¿Qué te llevó a la música en algún momento de tu vida y te llegó la música?

J.T. - Creo que fue más que nada mi familia. Mis viejos, sobre todo mi papá, mi papá era muy buen oyente de música, mi mamá también, en mi casa se escuchaban tangos, se escuchaba Gardel, se escuchaban óperas. Yo tenía seis años cuando me llevaron a ver a Tito Schipa en un teatro en Buenos Aires. Es decir gente que escuchaba muy buena música, Chopin, Mozart, era para mi viejo y sigue siendo para mí lo más grande del mundo. De muy pibe tuve acceso a una formación musical auditiva hermosa.

LP -¿Y qué te decidió dedicarte a la música en algún momento?

J.T. - Y… fueron muchas cosas pero… la más pueril es que fui a ver un cantor maravilloso que cantaba con Osvaldo Pugliese que se llamaba Alberto Morán. Y tenía una pinta infernal y las mujeres se sacaban los corpiños y se los tiraban. Entonces dije: Tengo que laburar de esto. Sí, sí, sí… Esos corpiños que se usaban antes armados y duros (risas). Pero después gracias a Dios tuve el apoyo de mi viejo, sobre todo como no quise ir al secundario, no quise ir a estudiar, empecé a cantar y me dijo “si pensás que vas a ser feliz yo te ayudo”. Empecé a trabajar en una fábrica de jabón, tenía dieciséis años, trabajaba de cinco de la mañana a una de la tarde. Iba a mi casa, comía como un desaforado, dormía, y después cantaba en un cabaret hasta las cuatro de la mañana y de ahí me iba a la fábrica.

LP - ¿Con qué repertorio en ese momento?

J.T. - Andá a saber… había canciones, tangos, boleros, de todo, cantaba de todo, lo romántico. Después apareció la luz, la primera gran luz que fueron Los Cantores de Quilla Huasi, y después Alberto Cortez y la nueva canción. Cortez, Joan Manuel Serrat, toda esa gente, ya éramos grandes y somos todos hijos de ellos, no?

LP - ¿Por qué rescatás siempre a Los Cantores de Quilla Huasi a pesar de que vos te dedicaste a otro repertorio?

J.T. - Al principio yo cantaba folklore y para mí lo más grande que hubo en el folklore fueron Los Cantores de Quilla Huasi, lo más grande, lejos. Y Oscar “Cacho” Valles, un compositor y poeta maravilloso. Sí, sí, sí. El folklore tiene muchísimos, muchísimos poetas y compositores maravillosos como el “Cuchi” Leguizamón, Manuel Castilla, Jaime Dávalos, Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Félix Luna, Yupanqui, Hilario Cuadros, Buenaventura Luna, muchos, muchos. Mi generación, el pedazo de gente que yo nucleaba eran Los Quilla. Porque además eran los que no se vestían de gaucho. Nosotros éramos porteños y no nos poníamos esa indumentaria. Era como que hasta ahí no se podía cantar folklore vestidos como nosotros. Y el “Cacho” era porteño de San Benito de Palermo.

LP - ¿Cómo fuiste armando el repertorio con el paso del tiempo?

J.T. - Cuando estuve con Astor Piazzolla el repertorio lo armó él. Después canté toda la vida cosas que me hubieran gustado escribir a mí. Cuando descubro algo que me hubiera gustado escribir digo ¡qué maravilla es esto! Y lo pongo.

LP - ¿Y la etapa de compositor tuya cuándo se inicia?

J.T. - Siempre. Pero lo que pasa es que siempre tuve también, ¿cómo decirte?, un peso muy grande porque cuando iba a tratar de armar un disco que iba a buscar repertorio a Sadaic me daban temas Falú, Dávalos, Armando Tejada Gómez, Castilla, Ariel Ramírez, Cátulo Castillo, Osvaldo Avena. Me llevaba veinte a mi casa. ¿Qué iba a poner uno mío? Ni loco.

LP - Y ahora llegó el momento de mostralos…

J.T. - De grande sí porque me convenció Hugo Casas que es el productor del disco nuevo. El me dijo: “vos no te podés ir de acá sin tener un disco tuyo que sea de obras tuyas”. Le dije: dale, hacelo. Y saqué cosas que tenía guardadas, cosas que compuse y acá estamos.

LP - ¿Cómo analizás el presente con la retrospectiva de una trayectoria?

J.T. - Lo mío lo analizo con mucha alegría porque siempre hice lo que quise. A veces me fue bien, a veces me fue mal, pero nunca estuve intranquilo de conciencia. El futuro es un disco con dvd, presentaciones en Chile, en Sudamérica. Tenemos que grabar un disco y terminarlo a fin de año. Mientras el cuerpo aguante -como decía don Luis Sandrini- le voy a dar para adelante.   

LP - Contános una anécdota linda de tu vida para la despedida.

J.T. - Para mí la más grossa es cuando me llamó Astor Piazzolla. Me llamó un gran periodista musical argentino que fue Miguel Angel Merellano y me dijo “mirá tengo una carta de Piazzolla si te interesa cantar con el octeto, que estés mañana a las doce del mediodía en la Casa de Salta”. Le digo “Negro” vos me estás jodiendo. Yo no tenía teléfono y hablaba desde un público. Lo llamo y me dice: “¿Cómo que te estoy jodiendo? Piazzolla me mandó una carta y la tengo acá. Mañana a las doce”. Recuerdo que cuando volví a casa encontré a un vecino grandote y lo levantaba y lo bajaba, lo levantaba y lo bajaba y le decía “Piazzolla negro, Piazzolla”. Esa creo que fue profesionalmente hablando la mayor alegría de mi vida.

LP - ¿La música popular goza de buena salud?

J.T. - No. Pésima salud. ¿En la Argentina? Pésima salud. Escuchá lo que se difunde y te vas a dar cuenta que es espantoso. 

por Raúl Vigini

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